El profesor comenzó a hablar sobre la materia, como una introducción.
-Esta materia se centra en las leyendas que rodean a nuestro país, aquellas que han trascendido como parte de nuestra cultura e identidad a lo largo de generaciones. Les daré un ejemplo que probablemente muchos de ustedes conocen, porque es uno de los más famosos. ¿Alguien sabe de cuál hablo?
Un estudiante levantó la mano para pedir la palabra.
-Sí, estudiante.
-La leyenda del "Príncipe Inmortal".
-Exacto, muy bien. Esa leyenda ha perdurado por generaciones. Trata sobre cómo el príncipe, al ver perder su reino, alcanzó la vida eterna para vengarse. De hecho, hay una escritura de más de mil años que se exhibe en el museo, donde el príncipe expresa sus sentimientos sobre no poder morir.
-Los inmortales... -Beatriz pensó, repentinamente despertando su interés, y levantó la mano.
-Diga, señorita.
-Profesor, ¿me podría hablar más sobre los inmortales?
-Claro, los inmortales son seres que no pueden morir debido a muchas razones, ya sea por poder mágico, psíquico o simplemente porque la naturaleza les otorga longevidad. Podríamos decir que tienen habilidades excepcionales, y, por supuesto, una vida que nunca llega a su fin.
Beatriz comenzó a pensar en su profesor.
-No, no, eso no puede ser. El profesor no puede ser inmortal. -pensó Beatriz, pero al instante recordó una escena de su infancia, en el jardín de su casa.
-«Mire, profesor, esta paloma tiene el ala rota.»
Yhám la tomó suavemente en sus manos.
-«Pobre ave, no te preocupes, te ayudaré. -Dijo él, y de su mano izquierda comenzó a salir una luz azul que tocó al ave, haciendo que se levantara y comenzara a volar nuevamente.»
-«Profesor, usted...»
Yhám, sin dejar que Beatriz terminara de hablar, puso un dedo en sus labios, indicándole que guardara silencio.
-«Es un secreto entre nosotros, mi pequeña niña.»
Beatriz asintió, sorprendida.
En aquel entonces, ella era solo una niña y pensó que él era un elfo, por lo que lo veía como algo normal. Pero ahora, al recordar, parecía más bien un fragmento de fantasía de su infancia... pero sabía que era real, no era solo algo inventado por su mente de niña.
—Ahora que lo pienso, el profesor tiene alrededor de 40 y algo de años, pero no parece haber cambiado casi nada...—pensó Beatriz, mientras su mente se mantenía inquieta.
El profesor continuó hablando.
-Este escrito dejado por el príncipe inmortal es uno de los más emblemáticos, visitados y estudiados. Sin embargo, muchos creen que solo es una parte de un libro completo que originó esta leyenda. Algunos incluso piensan que el príncipe inmortal existió de verdad o que aún vive.
Dicho esto, el profesor sacó una copia del escrito.
-Les leeré el fragmento que se exhibe en el museo: "La vida eterna no tiene límites, incluso las estrellas llegan a su fin. ¿Qué es más eterno que el tiempo? Eso no tiene respuesta. ¿Cómo encontrarle el principio a algo que no se sabe cuándo comenzó y sigue vigente? Me parezco al tiempo, seguiré vigente en el mundo, incluso si este llega a su fin..."
-Lamentablemente, el fragmento termina ahí. -concluyó el profesor.
Una estudiante levantó la mano para pedir la palabra.
-Sí, estudiante.
-Esas palabras realmente transmiten su sentir, como si estuviera condenado a vagar sin morir nunca.
-Exacto. Les leí este fragmento para que vean que las leyendas no solo nos cuentan historias. También nos invitan a reflexionar sobre nuestras propias vidas.
Beatriz se quedó pensativa, repensando todo lo que el profesor había dicho. Su mente no dejaba de regresar a Yhám, recordando todas esas cosas extrañas que había hecho en el pasado, cosas que no tenía explicación. Y ahora, veía que no había cambiado, a pesar de los años.
Las clases terminaron, y el tiempo pareció haberse ido volando.
-Sí, Robe, hemos terminado ya.
