El rugido de la batalla resonaba amortiguado sobre sus cabezas, un recordatorio constante del peligro exterior, pero Seraphina no sintió el peso del Rey Elfo; solo la urgencia cruda y elemental de la supervivencia. Arrastró el cuerpo inconsciente de Aelion a una pequeña bodega subterránea, un refugio improvisado donde la familia del leñador herido se había escondido. Los otros humanos la miraban con recelo, asustados por el elfo maculado y la sangre oscura que manchaba su cuerpo perfecto, pero nadie se atrevió a contradecir a la curandera cuya cara ardía con una determinación fanática.
"Necesito agua caliente y trapos limpios. ¡Ahora!" ordenó Seraphina, su voz cortante con una autoridad que nunca había poseído en su vida. Los civiles, asustados, se movieron rápidamente para obedecer.
Una vez que Aelion estuvo recostado sobre un lecho de paja maloliente, Seraphina se centró exclusivamente en la herida. La corrupción demoníaca ardía en su hombro, un círculo n***o y humeante que contrastaba con la piel pálida del monarca élfico. La herida no solo era física; era una afrenta a la pureza de su linaje y la prueba viviente de su deshonor voluntario.
"Necesito quitarle esto," musitó, su voz apenas un susurro mientras sus dedos temblaban al acercarse a la coraza de Aelion.
Desabrochó las complejas hebillas de plata que sujetaban el peto. Al retirarlo, vio la totalidad del cuerpo del Rey: una obra de arte viva, cincelada por siglos de existencia y entrenamiento. Su torso era duro, esculpido y perfectamente simétrico. La visión, íntima, vulnerable y expuesta a la tenue luz de la linterna, hizo que el aliento de Seraphina se acelerara. Él no era un hombre; era una deidad caída.
Ella tuvo que desvestirlo aún más, retirando la túnica interior empapada en sudor frío y la bilis negra. Sus manos se deslizaron sobre la piel élfica, fría al tacto a pesar de la fiebre que lo consumía. Era un contraste tan abrumador con la calidez y la blandura de la carne humana, tan rígida y majestuosa, que Seraphina sintió un escalofrío de excitación mezclado con terror. Estaba tocando algo prohibido.
El elfo gimió. Sus labios, pálidos por la pérdida de sangre vital, se movieron en un idioma antiguo, élfico, incomprensible pero musical. Sus ojos dorados se abrieron a medias, vidriosos por el dolor que un ser eterno rara vez experimentaba.
"Seraphina..." La voz de Aelion era un susurro gutural, el sonido de grava moviéndose.
"Shh. Te estoy curando. No te muevas. Has sido... valiente, mi Señor," dijo ella, tratando desesperadamente de mantener su tono profesional y la distancia entre el doctor y el paciente. Que claramente no estaba funcionando, inconscientemente ella lo deseaba solo que aun su cerebro no lo registraba o no lo quería aceptar.
"No por valor," jadeó Aelion, sus dedos crispándose en la paja. "Por posesión. Por el fuego que tú has encendido." Ella no entendía si se refería al fuego de la corrupción demoníaca o a la pasión que lo había obligado a romper sus votos.
Seraphina centró su atención en el ritual de la curación. Tuvo que limpiar la herida con un extracto ácido particularmente doloroso para extraer la magia de corrupción. Aelion arqueó la espalda, y un grito élfico, agudo y sobrenatural, se extinguió en un gemido ronco, contenido a duras penas por la paja. Seraphina tuvo que sujetarlo con todas sus fuerzas para que no se desgarrara más. Su cuerpo se presionó contra el suyo: el contraste de su carne mortal contra la dureza élfica era eléctrico, cargado de una intimidad violenta y forzada.
Cuando el dolor se disipó ligeramente, la mano de Aelion, fuerte y firme incluso en su debilidad, agarró su muñeca. Su agarre era impresionante. Tanto que ya comenzaba a marcarla piel de Seraphina y el dolor se extendía por su brazo, ella se quejó pero él no soltó su agarre.
"Tú me habías rechazado," le recordó Aelion, con los ojos dorados, ahora un poco más claros, clavados en los de ella. "Dijiste que temías la brevedad de tu vida. Pero mira, Seraphina. El hombre que honrabas te entregó a la podredumbre. El Rey que temías... ha derramado su sangre eterna por ti. Dime, ¿quién es el verdadero héroe?"
Las palabras de Aelion, unidas a la imagen insoportable de Kaelan huyendo de su deber, hicieron que las defensas emocionales de Seraphina se desplomaran. El dolor del rechazo se convirtió en la rabia por su propia ceguera.
"Lo vi," susurró ella, las lágrimas rodando por su cara, no de dolor, sino de furia. "Vi su alma hueca. No es un héroe. Es solo una estatua vacía. Una fachada de metal."
"Y yo no soy un dios. Soy un hombre que te necesita, te deseo para mi mortal. Te necesito como nunca he necesitado el sol después de un invierno largo," Aelion la acercó con una tracción repentina, su aliento caliente y dulce sobre su oreja. En su agonía, todo control se había roto. Su deseo, crudo y desenfrenado, era un fuego que Seraphina ya no quería extinguir, comenzaba a desear esos labios sobre ella.
Sus labios se encontraron. No fue un beso gentil ni tierno. Fue la colisión de dos almas que habían sufrido la misma herida: el deseo reprimido de un rey milenario y la furia liberada de una mujer traicionada. El beso de Aelion fue profundo, desesperado, devorando su dolor y su culpa. Su lengua se movió con una intensidad que prometía tanto placer como peligro, un sabor a plata y a algo antiguo, como vino élfico.
Seraphina no se echó atrás. Ella respondió con la misma desesperación. Se agarró a los cabellos plateados de Aelion, la mano aún manchada con la bilis demoníaca.
La herida de Aelion, el precio de su amor, se encontraba ahora entre sus pechos. En ese instante de abandono total, Seraphina entendió que el sufrimiento no era el fin; era el sacrificio necesario para fundir sus mundos. La línea de la sangre y la especie se rompió por completo. Ella se rindió al fuego del elfo, al dolor del riesgo, y a la promesa de una posesión que ahora, extrañamente, se sentía como la única verdadera salvación.