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2387 Words
UNA SEMANA ATRÁS. ETHAN STONE Antes de entrar a esa clínica temía enamorarme nuevamente, temía que saliera tan mal como la última vez, depender emocionalmente de otro ser humano es desgarrador, es asfixiante, pero mientras estes sano mentalmente no hay porque temer de eso. El amor es algo lindo si lo sabes manejar. Y por eso estoy aquí, en una clínica de rehabilitación. Llevo aquí desde noviembre del año pasado, justo hoy, un año. —Buenas días, Ethan. La psicóloga que me ayudaba era realmente amistosa, al principio de la terapia me negaba a soltarme, pero ahora somos una especie de mejores amigos, ella no lo considera así, pero yo si, tristemente. —Te dije que ya no es necesario que vengas, estas perfectamente bien —mencionó, sonriéndome. El mes pasado me dieron de alta, pero le había tomado tanto cariño a la señora, que me apetecía venir de vez en cuando. —Buenos días, señorita Williams. Ya lo sé, sentía que debía hablar de algo. —¿Tu padre? —enarque una ceja, mirándola con absoluta obviedad. Mi vida era un poco desastrosa, no en el sentido de ser inestable porque ya no lo era más, y estaba jodidamente feliz por ello. Mi madre prácticamente me tomó por los pelos y me trajo hasta aquí, cosa que se lo agradeceré desde el alma toda la vida. —¿Cómo te fue hoy? —acomodé mis piernas, tratando de encontrar una buena posición. Con esa pregunta empezaba nuestra sesión. —Bien —respondí con una sonrisa. Quisiera poder decir "muy bien", pero eso no sucederá hasta que de una vez por todas pueda dejar de ver a padre para toda la vida... o mejorar nuestra relación. ¿Por qué la mayoría de los jóvenes tenemos tan mala relación con nuestros padres? La terapeuta me había respondido a la pregunta, pero yo aún no lo lograba entender, a mis veintitrés años, no lo entendía. Desde los trece mi padre me ha moldeado para ser su otra versión; yo no quería a ser un empresario con traje y corbata. Por desgracia todo se arruinó cuando recién pude graduarme. « 15 DE OCTUBRE 2020 21 años Ella está parada en frente de mí, no entendía porque yo tenía que soportar tal trato, aunque en el fondo lo hacía, me lo merecía. Se dio la vuelta para mantenerme firme la mirada, daba miedo cuando se enfadaba, me daba miedo porque podía soltarme mis cuatro verdades sin titubear. Verdades que dolían. —Estoy harta, Eth —el apodo amortiguó lo demandante que había sonado. ¿Polos opuestos se atraen? Ella y yo éramos tan distintos que dolía. La situación tampoco era la adecuada, yo estaba devastado, sin ánimos de seguir, ya no sentía que tenía un lugar en la tierra. Ella me había soportado por tres años, tres años de relación tóxica, y yo también la había aguantado todos estos años, por amor, o por estúpido. Siempre traté de no meter mis problemas en nuestra relación, la traté lo mejor que pude, o eso creía, hasta ahora que me venció el cansancio. —No eres la única aquí que sufre... —pensé lo próximo que iba a decir con cautela. —No te voy a detener. Levanté la mirada con decisión. No debía atarla de nuevo, no debía decirle lo de siempre, que iba a mejorar y que saldríamos de esta, ella también tenía sus mambos mentales y dos personas inestables no pueden estar juntas, es un caos. —No voy a prometerte como cada vez que discutimos que voy a mejorar, porque no se si eso sea posible en este momento —me levanté del sofá para acercarme a ella. Pose mi mano sobre su mejilla. Sus claros ojos marrones lloraban, yo no quería hacerla llorar, pero ya no daba para más, ya no. No la usuaria más como soporte emocional, como esponja de mis lágrimas, de mis dudas, de mis idas. Acaricie su mejilla varías veces de arriba a bajo con mi pulgar. —Te mereces a alguien que te ame; yo te amo, pero no de la manera correcta. No de la manera que te lo mereces. Dejó caer el peso de su cabeza sobre mi mano, una gota salada mojo mi mano. Levantó su mano posándola sobre la mía. —Espero que avances y me llames para contármelo. —soltó en un sollozo, cabizbaja. Levantó la mirada y habló de nuevo. —Te estas perdiendo de muchas cosas bonitas. Se sintió como un tatuaje directo sobre mi corazón. Me retiró la mano con suavidad, se acercó para unir nuestros labios por última vez, saboree el salado de sus lágrimas con el beso. Me miró. Me dio una sonrisa melancólica