La noche finalmente había desplegado su manto oscuro sobre la ciudad, un velo de terciopelo n***o salpicado por el brillo distante de las estrellas y el resplandor artificial de las farolas. Las luces de la gala se sentían como un recuerdo lejano, un sueño vibrante que se desvanecía con cada paso que dábamos hacia la salida, alejándonos del murmullo de las conversaciones y el eco de la música. Sofía y Matías nos despidieron con abrazos y sonrisas cómplices, gestos que se sentían extrañamente normales en una noche que había sido cualquier cosa menos ordinaria. Adrián mantuvo su mano firmemente entrelazada con la mía, un ancla de calor y posesión que enviaba corrientes eléctricas por todo mi brazo, recordándome constantemente el papel que estaba destinada a jugar en su mundo. Su agarre no er

