Agnes descubrió demasiado tarde que aquella noche no sería capaz de mantener las manos quietas. Algo en la cercanía de Greco, en la forma en que su presencia la envolvía sin tocarla del todo, la tenía inquieta, encendida por dentro. Sus dedos se cerraron con fuerza en la tela de su chaqueta cuando él se inclinó apenas para hablarle al oído, y ese gesto mínimo fue suficiente para que un escalofrío le recorriera la espalda. Greco sonrió al sentirla tensarse. No necesitó mirarla para saber lo que estaba provocando. Con naturalidad calculada, apoyó una mano firme en su cintura, acercándola más de lo socialmente correcto, como si el ruido, las luces y la música del lugar no existieran. Agnes contuvo el aliento cuando los dientes de él rozaron su cuello en un gesto que parecía accidental, pero

