Respiré hondo, llenando mis pulmones con el aire perfumado de jazmín en un intento desesperado por anclarme a la realidad, mientras Adrian y Matías se materializaban frente a nosotras como dos apariciones sombrías salidas de la noche. La frágil burbuja de confianza que Sofía y yo habíamos creado se hizo añicos con su llegada, y el frío del miedo volvió a instalarse en mis huesos, más intenso y paralizante que antes. Adrian se detuvo a un paso de mí, su imponente figura bloqueando la luz de la luna, y sus ojos azules, penetrantes como fragmentos de hielo, me escanearon de la cabeza a los pies con una intensidad depredadora que me hizo sentir completamente desnuda. Buscaba grietas en mi compostura, alguna señal del pánico que yo sabía que se reflejaba en mis pupilas dilatadas, pero me aferré

