Juro que me resistí lo más que pude en preguntarle quién era. Lo juro. Pero yo no era mucho de quedarme callada. — ¿Quién era? —pregunté sin más. — ¿Quién era qué? —Te tensaste cuando viste tu teléfono. Sonrió —Nadie importante, cosas de trabajo. Tengo un millón de llamadas perdidas por ese documento que no firmé. Una parte de mí quiso creerle, porque su argumento era totalmente válido. Así que, asentí quedándome un poco tranquila, pero solo un poco. — ¿Estás celosa? —No. Pero me extrañó cómo te pusiste. —Ya te expliqué, mi amor, estuve ausente mucho tiempo. —No estuviste fuera ni una sola semana. —Para mí se sintieron siglos —dijo abrazándome fuerte. Sonreí —Eres un exagerado. —No lo soy. Ya sé que no puedo vivir sin ti. —Viviste sin mí todos estos años. No seas mentiroso. —

