RUBÍ
Los reyes se casaron, no podía creer que podía presenciar aquel acontecimiento. Tuve que rogarle mucho a mi madre para que me dejara asistir, ella siempre renuente dudó mucho, pero al ser una de las bodas más importantes tuvo que aceptar con la condición que Hécate estuviera a mi lado siempre. Estuve con ella en toda la ceremonia y no tuve problemas al inicio, estaba emocionada y no me importaba si tenía niñera. Pude conocer al rey y a la ahora reina, la titánide de la justicia estaba junto a las hermanas de los reyes y los hermanos se encontraban al otro extremo. Entonces mi vista se quedó fija en un dios específico.
Hades se encontraba estoico y con la postura fría y aburrida. No podía verlo bien, pero se notaba que estaba vestido con una túnica negra, todo su cuerpo a excepción su rostro y manos estaba cubierto. Su piel contrastaba con el n***o de su ropa, el cabello lo tenía suelto peinado hacia atrás y caía como una cascada negra por sus hombros. En su cabeza tenía puesta su corona negra con rubíes redondos, y en su mano derecha traía su bidente.
Desde esa vez en aquel lago no dejaba de pensar en aquel dios, su porte triste, su aura melancólica, me habían criado con miedo a los dioses, incluso cuando vine a la boda mi madre me advirtió que no hablara con nadie, en especial con el dios Hades, el dios de los muertos, el temible dios oscuro; pero lo que vi en el lago no era oscuridad, ni crueldad, era más bien…curiosidad. Quería ir allá y acercarme a hablarle, pero no podía hacerlo ahora porque si no mi madre se enteraría que fui al bosque y me encerraría. Debía aceptar el momento oportuno para escapar.
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Lo logré de nuevo, pude escapar de la vigilancia de mi madre y Hécate; el plan era en un principio burlar la estricta vigilancia de mi seguridad y luego ir a buscar al dios Hades, pero mis cálculos salieron mal, ahora no sabía dónde me encontraba, después de todo al ser la primera vez en visitar el Olimpo era normal perderse ¿Cierto? Mientras recorría un pasadizo escuché a lo lejos, unas voces sonaron como si tuvieran miedo de ser escuchadas así que la curiosidad me consumió ¿Quién no se acercaría a un posible chisme? Por supuesto que yo lo haría. Cuidando mis pasos me acerqué lentamente agudizando mis oídos, de algo tenía que servir el tiempo que pasé con las ninfas, quienes se decía eran las criaturas más chismosas entre todas las criaturas míticas.
– ¿Segura?
– ¿Muy preocupado por mí, Hades?
– Deja de burlarte de mí, estoy hablando en serio. Lo que hizo el idiota de mi hermano no tiene perdón.
Los que conversaban con tanta confianza era el dios Hades y la señora Themis, ¿Ellos tenían tanta confianza? ¿Desde cuándo ambos eran tan amigos? Algo golpeó en mi pecho, algo que no pude reconocer, pero que no me gustó esa sensación. Esa misma sensación hizo que me preguntaba si ellos tenían una relación más especial y al imaginar la respuesta mi estómago se revolvió, quería alejarme, escapar, pero mis pies se quedaron quietos como si estuvieran pegados. No tuve más remedio que escuchar lo que ellos decían. El suspiro de Themis hizo que mis pensamientos volvieran a la realidad.
– De verdad estoy muy agradecida con todos los dioses que me han mostrado su aprecio. No pensé que era tan querida, así que de alguna manera este día me alegró al menos un poco.
– Eres demasiado positiva para mi gusto.
– ¿Eso crees? Es algo bonito para empezar.
– ¿Seguirás siendo la consejera?
– Sí, es mi deber como la deidad de la justicia. Aunque me sienta incómoda al inicio debo primar mis responsabilidades y el bien de los demás.
– Nunca podré entender tus pensamientos, siempre ayudando a los demás, siempre priorizando a otros por encima de ti, siempre dando la mejilla ajena para que los demás te golpeen, siempre sonriendo y siendo amable, aunque te traten mal ¿Qué ganas con eso?
– Querido Hades, solo amo demasiado. Yo me enamoré de Zeus y no me arrepiento, lo di todo por amor y ahora puedo dejarlo ir sin remordimientos, puedo continuar con mi vida inmortal como siempre ayudando a los demás, siendo la diosa que se supone que ser, dando mi amor a los humanos y dioses.
– El amor es una tontería.
– Tal vez no lo entiendas ahora, pero cuando te enamores de alguien de verdad entenderás lo que digo.
– Creo que esa conversación ya la tuvimos ¿Cierto? Soy el rey del inframundo, nadie se sacrificaría a atar su vida al mundo de los muertos por mí.
– Mh…no lo sé. Querido Hades, estoy segura que todos merecemos un poco de amor y tú, mi querido amigo, te mereces toda la felicidad del mundo. Detrás de esa máscara llena de frialdad está el alma de un buen hombre, uno amable, caballeroso y sobre todo un hombre de buen corazón. Tal vez nadie lo sepa ahora, pero llegará alguien que también lo notará y te amará como lo mereces.
Mi corazón por alguna razón se calmó, la señora Themis y el rey Hades no se veían como amantes en absoluto o como dioses que se gustaban mutuamente, ambos sentían un amor fraternal. Un amor completamente puro, en la mirada del rey pude ver cariño filial y admiración, la mirada de la señora Themis se notaba un amor casi materno, así me miraba mi madre. La señora Themis conocida por ser la más justa y respetada en todo el Olimpo, verdaderamente quería al rey Hades. Entonces ¿Lo que decían de la injusticia y crueldad del rey eran todas mentiras? El rey Hades bufó y pude ver un ligero sonrojo en sus mejillas, al parecer no estaba acostumbrado a recibir esas muestras de cariño.
– Tsk, y yo que vine a preguntarte cómo estás. Parece que estás de buen humor al decir todas esas tonterías.
La señora Themis rio y yo sonreí mientras me alejaba, de alguna manera me encontraba más tranquila al ver esa faceta más relajada del rey, me alegraba saber que tenía aliados tan poderosos como la señora Themis y me alegraba el hecho que los rumores de las ninfas eran eso, solo rumores. Ese no era el momento, pero estaba segura que algún momento podría volver a encontrarme con él y yo no podía con la emoción.
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– ¡Dónde estabas, por Gaia! Estaba muy preocupada por ti.
Solté un suspiro cansado, la que me había encontrado fue mi madre. Su mirada decía claramente lo enojada que estaba mientras me jalaba a una esquina para terminar de regañarme. Por un lado, entendía, mi madre y yo fuimos todo un tiempo solo las dos, ella cuidándome, ella protegiéndome, ella dándome de comer así que sí, la entendía, pero también me sentía sofocada, ya no era la niña pequeña que mi madre pensaba que era, quería salir, quería explorar, quería conocer a los dioses y probar por mano propia todo lo que el mundo me deparaba.