RUBÍ
Solté un suspiro mientras me movía en la cama blandita, aun con los ojos cerrados me quedé pensando en el sueño tan raro que tuve. En el sueño, yo era la diosa Perséfone, la diosa de la primavera y sufría muchísimo por una pérdida. Al parecer algo pasó en el Olimpo y todos se habían ido, solo quedaban las Moiras y el cuerpo de la diosa Themis tendido en el suelo.
Qué raro. Lo sentí tan real. Tal vez solo es por todo lo que está pasando aquí.
Me estiré como un gato y finalmente abrí los ojos, pero mi cuerpo relajado se tensó de inmediato. Esta no era la habitación que tenía en el departamento de Damián, las paredes monocromáticas habían desaparecido para dar paso a un verde pastel combinado con un amarillo pastel que me recordaban los trigales en pleno atardecer, por un momento me relajé al imaginar esa vista en mi mente. Mi cuerpo se sentó de golpe observando a mi alrededor ¿Dónde estaban los colores monocromáticos? ¿Dónde estaban los adornos oscuros e impersonales? ¿Y mi cama color n***o? ¿Dónde estaba esa aura mortal y triste que siempre envolvía el departamento de Damián?
Al menos sigue igual de blandita, pero ¡ese no era el punto!
¿Dónde estaba? Yo recuerdo haberme dormido en el sofá n***o de Damián abrazada a él, por cierto, ¿dónde estaba? Me puse de pie buscando mis zapatillas que encontré ordenadas en el suelo y me tomé mi tiempo para observar todo. En las paredes había cuadros de prados y pastizales, los adornos eran granjeras en posición de cosecha y la cama era de un tono verde hoja cubierta con una manta con imágenes de trigo.
Aquí están como que un poco obsesionados con las cosechas.
A mis espaldas una puerta se abrió y cuando volteé una señora de unos 40 años apareció con una bandeja en manos. Su cabello era corto y n***o, su piel parecía quemada por el sol, pero le daba un tono dorado muy natural. Vestía con prendas sencillas, un conjunto tono beige, un pantalón de vestir con una clusa del mismo tono, nada de joyas, nada de maquillaje. Daba la impresión de ser alguien mayor, pero no tenía arrugas ni nada que indicara su edad adulta, era más su aura. La mirada suave y maternal, y su sonrisa cariñosa daban a entrever cariño puro y eso debería tranquilizarme, pero ¿por qué esa visión me ponía los pelos de punta?
– Hija, al fin despertaste. Mira aquí he traído un poco de comida para ti.
– Qué…¿Quién es usted?
Mi cuerpo se tensó aun más, esa mirada que se volvió dorada la conocía muy bien. Instintivamente retrocedí un paso, ¿ella era una titánide? Si era así estaba en peligro. La mujer sonrió ampliamente ignorando mi miedo y dejó la bandeja sobre la mesita de noche, ella se sentó sobre la cama y movió su mano haciendo un gesto para que me acercara.
– Hija, necesitas comer. Te traje tu comida favorita, ensalada de verduras salteadas con tofu, un cuenco de frutos secos y un vaso con jugo de naranja.
Fruncí el ceño en señal de disconformidad, su incomodidad estaba aumentando cada vez más, había cosas que realmente me molestaban, esa señora me llamaba hija, y aparentaba saber lo que me gustaba, cosa que era completamente erróneo. Al contrario, yo odiaba el tofu con todo mi corazón y odiaba aun más que alguien asegurara cosas sobre mí.
– Señora, me incomoda que me llame así, yo ya tengo una madre y me incomoda más que asuma lo que me gusta y lo que no cuando es la primera vez que nos vemos. