¡Hoy ya es viernes, qué bueno! La semana fue tranquila. En las noches hablo con Matías y Caro son mis mejores amigos, son pareja, los amo. En estos momentos estoy trabajando, cuando me entra una llamada al teléfono de la oficina.
— Hola —respondí.
— Bom dia, Senhorita Paula, contacto-a para informar que tivemos um imprevisto e que a viagem ao Uruguai teve de ser suspensa até novo aviso —dijo el brasileño del otro lado. (Buen día, señorita Paula, la llamo para avisar que tuvimos un imprevisto, tuvimos que suspender el viaje a Uruguay hasta nuevo aviso).
— Bom dia. Obrigado por informar, Vou comunicar a situação ao meu chefe e aguardarei a sua confirmação mais adiante —le contesté en su idioma. (Buen día, gracias por informar, voy a comunicar la situación a mi jefe y aguardaré su confirmación más adelante).
— Obrigado, até logo. (Gracias, hasta luego).
— Até logo, boa tarde —me despedí. (Hasta luego, buenas tardes).
ÉL cortó la llamada. Yo me levanté para ir a hablar con Lorenzo. Cuando entro, está con una mujer en su falda. ¡Este guacho!
— Lorenzo, ya lo hablamos nada de mujeres, en horario de trabajo —sentencié molesta.
— ¿Qué? ¿sos la mamá? —me saltó la mujer.
— Vos no te metas, que nadie te habló y esto es una oficina, no un motel. Si querés, lo ves después, ahora no —le respondí sin vueltas.
— No me digas ¿sos la esposa? —insistió ella.
— ¡Mirá, guacha, te vas o llamo a seguridad! Si fuera la esposa, ya te hubiera sacado de los pelos con una buena arrastrada. No te metas conmigo porque te va a ir mal —le advertí.
— Después nos vemos, andá antes que se enoje de verdad —le dijo Lorenzo a la mujer.
La tipa salió meneando las caderas.
— Lorenzo no sos gurí (niño). Sabés que no lo tenés que hacer. Si seguís así me vas a sacar canas verdes (envejecimiento prematuro del disgusto) —le recriminé.
— Ta, sí, perdón, no lo vuelvo a hacer —se disculpó él.
— Más te vale. Llamó el brasileño dice que se le presentó un imprevisto y que se suspendió el viaje hasta nuevo aviso.
— ¿Pero tadaviá hay tiempo para firmar el contrato? —preguntó Lorenzo.
— Sí, tranqui, tenemos tiempo de sobra, pero necesito que seas responsable. No podés seguir haciendo lo mismo, sos un tipo grande (hombre grande) no voy a estár toda la vida así.
— Ok, mamá —soltó Lorenzo.
— No soy tu madre boludo. Si lo fuera ya te habría tirado con algo. Me pregunto por qué tu madre no lo hizo. Che, ¿vos no te habrás caído de la cuna cuando chico?
— Ja, ja, ja. No, soy así, solo me gustan las mujeres —se rió él.
— No, te gusta el sexo y la joda (diversión).
— Bueno, sí , por eso me mude a Uruguay —admitió.
— Me voy, no me quiero calentar (enojar) contigo.
Salgo de su oficina. Si sigue así, voy a parecer de cincuenta con treinta y algo. Sigo trabajando al fin ya termine, voy a despedirme.
— Chau, Lorenzo, que tengas buen fin de. Nos vemos el lunes. Cualquier cosa, me llamas.
— Ok, ¿qué vas a hacer el finde Ragazza? —me preguntó. (Muchacha).
— Hoy mirar películas y comer. Mañana estoy segura de que Esteban va a empezar con el asado. El domingo veré.
— El domingo tengo fútbol con los muchachos —contó Lorenzo.
— Cuídate, que son medios bestias (violentos) te pueden quebrar una pierna.
— Ja, ja, ja, no es tan fácil que lo logren.
— Yo solo te aviso: el que avisa no traiciona (estás advertido).
Yo le doy un beso y me voy. Salgo de la oficina, subo a mi auto pongo Gwen Stefani, arranco el auto. Llego a casa, guardo el auto en el garaje, entro a casa. No tengo ganas de cocinar, estoy por aprontar un mate cuando me entra una llamada al celular.
— Hola —atendí.
— Hola Pau, ¿ya estás en tu casa? —era Carolina.
— Caro, perdón estaba distraída y no me fijé que eras vos. Sí, ya llegué.
— Ok, entonces vamos para allá —avisó ella.
— Ta, dale los expertos. Entren el auto nomas (de una vez).
— Dale, aprontá el mate —me pidió Caro.
— Estoy en eso.
Ella cortó y yo puse el agua a calentar. Mientras apronte el mate, puse el agua en el termo.
— ¡Hola loca! , ¿cómo andás? —saludó Caro al entrar.
