Capítulo 2.

1398 Words
Las luces de mi oficina parpadearon una, dos, tres veces, sumiendo el espacio en una intermitente penumbra que me hizo fruncir el ceño y apartar la vista de la pila de contratos que estaba firmando. Cada vez que la luz se iba, la ciudad al otro lado del cristal se convertía en un tapiz de luces lejanas y neones borrosos, un mundo vibrante y ajeno a la falla eléctrica de nuestro piso. Cuando la iluminación se estabilizó de nuevo con un zumbido casi inaudible, suspiré con alivio y volví a mi tarea, deslizando la punta de mi bolígrafo sobre el papel con una caligrafía rápida y segura. El olor a tinta fresca se mezclaba con el aroma a ozono que a veces dejaban los fallos eléctricos, creando una atmósfera extraña y cargada. Estaba tan concentrada en liquidar la montaña de papeleo que Matías había solicitado, que el sonido de mi puerta abriéndose me sobresaltó, haciéndome trazar una línea de tinta azul sobre una cláusula importante. Levanté la vista, lista para lanzarle una mirada de reproche a Valentina por su segunda interrupción dramática del día, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta, convirtiéndose en un nudo de incredulidad y pánico helado. No era Valentina. Parado en el umbral, con una presencia que parecía absorber toda la luz y el aire de la habitación, estaba él. Era inconfundible, la encarnación perfecta de las descripciones de Valentina y los susurros de los pasillos. Era Adrian Knight. Quedé completamente sin palabras, con el bolígrafo suspendido a medio aire y la boca ligeramente entreabierta, sintiéndome ridículamente expuesta y diminuta sentada en mi escritorio. Era mucho más imponente en persona de lo que cualquier rumor podría transmitir; muy alto, con hombros anchos que llenaban el marco de la puerta y un traje n***o hecho a medida que se adhería a una musculatura marcada de una forma que era a la vez elegante y predatoria. Su piel, de un tono blanco bronceado, contrastaba brutalmente con el cabello liso y n***o, peinado hacia atrás con una precisión impecable. Pero fueron sus ojos los que me robaron el aliento, de un azul tan penetrante que sentí como si me estuvieran escaneando, evaluando y desechando en una fracción de segundo. Su mandíbula definida estaba tensa, y sus labios finos formaban una línea recta, una expresión de fría indiferencia mientras su mirada recorría mi oficina con una rapidez analítica, deteniéndose apenas un instante en mí antes de seguir adelante. El aire a mi alrededor se espesó, la temperatura pareció bajar varios grados, y el pulso en mis sienes comenzó a martillear con una fuerza descontrolada. Todo lo que Valentina había dicho era cierto, y a la vez, se quedaba corto; no era solo el hombre más atractivo del país, era una fuerza de la naturaleza, un depredador en un entorno de oficinistas. — Me he equivocado de oficina —declaró, su voz era un barítono profundo y sin inflexiones, tan frío como el resto de su apariencia. Se dio la vuelta con una fluidez económica, sin una palabra de disculpa, y tiró de la manija de la puerta. No se movió. La empujó. Nada. Un sonido metálico y seco resonó cuando lo intentó de nuevo, esta vez con una fuerza contenida que delataba una creciente impaciencia. La puerta eléctrica, probablemente afectada por el fallo de antes, estaba completamente sellada, inerte. Lo vi presionar el botón de apertura manual en la pared, una, dos veces, sin resultado. Un aura de irritación palpable comenzó a emanar de él. Se giró lentamente, y esta vez sus ojos azules se posaron en mí, no con reconocimiento, sino con la molestia de alguien que se enfrenta a un obstáculo inesperado, y yo, al parecer, formaba parte del escenario de su inconveniente. La incomodidad que sentía se transformó en una ansiedad aguda; estar atrapada en mi propia oficina con el nuevo y temido CEO, un hombre que irradiaba un dominio implacable, era una pesadilla hecha realidad. Tragando saliva para humedecer mi garganta repentinamente seca, me obligué a ponerme de pie, alisando mi falda en un gesto nervioso. El silencio era ensordecedor, roto únicamente por el suave zumbido de mi ordenador y el eco de su