Narra Amara
No sabía si temblaba por el frío de la mañana o por él. Tardé casi media hora escogiendo qué ponerme. Revisé mi armario dos veces, cambié de camiseta tres, y, aun así, nada conseguía quitarme la sensación de que todo en mí gritaba lo que había hecho la noche anterior.
De tanto escoger, terminé escogiendo lo más sencillo. Terminé vistiendo algo simple; unos jeans, un jersey beige y un abrigo claro. El tipo de ropa que usaría cualquier chica normal para salir al pueblo, pero cuando me vi en el espejo, me sentí exactamente lo contrario, nada en mí se percibía normal. No después de lo que pasó con Eli.
¿Acaso quiero impresionarlo?
Respiré hondo, intentando repetirme que tenía que ser fuerte. Que debía evitarlo. Que debía comportarme como una persona decente, especialmente después del desayuno.
Odiaba admitirlo, pero la manera en que él me había mirado frente a mis padres me dejó con el pulso alterado durante una hora.
Ese chico… tenía un poder inquietante sobre mí.
Bajé las escaleras con el corazón a mil. Mi madre ya estaba abriendo la puerta principal.
—Ahí está mi niña —dijo sonriendo—. ¿Lista?
Asentí. Richard apareció detrás de ella, tomando las llaves del auto.
—Hoy el tráfico no está tan complicado —comentó—. Llegaremos rápido al pueblo.
La puerta se abrió un poco más y ahí estaba él.
Eli. Con una sudadera oscura, jeans y el cabello peinado hacia atrás con esa facilidad despreocupada que parecía natural en él. Al verme, sonrió. No una sonrisa amplia, sino esa pequeña curva en la comisura de sus labios que solo yo entendía.
—¿Lista? —preguntó mirándome sin vergüenza.
Mi estómago cayó.
—Sí —respondí, evitando sostenerle la mirada más de un segundo.
Subimos al auto. Richard condujo, mi madre se sentó adelante y Eli se acomodó justo a un lado de mí. Sentí su rodilla rozar la mía en cuanto el coche arrancó. Quise apartarme, teníamos espacio suficiente para estar aquí y no tener ningún tipo de contacto, pero el hace que el espacio sea reducido.
El leve contacto quemaba.
—Estás muy callada, Amara —dijo mamá desde adelante.
—Solo estoy un poco cansada —mentí.
—Anoche se quedó despierta hasta tarde —añadió Eli en tono suave.
Mi corazón se detuvo.
Richard rió sin sospechar nada.
—Bueno, supongo que tendrás que acostumbrarte a los sonidos de esta casa —comentó—. Eli suele hacer ruido hasta tarde. No sé cómo puede hacer los trabajos de su universidad y escuchar música a todo volumen. En mis épocas de estudiante solo me concentraba con el silencio.
Él se inclinó hacia mí y susurró apenas:
—Quita esa cara, hermanita.
Lo miré con mi ceño fruncido y me moví más hacia la puerta, ya estaba pegada a la ventanilla.
Tuve que mirar hacia la ventana para controlar la respiración.
El viaje duró unos quince minutos. A medida que el auto avanzaba, los campos verdes se abrían en todas direcciones, y los caseríos rurales empezaban a aparecer. Era hermoso, demasiado tranquilo… pero yo no podía disfrutar nada, tenía los nervios en carne viva.
Cuando llegamos al pueblo, Richard estacionó frente a una especie de ferretería grande con sección de hogar; un sitio donde vendían muebles, adornos, herramientas y materiales para arreglos. Mamá bajó emocionada, hablando del estante que quería comprar.
Viéndola junto a Richard me daba cuenta que estuvo por años con el hombre equivocado. Papá en una de sus discusiones tiró a la basura sus tazas, esas que le gusta coleccionar. Para papá eran basura, pero para Richard son un tesoro, uno al que le hará un estante dentro de la casa para que ella exhiba su colección a gusto.
—Entraremos solo un momento —dijo Richard.