-¿Por qué no vamos a tomar algo en una cafetería?
-Ah, sí, vamos, Beatriz - insiste Lorena
-Lo siento, chicos, pero dejémoslo para mañana. Hoy tengo que hacer algo.
-Por favor, vamos a divertirnos un rato. Hace mucho que no nos vemos.
-Robe, entiendo tus buenas intenciones, pero de verdad no puedo hoy. Prometo que mañana salgo con ustedes.
-Beatriz, ¡no se te olvide! Es una promesa. -Lorena lo decía a regañadientes.
-Sí, chicos, no se preocupen. Mañana estaré con ustedes.
Beatriz se despidió y tomó rumbo a la casa del profesor Yhám. Recordaba la ruta de cuando iba en el auto con su madre cuando era pequeña. Usaba el GPS para no equivocarse de calle, ya que, tras tantos años, algunas ya no las tenía claras.
Poco después, Beatriz llegó a la calle donde estaba la casa del profesor. Era tal como la recordaba: al final de la calle, una construcción que no encajaba con las demás, pero que destacaba por su belleza. La casa se mantenía igual que cuando la vio por última vez, con un jardín que seguía transmitiendo ese aire mágico y misterioso que la había fascinado.
-Señorita Beatriz, ¿es usted?
- ¡Oh, señor Gastón, qué alegría verlo de nuevo!
Beatriz corrió hacia él como cuando era niña y lo abrazó.
-¡Cómo has crecido, señorita Beatriz, y qué hermosa te has vuelto!
Beatriz se sonrojó con el cumplido de Gastón. En ese momento, apareció la señora Amber.
- ¡Señorita Beatriz!
- ¡Cuánto tiempo, señora Amber!
Beatriz corrió hacia ella con la misma energía de antes y la abrazó fuertemente.
-Pero, señorita Beatriz, ¡cómo ha crecido! ¡Está preciosa!
-Gracias, señora Amber, y también gracias a usted, señor Gastón.
Beatriz hizo una ligera reverencia, agradecida.
-Oh, no hace falta que nos agradezcas, señorita.
-Claro que les agradezco. Ustedes fueron parte de mi educación, siempre tuvieron paciencia conmigo y nunca me abandonaron. Gracias a ustedes soy lo que soy hoy.
-Oh, señorita Beatriz, no tiene que agradecer nada. Le tenemos mucho cariño. Y a pesar de todo, siempre ha sido una buena niña -respondió la señora Amber, sonriendo con ternura.
-El señor la espera en la biblioteca. Pasa, por favor -dijo Amber con suavidad.
Beatriz abrazó una vez más a la señora Amber.
-Señora Amber, para mí usted es como una segunda madre.
La señora Amber se sorprendió un instante, pero luego sonrió dulcemente.
-Señorita Beatriz, también la considero como la hija que nunca tuve.
Beatriz sonrió y siguió caminando por la casa. Todo seguía igual, como si el tiempo se hubiera detenido: los muebles, los cuadros, las decoraciones... todo estaba como lo recordaba. Al llegar a la puerta de la biblioteca, donde Yhám la esperaba, tocó suavemente.
-Adelante.
Una voz familiar la invitó desde dentro. Beatriz entró, y al igual que el resto de la casa, la biblioteca mantenía esa atmósfera mágica que caracterizaba todo el lugar. Los ojos de Beatriz se posaron en Yhám, no importa cuánto tiempo pase, su rostro permanece inalterable, como si los años fueran incapaces de dejar huella en él. ¿Qué oculta detrás de esa apariencia eterna?
-Buenas tardes, profesor Yhám.
-Buenas tardes, mi pequeña niña.
Beatriz notó que, a pesar del tiempo, él seguía llamándola por su apodo cariñoso, y aunque eso le resultaba algo extraño, no le molestaba en lo más mínimo. Yhám estaba recostado sobre una mesa, con las manos en los bolsillos, elegante y un buen estilo como siempre. Su cabello dorado, al igual que sus ojos inmensamente azules y misteriosos resaltaban con la tenue luz que se colaba por las ventanas, dándole un aire aún más enigmático. Beatriz no pudo evitar pensar lo atractivo que era y, al darse cuenta de lo que pensaba, sintió un leve rubor en su rostro.