fallido intento de fuga. Debía decir algo, romper la tensión, demostrar que era una profesional competente y no una empleada petrificada por su mera presencia. Cada fibra de mi ser, la parte independiente e irreverente que despreciaba la autoridad, quería permanecer en silencio, desafiándolo con mi indiferencia. Pero la parte de mí que necesitaba este trabajo, la que entendía las jerarquías de poder, sabía que eso sería un suicidio profesional. Él era Adrian Knight, el dueño de mi futuro laboral, y yo estaba encerrada con él en un espacio de diez metros cuadrados. La situación era tan absurda como aterradora, una prueba de fuego para la que no estaba preparada en mi primer día bajo su mandato. — Señor Knight —comencé, mi voz sonando sorprendentemente firme a pesar del caos en mi interior— Soy Camila Torres, del departamento de análisis estratégico. La puerta a veces se bloquea cuando hay fallos en el sistema eléctrico. El equipo de mantenimiento no tarda en reiniciarla, no deberían demorar. Prácticamente me ignoró, su atención fija en la puerta como si pudiera desintegrarla con la pura fuerza de su voluntad. Sacó un teléfono móvil de aspecto caro y noté la ausencia de señal en la pantalla. Una maldición ahogada escapó de sus labios, un sonido bajo y gutural que me erizó la piel. Fue entonces cuando finalmente se giró y me miró de verdad. No como parte del mobiliario, sino como a una persona. Sus ojos azules penetrantes recorrieron mi figura, desde mi cabello rubio y largo hasta la postura atlética que intentaba mantener a pesar de mis nervios. Por un instante, solo un instante, su expresión cambió. La fría indiferencia fue reemplazada por una chispa de algo más, una apreciación cruda y directa que me hizo sentir increíblemente consciente de mí misma. Vi cómo su mirada se detenía en mis propios ojos azules, y por un segundo, el CEO dominante e implacable desapareció, dejando a un hombre momentáneamente hipnotizado. Fue una conexión fugaz, un destello de calor en medio del hielo, tan inesperado que me descolocó por completo. El tiempo pareció detenerse en ese instante de reconocimiento mutuo. Me sentí expuesta bajo su escrutinio, como si pudiera ver más allá de mi fachada profesional, vislumbrando la rebeldía y el desafío que siempre luchaba por mantener a raya. Era una sensación extraña y adictiva, una batalla silenciosa librada en la distancia que nos separaba. Él era todo lo que yo detestaba: autoritario, controlador, un símbolo del poder corporativo que asfixiaba la individualidad. Sin embargo, una parte traidora de mí, esa misma que había despertado ante las historias de Valentina, se sintió atraída por la intensidad de su mirada, por el peligro latente que prometía. Era como estar frente a una pantera enjaulada, sabiendo que la belleza y el poder que admiraba eran los mismos que podían destrozarme sin pensarlo dos veces. La tensión en la habitación se volvió casi tangible, una cuerda tensa a punto de romperse, cargada de poder, deseo y un desafío no verbalizado. Justo cuando pensaba que no podría soportar el peso de su mirada ni un segundo más, un fuerte “clac” metálico rompió el hechizo. La luz del panel de la puerta pasó de rojo a verde. Desde el otro lado, la voz de un técnico de mantenimiento gritó: “¿Hola? ¿Hay alguien ahí? El sistema del piso 34 se reinició”. La puerta se deslizó hacia un lado, revelando el pasillo y la normalidad. Adrian Knight parpadeó, como si saliera de un trance. La máscara de fría impasibilidad volvió a su sitio tan rápido que casi dudé haberla visto desaparecer. Sin una palabra, sin un asentimiento de despedida, simplemente se dio la vuelta y se marchó, su imponente figura desapareciendo por el pasillo, dejándome sola en un silencio que ahora se sentía más profundo y perturbador que antes. Me desplomé en mi silla, temblando ligeramente, con el corazón latiendo desbocado. El encuentro no había durado más de cinco minutos, pero sentí que algo fundamental había cambiado. Había visto al lobo a los ojos, y lo más aterrador de todo, era que una parte de mí no había querido apartar la mirada.
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