9 La Consumación de la Promesa y el Juicio Inesperado

1113 Words
La bodega se había transformado de un refugio a un santuario impío, un espacio aislado donde la vida, la muerte y el destino convergían. Los gemidos apagados de los heridos arriba y el olor a tierra, humedad y ahora a sudor y deseo, eran los únicos testigos de la profanación que se estaba llevando a cabo. Los aldeanos que antes se escondían se habían marchado, el miedo a la cólera élfica y la superstición por la bilis demoníaca superaron su necesidad de refugio. No querían verse involucrados con el destino de un Paria. Seraphina ya no era consciente de la mugre ni de la paja; solo sentía el ardiente calor del cuerpo de Aelion bajo sus manos. Después del beso desesperado, ella se había separado solo el tiempo necesario para vendar firmemente la herida con un paño limpio empapado en su extracto más potente, asegurándose de que la corrupción cediera. Pero la línea entre la curandera y la amante se había disuelto. Ya no existía en absoluto. Ella se inclinó sobre el Rey Elfo, que yacía vulnerable y semidesnudo. Sus manos, las mismas que habían bordado pañuelos y curado heridas, recorrieron el torso cincelado de Aelion. Su piel era una paradoja: fría como la obsidiana, pero ardiendo con la fiebre y una necesidad que Seraphina sabía que no era solo física. "Tienes que tomar mi calor," susurró Seraphina, y la frase ya no era una sugerencia médica para combatir el shock, sino una demanda erótica. "Necesito que me tomes. Para que la brevedad de mi vida te caliente la eternidad." Ella rompió el resto de su propia ropa con una impaciencia feroz. El recuerdo de Kaelan arrojando su pañuelo, el desprecio de la multitud, el abandono en la batalla: todo ese sufrimiento acumulado se canalizó en una audacia que sorprendió al elfo. Su cuerpo mortal era la única cosa que Kaelan no había podido manchar con su egoísmo, y ahora se lo ofrecía a Aelion, no como una sumisión, sino como un regalo de rebelión. Ahora era suya como nunca fue del héroe. Aelion, aún debilitado, la miró. Sus ojos dorados no mostraban lujuria simple, sino un terrorífico sentido de finalidad. Vio su alma en el gesto de ella. "Si me tomas, Seraphina," jadeó, su voz apenas audible. "Si te toco, rompo la línea de la Sangre. El acto de un Rey con una mortal es la más grande de las transgresiones. Soy tu Rey. Serás una Paria por mí. Habrá siglos de dolor y exilio de tu propia especie." "El exilio ya comenzó cuando Kaelan me despreció," respondió ella, su voz clara y firme, libre de temor por primera vez. "Yo ya rompí con mi mundo. Te ofrecí mi lealtad, y tú derramaste tu sangre por mí. Ahora, Rey Aelion Nightera, dame tu deshonra. Dame tu fuego prohibido. Conviérteme en la mancha que nunca olvidarás." Su seguridad era un desafío al destino que descolocó al propio rey. Ella tomó la iniciativa, cabalgando sobre él con una gracia instintiva. La postura no era de dominio, sino de control. Ella quería sentir el peso de la transgresión, la unión de la carne que sellaría su destino para siempre. Aelion soltó un gruñido ahogado, una mezcla de dolor y anticipación, cuando ella se acomodó sobre él. Su debilidad física lo obligó a confiar en ella, a rendir su control milenario a la fugaz voluntad de su mortal. Su mano, larga y poderosa, subió y se hundió en el cabello castaño de Seraphina, sus dedos se crisparon con una fuerza posesiva que no dejaba lugar a dudas: ella era suya, para ser castigada y protegida. El contraste entre ellos era el motor de su pasión. La piel de Seraphina era suave, vital, caliente, el contraste perfecto con la piedra preciosa. Aelion la buscaba como un náufrago busca una orilla. Ella, a su vez, se deleitaba en la dureza fría y perfecta del elfo, sintiendo que por primera vez estaba tocando algo real, inquebrantable y eterno. Cuando finalmente se unieron, el impacto fue una descarga eléctrica. Un choque de especies y de destinos que hizo a Seraphina jadear y a Aelion arquear la espalda. Un gemido de puro éxtasis—un sonido casi inaudible—se ahogó en su garganta. No era solo placer; era el sonido de quinientos años de abstinencia rompiéndose, de la pureza élfica desvaneciéndose en el calor de la carne mortal. Seraphina se movió con un ritmo que era tanto de dolor como de liberación. Cada roce era una catarsis, cada jadeo era la expulsión de la pena. Se movió con la ferocidad de una mujer que había perdido todo y se había encontrado en el cuerpo de su enemigo. El clímax fue violento, absoluto. Aelion la sujetó con una fuerza sorprendente, su rostro se hundió en su cuello, respirando el aroma de su vida fugaz y su dulce sudor. Para él, era la disolución de su identidad. Para ella, era el inicio de su verdad. Cuando el eco de su unión se desvaneció, Seraphina se desplomó sobre él, su respiración superficial y agitada. La herida de Aelion, aunque limpia, aún ardía, pero ahora el dolor se mezclaba con un éxtasis agotador y un profundo sentido de pertenencia. Aelion acarició el cabello de Seraphina, sus dedos trazando la línea de su espalda. "El precio que pagaremos por esto, Seraphina... la cólera de mi corte, el desprecio de tu mundo, el destino de tus descendientes..." "Lo pagaremos," interrumpió ella, levantando la cabeza para besarlo, un beso de propiedad y un desafío al mundo entero. "Juntos. No hay regreso, Rey mío." Ella se acurrucó, sintiendo el ritmo firme de su corazón élfico. "Ahora solo te pertenezco a ti, en todos los sentidos que desees. Y tú a mí." Pero el silencio de su juramento fue roto por un sonido metálico y ominoso. El tumulto de la batalla había cesado, reemplazado por un silencio tenso, y luego, por el resonar de botas acercándose. La trampilla de la bodega fue golpeada con furia, seguida por una voz familiar, ronca de rabia y sed de gloria. "¡Sé que estás aquí, Seraphina! ¡Y sé que tienes a esa criatura deshonrada! ¡Sal ahora, Seraphina Vane, o entraré y te arrastraré a ti y a ese elfo para ser juzgados como traidores y profanadores!" Sir Kaelan había llegado, no como un salvador, sino como un juez. La realidad, brutal y sin adornos, había encontrado a los amantes, y su santuario se había convertido en su celda. Aelion aun herido y algo débil, se vistió y empuño su espada ese débil humano no era nada comparado con el rey. pero el estaba debil por la corrocion demoniaca.
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