Yo asentí, en silencio.
En cuanto cruzamos la puerta, mi madre y Richard se adelantaron directo a la zona de decoración. Eli se quedó a mi lado. Yo di un paso atrás para poner distancia, pero él avanzó uno más.
—No me evites —murmuró.
—No te estoy… evitando —respondí torpemente.
Me lanzó esa sonrisa que me congelaba hasta la existencia.
—Claro que sí.
Me mordí el labio, frustrada conmigo misma. ¿Qué me pasaba?
Caminamos detrás de Richard y mamá, pero ellos estaban tan ocupados mirando estantes que ni siquiera notaron que Eli y yo nos detuvimos unos metros más atrás.
En una esquina, había un pasillo estrecho lleno de cajas apiladas. Un empleado pasó por allí llevando un carrito, lo dejó y luego se fue hacia otra zona. El pasillo quedó quieto y vacío.
Eli tocó mi muñeca con la punta de sus dedos. Ese simple toque me dejó sin aire.
—Ven —susurró.
—No podemos… —alcancé a decir.
—Ven —repite con insistencia.
—Eli, no aquí… no podemos —susurraba rogando que me hiciera caso, pero él es tan… ¡Dios, ayúdame!
—Sí podemos —contradijo él agarrando por completo mi muñeca y guiándome hacia el pasillo.
No tiró de mí con fuerza, pero eso bastó para que mis piernas se movieran solas.
Mi cerebro gritaba “no”, pero mi cuerpo… no respondía igual.
Y de nuevo, aquí va la burra —me dije mientras caminaba detrás de él.
Nos quedamos en el fondo del pasillo, semi ocultos entre unas cajas grandes de madera. Mi corazón me latía con tanta fuerza que creo que está a la altura de mi ano.
Apenas pude decir su nombre porque mi voz estaba colgada de un hilo.
—Eli…
—Dime que no quieres que me acerque —susurró, acorralándome suavemente contra las cajas.
¿Por qué siempre dice?
En ese momento no lo entendía, pero luego supe que lo hacía porque sabía que no iba a negarme. El sentía que yo también deseaba que hiciera las cosas que hace.
En ese momento quise decirlo. Quise decir “aléjate”. Quise poner límites, pero las palabras no salían.
Él rozó mi mejilla con el dorso de su mano.
—Mírame.
Lo hice. Y fue mi perdición.
Como siempre, sin aviso previo, él me besó. No con suavidad inocente. No. Me besó como si hubiese esperado horas para hacerlo; como si la noche anterior no hubiera sido suficiente. Sus labios encajaron en los míos con una urgencia que me atravesó entera.
Mi respiración se quebró y mis manos, en lugar de empujarlo, se aferraron a su sudadera.
Él sonrió contra mi boca.
—Sabía que volverías a caer —soltó pegado a mis labios.
Esas palabras me hicieron abrir mis ojos, me di cuenta que estaba cayendo en su juego. Pero siendo la más tonta. A pesar de que su comentario me quemó por dentro… aun así, no me moví.
Su mano se deslizó por mi cintura, ascendiendo lentamente bajo mi jersey. Toqué su muñeca, intentando detenerlo… tenía miedo de que alguien nos viera, pero mis dedos se quedaron ahí, sin fuerza.
Cuando su mano alcanzó mi piel desnuda, tragué saliva, temblando.
—Eli… alguien podría vernos…
—Nadie nos está mirando —susurró contra mi cuello.
Me besó ahí. Y otra vez más arriba. Y las piernas me fallaron.
—No deberíamos —logré decir entre suspiros.
Un jadeo salió de mi boca y sentí como mi entrepierna se iba humedeciendo.
—Entonces dime que pare —dejó caer sus labios sobre los míos. Haciéndome callar antes de poder abrir mi boca.
Su otra mano tomó mi cintura, acercándome más a él, pegando mi espalda contra las cajas. Mi respiración se aceleró, mi corazón latía tan fuerte que sentía que iba a delatarme incluso desde fuera del edificio.