Ella tiene llave de mi casa, bueno, ella y Sofía, porque me la cuidan cuando no estoy. Yo le doy un beso y un abrazo. Su pelo es rubio miel, ojos color marrón cálido, sonrisa amable. Está vestida de chaqueta verde oliva, blusa mostaza estampada con flores y Jean.
— Hola, Caro. Bien y vos. Che, ¿como que no falta alguien?
— Que yo sepa, no —respondió Matías apareciendo.
— Mati, te extrañé... ¡va a los dos!
Yo lo abrazo y le doy un beso. Bueno él lo hizo, mide uno ochenta y cinco, pelo oscuro, ojos verdes intenso, sonrisa genuina. Viste de Jean y remera de los buitres. Caro mide uno sesenta. Yo soy la baja del grupo, pero las gurisas están más o menos como Caro.
— Nosotros también. Dame que yo cebo, porque vos lo agarrás de micrófono (te ponés a hablar con él en la mano) —me dijo Matías.
— Ta, tomá —le pasé el mate.
— ¿Y como te fue hoy? —preguntó Carolina.
— Casi saco a una tipa de los pélos.
— ¿Y eso por qué? —quiso saber ella.
— Lorenzo, la llevó a la oficina y cuando entré, estaban muy acaramelados. La eché. Me dijo que si era la madre o la esposa, casi la mato (es exageración).
— Ja, ja, ja, Lorenzo es un irresponsable —se rió Carolina.
— Es lo que le dije. Yo que soy la empleada no puedo andar rezongando a mi jefe por parecer un gurí chico. Es mi amigo, lo quiero, pero tampoco para tanto (no lo puedo hacer siempre).
— Tranqui, dejalo ser feliz —acotó Matías.
— Mati, si lo dejo la empresa va a la quiebra, alguien tiene que ser la responsable, además se lo digo porque es mi amigo de caso contrario, ni loca lo hago (no lo haría).
— Y él lo sabe, por eso te hace caso —dijo Carolina.
— Sí, pero para: no puedo estar toda la vida así. Después de la oficina lo puedo ayudar a echar a las locas esas, pero en la oficina no.
— Ustedes son un caso —comentó Matías.
— Él. Yo ¿qué tengo que ver? (no tengo la culpa).
— ¿Qué vamos a comer? —preguntó Carolina.
— Es viernes, no quiero cocinar, no sé ¿pedimos algo?
— ¿Chivito al plato con fritas? —propuso Matías.
— Sí —aceptó Caro.
— Está bien, yo invitó, pero pido aparte —aclaré.
— Déjate de pavadas, pedimos en el Club de la papa frita y te pedís un chivito vegetariano —decidió Matías.
— Ok, ya llamo. ¿Y de tomar?
— Una cerveza —pidió Matías.
— Nada de alcohol, son las reglas, Mati. Bien, pero no le digas a los demás... ¿pilsen?
— Te quiero amiga, sí —dijo Carolina.
— Yo también. ¿Y de postre brownie?
— Dale, sí, vas a engordar comiendo así —bromeó Matías.
— Estoy soltera, no me importa.
Yo llamé y pedí el chivito para ellos, para mí vegetariano, la cerveza, una Coca-Cola que sé que van a querer, una Salus frutté durazno y los brownies individuales.
— No es temprano para la comida, son siete y media —notó Carolina.
— Después pedimos otra cosa —dijo Matías muy suelto.
— Ja, ja, ja ¿no era qué yo iba a engordar? —le pregunté.
— Te acompaño en sentimiento (lo hago para apoyarte) —respondió él.
— Si claro, ¿cómo no? (si claro, te creo "sarcasmo") ¿y ustedes como están?
— Bien, en el trabajo lo de siempre: nuevos casos —contó Carolina, que es abogada.
— A mí ni me preguntes, que no quiero saber de cuentas hasta el lunes —dijo Matías, que es contador.
— Ja, ja, ja, ¿por qué elegiste esa carrera?
— Pau, no jodas, me gusta, pero en algún momento tengo que descansar, y a vos te pasa lo mismo —me dijo él.
— Bueno, sí.
— Loquita, pone algo —me pidió Matías.
— ¿Qué querés?
— Elegí vos —me dijo.
— ¿Seguro? —preguntó Carolina con picardía.
— No lo castigues, pone Linkin Park —decidí yo.
— Gracias. Después me di cuenta —suspiró Mati. Le iba a poner Floricienta o RBD de seguro.
Suena mi celular.
— Bueno, llegó la comida. Ayúdenme qué es mucho.
— ¿Qué pediste? —preguntó Matías.
— Qué no pedí, pregunta.
Salimos los tres, agarramos la comida, pagué y entramos de nuevo. Arreglamos las cosas en la mesa: el chivito, la carne es de lomo. Y Mati quiere más.
— Che, ¿se quedan no?
— Es la idea, si no querés... —bromeó Carolina.
— Dejate de pavadas, esta casa también es de ustedes.
Comimos mientras conversamos. Luego nos pusimos a ver una película, nos terminamos el chivito qué quedó y nos acostamos a dormir.