Su presencia la inquietaba; había algo en él que le atraía de una manera inexplicable. Siente una mezcla de curiosidad y temor cada vez que las miradas se cruzaban.
-Por favor, siéntate -le dijo él, señalando el sofá.
Beatriz se sentó en el sofá, y Yhám caminó con elegancia hacia ella y se sentó a su lado. Ella no dejaba de pensar que era un hombre fascinante, muy bien parecido, pero al mismo tiempo misterioso, algo que hacía parte de su encanto.
-Mi pequeña niña, te extrañé muchísimo -dijo Yhám, abrazándola con una suavidad que la sorprendió. Beatriz, sonrojada, respondió al abrazo, dejando su cabeza reposar en su hombro. El familiar aroma a colonia masculina de él la envolvía.
-Profesor, yo también lo extrañé mucho. ¿No se va a ir de nuevo, verdad?
Yhám sonrió con dulzura y le dio un beso en la frente.
-Te hice una promesa, pequeña, hace tiempo, y la cumplí. Estoy aquí, y no tengo pensado irme por ahora.
-Profesor, ¿por qué tuvo que irse de repente aquella vez?
-Pequeña, tuve mis razones, pero ahora no es el momento de explicártelo.
-Entonces quiero que me responda algo que me ha estado inquietando desde hace un tiempo.
Yhám sonrió de nuevo, relajado.
- ¿Qué quieres saber de mí?
Beatriz se sorprendió, como si él ya supiera lo que iba a preguntar.
-Bueno, tal vez mi pregunta suene rara o sin fundamento.
-No te preocupes, dime lo que sea. No te juzgaré por nada.
Beatriz respiró hondo para calmarse.
-Hoy, en la universidad, el profesor de leyendas y folclore nos habló de los inmortales. Y uno de los ejemplos que mencionó fue "El Príncipe Inmortal", una leyenda emblemática de nuestro país.
Yhám la miró en silencio, escuchando atentamente.
-Entonces, estuve pensando que en el pasado usted hacía cosas extrañas relacionadas con la naturaleza. Yo, en ese entonces, era una niña y pensaba que usted era un elfo, porque para mí era algo normal. Ahora sé que no era solo mi imaginación. También he notado que usted no ha envejecido ni un poco, a pesar de tener aproximadamente 40 años, y vi que Amber y Gastón tampoco han cambiado. Así que... pensé que tal vez ustedes son inmortales.
Yhám guardó silencio por un momento, luego habló.
- La vida eterna no tiene límites, incluso las estrellas llegan a su fin. ¿Qué es más eterno que el tiempo?, eso no tiene respuesta ¿Cómo encontrarle el principio a algo que no se sabe cuándo inició y aún sigue vigente?, y me parezco al tiempo en algo, seguiré vigente en el mundo, incluso si este llega a su fin. La palabra eternidad, incluso tiene final, pero su significado no, he estado errando durante muchos años, incluso siglos cargando el peso de mis pecados. La eternidad, estar vivo sin morir, es algo terrible, vez el mundo cambiar, pero tú sigues igual.
Beatriz se sorprendió. El profesor Yhám no solo conocía la leyenda de "El Príncipe Inmortal", sino que sabía incluso el fragmento que faltaba. En ese momento, Beatriz comprendió que frente a ella estaba el mismo "Príncipe Inmortal".
-Profesor... ¿a... acaso usted es...?
Beatriz no pudo terminar la frase.
-Sí, soy yo -dijo Yhám, con una sonrisa suave, como si hubiera esperado que su querida alumna lo descubriera eventualmente.
Continúo
-Te voy a contar una historia, mi pequeña niña. Una historia sobre un príncipe que tomó venganza, que cargó con sus pecados y pagó con su vida. Si me temes y decides alejarte de mí, lo entenderé, pero no te culparé.
¤¸¸.•'¯•. **Inmortales** .•'¯•.¸¸¤
"Él no envejece. Ella no olvida."