Sus dedos recorrieron mi espalda baja y luego subieron, explorando con un descaro suave que me hacía perder el control.
Yo, la que juró que pondría límites, volvía a rendirme bajo sus manos.
—¿Vas a seguir negando esto? —murmuró él, rozando mi oreja.
—Eli… —susurré con una mezcla de protesta y deseo.
Sus labios volvieron a los míos. Ese beso fue profundo, urgente, lleno de algo que me hacía olvidar absolutamente todo; el lugar, las consecuencias, la culpa, mi nombre, hasta olvidarme que cerca de aquí estaba mi propia madre.
Su mano subió por mi costado, bajo la ropa, acariciando mi piel con una calma peligrosa. No una caricia inocente; era una exploración lenta, calculada, que sabía exactamente cómo hacer que me quedara sin voluntad.
Mi cuerpo ardía, mi piel se erizaba. Yo no era esa chica… yo no hacía estas cosas. No perdía el control de esta manera. No me entregaba tan fácilmente. Pero con él… todo era distinto.
Él apartó su boca apenas un segundo, lo suficiente para ver mi rostro.
Sus ojos azules estaban encendidos, estudiándome con una mezcla de satisfacción y deseo.
—Dijiste que no más —susurró, inclinándose—. Pero mírate…
Su mano subió otro poco. Mi respiración se quebró en un gemido ahogado.
—Eli… basta… —dije débilmente.
—¿Quieres que pare? —preguntó rozando mis labios otra vez.
Otra vez, no fui capaz de decirlo.
Sus dedos rodearon mi cintura por dentro del jersey, ascendiendo por mi abdomen, haciendo que me estremeciera. Entonces, a lo lejos, escuché los pasos de alguien.
Me separé de golpe con el corazón en la garganta.
—Eli, basta… —jadeé—. De verdad…
Él bajó lentamente la mano, sin dejar de mirarme.
—Tranquila —dijo con una sonrisa traviesa—. No te voy a meter en problemas… Por ahora.
Sus palabras me hicieron latir el corazón más fuerte.
Pasó el pulgar por mis labios, como si borrara la evidencia de lo que acabábamos de hacer.
—Eres imposible —susurré, sin poder mirarlo directamente.
—Y tú eres pésima mintiéndote a ti misma —respondió—. No quieres que me detenga. No todavía.
Antes de que pudiera replicarle, mamá llamó desde lejos.
—¡Eli! ¡Amara! ¿Pueden venir un segundo?
Me aparté rápidamente, acomodando mi ropa, intentando que mi respiración volviera a la normalidad.
Él se ríe en silencio.
—Relájate —murmuró mientras caminábamos hacia donde estaban nuestros padres—. No se nota nada.
Claro que se notaba. Yo sentía que mi cara estaba en llamas, que mi cuerpo temblaba y que cada parte de mí gritaba lo que acababa de pasar.
Pero cuando llegamos, Richard nos miró apenas un segundo antes de seguir hablando con el vendedor.
—¿Estás bien? —preguntó mi madre.
—Sí —respondí demasiado rápido.
—Perfectamente —añadió Eli a mi lado—. Pero parece que el clima de aquí es pesado para ella ¿no, Amara?
Asentí mientras que sentí como su dedo rozó mi mano por detrás, sin que nadie lo viera. Un roce mínimo… pero suficiente para deshacer todos mis intentos de recuperar el control.
Mientras ellos hablaban del estante, yo intentaba convencerme; ya no más. Hoy sí terminaré esto. No le daré paso a nada más, solo pasó ayer y no pasará de nuevo, no lo dejaré volver a besarme, no le voy a permitir que… Eli me miraba con intensidad, cada sonrisa, cada pequeña provocación… hacía que mis promesas se derrumbaran.
Yo no sabía si era débil o si él simplemente sabía exactamente cómo llevarme al borde y empujarme justo cuando sabía que lo permitiría.