Capítulo 1.

1364 Words
[ Un Año Antes... ] La voz grave y monótona de un presentador de noticias llenaba el silencio de mi oficina, un murmullo de fondo que apenas registraba mientras mis dedos se deslizaban por los lomos de las carpetas archivadoras. El canal de noticias transmitía un segmento especial sobre el fallecimiento de Richard Knight, el fundador y hasta ayer, el CEO de Knight Enterprises, a la venerable edad de ochenta y nueve años. Las imágenes en blanco y n***o de un hombre mayor con una sonrisa afable se sucedían en la pantalla del pequeño televisor que tenía en un rincón, un recordatorio constante de la era que terminaba y el vacío de poder que dejaba atrás. El aire olía a papel antiguo, a tinta y al leve aroma cítrico de mi ambientador, una mezcla familiar que normalmente me resultaba reconfortante, pero que hoy se sentía cargada de una incertidumbre palpable que flotaba entre los rascacielos de la ciudad. Mi oficina, un espacio funcional y minimalista con paredes de cristal que daban al bullicio del piso principal, se sentía como el ojo de un huracán, un islote de calma antes de la tormenta que sin duda se avecinaba. Buscaba el informe financiero del último trimestre, un documento crucial para la reunión de la tarde, pero mi mente se desviaba hacia el futuro incierto de la empresa que se había convertido, a regañadientes, en mi segundo hogar. La textura rugosa de las carpetas de cartón bajo mis yemas contrastaba con la superficie lisa y fría de mi escritorio de metal, un ancla sensorial en medio del torbellino de especulaciones que ya recorrían los pasillos. — ¡Ni te imaginas quién acaba de pasar por el lobby! —exclamó Valentina, irrumpiendo en mi oficina sin previo aviso y cerrando la puerta con un dramatismo que solo ella podía manejar. — Déjame adivinar, ¿algún actor famoso que se equivocó de edificio? —respondí con sarcasmo, sin apartar la vista de mi búsqueda. — Mucho mejor, Cami. O peor, según se mire —continuó, su voz un torbellino de excitación y conspiración— Acaba de llegar el nuevo CEO. El heredero. ¡Adrian Knight está en el edificio! — Fantástico. Espero que le guste el café quemado de la máquina del pasillo tanto como a su padre —mascullé, sacando por fin la carpeta que buscaba. — ¡Esto es serio! Olvídate del café. La mitad de la planta ha fingido una necesidad imperiosa de ir a por agua solo para verlo pasar. Es… intimidante. Tiene un aura de frialdad que congela el aire a su paso, y su mirada… te juro que parece que te está desnudando el alma y calculando tu valor neto al mismo tiempo. Levanté la vista de los documentos, mi interés finalmente picado no por el título del hombre, sino por la descripción casi mítica que mi amiga estaba pintando. Valentina, con su cabello n***o azabache recogido en una coleta alta y sus ojos avellana brillando con la emoción del chisme fresco, era el barómetro social de la empresa. Si ella decía que el ambiente estaba tenso, significaba que la presión era insoportable. Me recosté en mi silla, el cuero n***o crujiendo bajo mi peso, y crucé los brazos, adoptando una postura de escepticismo deliberado que era mi mecanismo de defensa natural contra cualquier forma de autoridad. No me importaba quién se sentara en el trono de la última planta; mi trabajo era mi único foco, mi independencia mi única regla sagrada. Los rumores sobre el hijo de Richard Knight eran de dominio público: un genio de las finanzas, un hombre implacable en los negocios y un fantasma en la vida pública, conocido por su carácter dominante. Para mí, solo era otro traje caro con un ego desproporcionado al que tendría que aprender a ignorar. Mi atención se desvió hacia la ventana, observando el tráfico de la ciudad que fluía ajeno al drama que se desarrollaba en el interior de nuestro edificio de acero y cristal. — No me digas que eres una de las que ha ido a por agua —bromeé, arqueando una ceja. — ¡Por supuesto que no! Tengo mis fuentes en recepción, mucho más fiables —se defendió con una sonrisa pícara, sentándose en el borde de mi escritorio—. Pero, hablando en serio, Cami, olvida todo lo que creías saber. Las fotos no le hacen justicia. Es, y no exagero, el hombre más atractivo de este país. Muy alto, con una musculatura que se nota incluso bajo ese traje que probablemente cuesta más que mi coche, y unos ojos azules penetrantes. — Atractivo o no, sigue siendo el jefe. Y por experiencia, los jefes atractivos son los peores. Usan su cara bonita para que aceptes plazos imposibles y sueldos de miseria —argumenté, abriendo la carpeta y fingiendo un interés repentino en una gráfica de barras. Pero este es de otra liga. Se rumorea que es un auténtico Don Juan. No hay modelo o heredera que no haya pasado por su cama. Va de mujer en mujer, sin mirar atrás. Dicen que es incapaz de mantener una relación más de un par de meses. — Un cliché andante, qué original —resoplé, pasando una página con más fuerza de la necesaria. — ¡Y eso no es todo! El rumor más jugoso, el que corre en susurros por los círculos más exclusivos, es que su fama no es solo por su cara o su dinero. Dicen que le mide… Justo cuando Valentina se inclinaba, bajando la voz para compartir el dato más escandaloso, la puerta de mi oficina se abrió con un suave chasquido, interrumpiéndola a media frase. Matías Rivas, el subdirector de la empresa, se detuvo en el umbral, su presencia llenando el espacio con una calma fría y profesional que disipó instantáneamente la atmósfera de cotilleo. Su cuerpo tonificado se adivinaba bajo un traje gris impecablemente cortado, y sus ojos verdes hipnóticos nos evaluaron a ambas con una rapidez analítica. A pesar de su innegable atractivo y su reputación de ser empático con los empleados, Matías mantenía siempre una distancia, una barrera de profesionalidad que pocos se atrevían a cruzar. No había escuchado nada, pero su llegada fue suficiente para que Valentina se enderezara de un salto, su rostro adquiriendo una expresión de inocencia estudiada. El ambiente cambió por completo; el olor a chisme fue reemplazado por la fragancia sutil y cara de la colonia de Matías, un aroma a madera y especias que olía a responsabilidad y a largas horas de trabajo. — Disculpen la interrupción —comenzó Matías, su voz era profunda y mesurada, un contrapunto a la excitación de Valentina— Camila, necesito los informes preliminares para la junta de bienvenida. El señor Knight quiere tenerlos antes del almuerzo. — Por supuesto, Matías. Estaba justo revisando el último —respondí, mi tono volviéndose tan profesional como el suyo, cerrando la carpeta con un gesto definitivo. — Valentina, el departamento de marketing ha solicitado tu presencia. Parece que hay un problema con la campaña de lanzamiento del nuevo software —añadió, dirigiendo su mirada verde hacia mi amiga. — Claro, voy de inmediato —contestó ella, lanzándome una mirada que decía claramente “luego terminamos esta conversación”. Matías asintió, una inclinación de cabeza casi imperceptible, y se retiró tan silenciosamente como había llegado, dejando tras de sí un silencio denso y cargado. Valentina y yo nos quedamos quietas un instante, procesando el cambio abrupto. El breve interludio de normalidad, de chismes de oficina y risas contenidas, se había evaporado. La llegada de Adrian Knight ya estaba mostrando sus efectos, creando ondas de presión que descendían desde la planta más alta, con Matías como su eficiente y atractivo mensajero. Me levanté y alisé mi falda lápiz, sintiendo una repentina inquietud, una premonición de que mi tranquila y controlada vida profesional estaba a punto de ser dinamitada. El rostro del viejo Richard Knight seguía sonriendo desde la pantalla del televisor, un fantasma de una era más simple que acababa de ser oficialmente enterrada bajo el peso de un nuevo reinado, uno que prometía ser frío, calculador y, para mi desgracia, irresistiblemente atractivo.
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