para después salir por la puerta. En cuanto la puerta se cerró detrás de ella mi corazón se encogió, me sentía solo, sentía que el mundo se venía sobre mí. Mi respiración se agitaba cada segundo que pasaba ¿ahora que iba a hacer? ¿Qué seguía? » Yo tenía cosas que amaba, cosas por lo que mantenerme en pie, eso se me fue arrebatado, pero esta vez fui yo quien me las arrebaté, sin piedad y sin permiso. Me convertí en un huracán que demolía todo a su paso. —¿Chicle? —le tendí la goma de mascar rosa. —No, gracias —levanté mi hombro, restándole importancia y la llevé a mi boca. —Tú madre me dijo que ahora no dejas los chicles —dijo, con ese tono de voz que tenían los terapeutas, como si debía decir el secreto de estado. —Mejor que la marihuana y el tabaco, ¿no? —Es una buena forma de calmar la ansiedad, sí, pero tienes que saber ponerle un límite a todo, como lo hablamos; sino sería la misma adición que lograste superar, y no queremos eso —me sonrió amablemente. Salí de la cita con un poco más de análisis sobre mi situación romántica con los chicles. Fui directo a mi trabajo. Musculoca estaba sentado detrás del mostrador, leyendo una revista Playboy. —¿No acabó tu turno? —bajó la revista, dejándome ver sus oscuros ojos verdes, confundidos. —Me quedan veinte minutos —interiormente me insulté. Apreté mis labios aceptando que iba a perder el tiempo sentado aquí. Me pasee por los pasillos buscando algún vinilo que no tuviera aún en casa. Desearía estar descubriendo sitios nuevos, viajando, cumpliendo metas, pero aquí me tienes, trabajando con mi mejor amigo adicto a las mujeres de una manera obsesiva. Volví al sitio, aburrido. Apoye mis codos sobre el mostrador, inclinándome hacia adelante, dejando todo mi peso sobre una pierna. —Hoy tenías cita, ¿no? —asentí sin más. No quería hablar de eso. Él se esforzaba por apoyarme en lo que sea al igual que yo, lo amaba con cada puta célula de mi cuerpo efímero. —¿Tienes planes para hoy? —pregunté, aunque no era mi primera opción. Él me miró arqueando una ceja. —Un club nocturno a unas cuadras de aquí ¿te apetece? —a veces quería golpearlo por lo tierno que sonaba cada vez que me hablaba. —No hay nada más emocionante —atrapó mi cabeza con sus brazos haciéndome presión, dejándome sin escapatoria. —¿Ahora no disfrutas pasar tiempo conmigo? ¡Ah! —apretó más su agarre. —Suéltame, hijo de puta —comenzó a reír, con burla. Apreté mi puño para llevarlo con cuidado de no causarle tanto daño a sus costillas. Su cara expresaba dolor, tampoco le di mucha importancia. Arreglé mi cabello, me miré en el pequeño espejo notando que mi rostro se tornó rojo por la presión. —Te dejaré a cargo ya que estas tan pedante. Se levantó del asiento giratorio. Pasó por mi lado sin antes darme una nalgada e irse rápidamente por la puerta de cristal. Arrasque mi ceja, caminado del otro lado para sentarme en su lugar. Al terminar el turno cerré la tienda. Me dirigí al súper que estaba cerca para comprar algo de comida para mi refrigerador y mi compañera de casa. Abriendo la puerta la pequeña se posó en mis pies ronroneando, me puse de cuclillas para acariciarla. Dejé las compras en su lugar para servirle su plato. Me metí a la ducha para refrescarme, noviembre es fresco, pero yo extrañamente sufro de calor todas las estaciones del año. Me enfundé en una camiseta ancha, negra, unos jeans del mismo color y unas zapatillas cómodas de confianza. Pase por mis dedos un par de anillos, cadena plateada y perfume. Revisando mi teléfono entro un mensaje. Madre Hola, hablemos ¿sí? Ven por aquí mañana. Lo guarde de vuelta. Me había discutido con él, de nuevo, y ella por supuesto que se ha enterado por mi hermano. Me agité la cabeza mentalmente para sacarme de esos pensamientos. Subí a mi auto y pase a buscar a Charlie. —Te ves muy guapo —mencionó sentándose en el asiento del copiloto. Le sonreí. El lugar era típico de él y sus amigos con los cuales salía cuando yo no estaba cerca, debería estar celoso, probablemente, pero no me va eso de los celos, es un instinto de supervivencia demasiado estúpido. Le seguía el paso como un chicle pues no conocía a nadie aquí más que el idiota enfrente de mí. La música era buena, sin letra, solo el rito y agradecía eso a tener que escuchar letras absurdas. Nos sentamos en un extremo de la barra, según Charlie quería