La confrontación tuvo lugar en un paso estrecho y olvidado de las Tierras Intermedias, un lugar sombrío donde la civilización de Oakhaven se desdibujaba en el caos del territorio indómito. Seraphina y Aelion, vestidos con ropas oscuras de viaje y pieles gastadas, esperaban a la sombra de un risco gris. La placa de plata del brazalete élfico que Seraphina llevaba en su muñeca brillaba bajo la luz tenue, una declaración de su nueva e inquebrantable lealtad.
Sir Kaelan apareció con una pequeña escolta de tres mercenarios. Kaelan mismo estaba impecable en su armadura, pero sus ojos ardían con la rabia y la vergüenza. El Rey Elfo no solo le había robado a una mujer, sino que había expuesto su cobardía y su alma hueca ante su propia gente.
"¡Ahí está el elfo deshonrado!" rugió Kaelan, desenvainando su espada con un sonido dramático. "¡Y ahí está la traidora! Seraphina, te he dado una oportunidad de volver a la razón. El Consejo te perdonará tu locura. Pero al elfo, lo colgaré como un trofeo en las puertas de Oakhaven."
Seraphina dio un paso adelante, deteniendo con la mirada la mano de Aelion que iba hacia su propia espada. Esta batalla, la batalla de la verdad contra la ilusión, era suya.
"¿Perdón, Kaelan?" Su voz no tembló. Estaba fría, endurecida por la traición. "Ya no hay 'nosotros' para que me perdones. El dolor que siento no es por el castigo, sino por el tiempo que perdí creyendo en tu mentira dorada."
Kaelan se burló, su rostro contorsionado por el orgullo herido. "Estás delirando por la lujuria élfica, Seraphina. ¿Qué sabes tú de honor? Te revolcaste con esa bestia mientras tu gente luchaba por su vida, ¡mientras yo luchaba por su vida!"
"Yo sé de honor porque lo he presenciado, Kaelan," replicó Seraphina, levantando la barbilla con una dignidad que Kaelan jamás poseyó. "Cuando el Abismo atacó, tú elegiste la gloria fácil y condenaste a la muerte a los prescindibles. Yo vi cómo el 'héroe' huía de su deber real. Y cuando un verdadero rey, que tenía siglos de leyes sobre su cabeza, eligió romper todos sus juramentos y derramar su sangre para salvarme, entendí la diferencia entre la vanidad y la lealtad."
Seraphina caminó hacia adelante. Se detuvo a diez pasos de Kaelan.
"El regalo que yo te di, mi fe, tú lo arrojaste al barro. El regalo que él me dio, mi vida y su deshonra, es más noble que cualquier corona," sentenció. "Ahora, Sir Kaelan, mira la verdad. El Guardián que te enfrentará es el Rey Aelion Nightera, monarca de Silvantis. ¿Qué valor tiene tu gloria fugaz, comparada con el precio que él pagó por mi vida? Él me eligió, y al hacerlo, él eligió el destino."
La revelación de la identidad de Aelion golpeó a Kaelan y a sus mercenarios con una fuerza devastadora. El Rey de los Elfos.
Kaelan, cegado por la rabia y la envidia, abandonó todo sentido de caballería y corrió no contra el Rey, sino contra Seraphina, el verdadero objeto de su humillación.
"¡Te mataré por esta humillación! ¡Me has condenado!" gritó, levantando su espada.
Aelion no se movió como un guerrero; se movió como una fuerza de la naturaleza. Era un Rey, y sus movimientos eran ley. Su espada ceremonial élfica, Glacius, salió de su funda con un silbido de viento helado.
Aelion interceptó el golpe de Kaelan. El choque resonó. Aelion usó una serie de movimientos precisos que humillaron la técnica humana. Con un golpe certero, dirigió la punta de Glacius para golpear el punto débil de la armadura en el codo de Kaelan, obligándolo a soltar la espada. El arma de Kaelan giró por el aire y se clavó en el suelo.
Kaelan, desarmado y paralizado por el pánico, fue inmovilizado por la punta de Glacius justo debajo de su barbilla. La mirada dorada de Aelion era de desprecio absoluto.
"Tú no mereces la muerte de mi espada, Kaelan. No eres digno de ser un mártir," siseó Aelion.
Seraphina caminó lentamente hacia Kaelan. Se inclinó y desabrochó el brazalete de su muñeca.
"Kaelan," dijo, sosteniendo el brazalete élfico de plata. "Esto simboliza la soberanía. El hombre que lo lleva es tu verdadero señor. Lo has rechazado por la vanidad. Ahora, serás nuestro heraldo."
Seraphina se enderezó y tomó la mano de Aelion.
"No te matamos," continuó Seraphina, mirando a los ojos vidriosos del caballero. "Te dejamos vivir para que atestigües nuestro destino. El Rey Aelion Nightera no huye. Él regresa a su reino, y yo, su esposa mortal, voy con él. El 'Paria' va a exigir que su pueblo reconozca la verdad."
Aelion guardó su espada. Miró a los mercenarios, sus ojos llenos de asombro y terror.
"Vayan," ordenó Aelion, con su voz de monarca resonando a través del valle. "Y díganle a Oakhaven que la mujer que despreciaron ahora cabalga hacia Silvantis. Díganles que el Rey Aelion Nightera, con su Reina mortal a su lado, viene a confrontar a su propio Consejo por la causa de la verdad. Si intentan detenernos, la guerra de Silvantis no será con demonios, sino con los hombres."
Sin una palabra más, se dieron la espalda al desprecio y la vergüenza de los humanos. Aelion no eligió el bosque indómito. En cambio, miró hacia el norte, hacia las cumbres nevadas y los antiguos senderos.
"El camino es largo, Lethanen," le dijo Aelion a Seraphina, sus dedos apretando su mano. "Mi pueblo me considerará un traidor, y a ti, una abominación. Entrar en Silvantis es más peligroso que cualquier batalla con Kaelan."
"No tenemos excusas que dar, Rey mío," respondió Seraphina, el brazalete élfico ahora brillando con decisión en su muñeca. "Nuestra verdad es más fuerte que sus leyes. El Rey y su Reina se van a casa."
El Rey Elfo y la curandera mortal, el monarca deshonrado y la traidora, se dirigieron hacia el corazón del Bosque Susurrante, no para esconderse, sino para comenzar un viaje de regreso que cambiaría el destino de dos razas.