Narra Adrien. Jamás pensé que un simple recado al pueblo pudiera convertirse en algo tan complicado. Ni tan peligroso. Ni tan… revelador. Cuando mi padre mencionó que necesitaba algunas cosas para los caballos —cuerda nueva, medicinas, herramientas para revisar las herraduras— pensé que enviaría a alguno de los empleados, como siempre. Pero de repente dijo mi nombre. —Adrien, podrías ir tú. Conoces el camino y la tienda. Asentí sin pensarlo demasiado. Me venía bien salir un rato, despejarme después de una noche en la que no dormí nada. Entre las malas miradas con Eli, las miradas cruzadas en la mesa y Amara evitando encontrarse conmigo, mi cabeza era un nudo que no lograba aflojar. Pero entonces Helena, desde el otro extremo de la mesa, soltó: —¡Ay, Amara debería ir también! Le hará