entrar en calor primero, por otro lado lo mío tampoco era tomar. —¿Viniste a observar cómo siempre? —dijo algo irritado. —Agradece que al menos te estoy acompañando —le dirigí la mirada con burla. Entiendo que él quisiera más a sus amigos de gimnasio, eran más divertidos, alcohólicos y todo eso que define a un joven adulto en sus veinte. Yo era más tranquilo, sereno, sencillo si se le puede llamar así a ser distante a ese tipo de actitudes. —Voy a por las fieras —golpeó varias veces mi hombro tragando el último shot de vodka. Esboce una sonrisa de lado. —¡Buena suerte, tigre! —le regale un guiño de buena suerte. Pedí ron con coca para no desafinar respecto al lugar donde me encontraba. Mirando al frente observaba a una chica sentada del otro lado. Una rubia se acercó por detrás besando su mejilla, aparte la mirada, mi cerebro me dijo que eran pareja por alguna razón. Mis ojos la buscaron de nuevo por curiosidad, la otra chica se la estaba llevando despareciendo entre la gente. Movía la cabeza con el sonido de la música, acabe mi vaso. Pregunté al bartender sobre el baño, al parecer solo hay uno. Caminé hasta allí esquivando a la gente borracha que me empujaba o pisaba. La puerta estaba cerrada así que toque varias veces, cuando quiero ser una astilla en el culo lo sabía hacer a la perfección. No escuché respuesta, volví a tocar, unos segundos después la misma chica de la barra ahora estaba a centímetros de mí. Mis palabras no querían salir. Estaba en conflicto con mi cerebro, se resignaba a soltar una oración. La luz del baño hacía que su cabello cobrizo brillara y sus ojos verdes..., eran hipnotizantes. Amplió una sonrisa mostrando sus dientes y unos hoyuelos en ambas mejillas; lindo. —Permiso —mencioné con la voz grave. Me di paso entre su cuerpo para entrar al baño. No tenía le intención de ser grosero, cosa que no evite a la hora de por fin poder hablar. Vacíe mi vejiga con satisfacción. La chica de antes me gustó, no lo voy a negar, pero saben donde acaban las personas que conoces en un club, en nada, y no estaba para cosas de ratos. Volviendo a la barra la chica era acompañada por un chico, pasé cerca de ellos porque era necesario por tanta gente, llegue a escuchar un quejido por parte de la pelirroja. Mis ojos se asomaron por encima del hombro del muchacho, sostenía la mano de ella. Jugaba con mi lengua debatiéndome si meterme o no. «Al carajo.» —¿Te puedes retirar? —exclame, sostuve su mano con fuerza. Él alzó la mirada, me veía desafiante. Apreté la mandíbula, esta clase de hombres me hervían la sangre. —Queremos tomar tranquilos —el chico no cedía. Hice más fuerza para de un tirón poderlo quitar de encima de ella. Le di una mirada de arriba a bajo con asco. Me hizo una mueca indescriptible para luego irse. Me senté a su lado porque ya me daba pereza volver a mi sitio. —No creas que me debes nada —dije después de sentir su mirada incrustada en mi nuca. Pedí el mismo trago de antes. —No iba a decir nada como eso —su voz era neutra, pero entre dientes. Bebí del trago sin mirarla. —Estoy seguro que se te habrá cruzado por la cabeza —si la miraba iba a quedarme en blanco y en esta situación no era una buena elección. Me puse de pie listo para salir del lugar, necesitaba aire fresco. —Nos vemos. Dejé el vaso sobre la barra, baje la mirada a su altura. Mierda, ¿de donde salió esta chica? Le sonreí sin mostrar los dientes. Ella no decía nada, sólo miraba con intensidad mis ojos. Comencé a ver que sus mejillas se estaban tornaron rosadas, pero se giró dándome la espalda. Solté una risita sonora, entre mis manos en mis bolsillos y salí. Me senté en la acera, cerca de mi auto estacionado. Saqué el teléfono mirando el chat de mi madre pensando que podía responderle. Detrás de mi volví a escuchar la voz de la pelirroja, comenzaba a irritarme, aunque me contuve para no voltear. Pero como siempre no le hago caso a mi cerebro; voltee sigilosamente sobre mi hombro, caminaba de vuelta al club, su cabello baila con ella al caminar. • Hola, mis palomitas♥️ (así he decidido llamarlos, se aguantan, además ya sabrán el porqué 😉). Gracias por estar aquí y leer. Si te gustó no olvides votar, y comentar cualquier cosa que te haya parecido curiosa, graciosa o linda.✌🏽 Y... solo sé que Ethan es un amor.
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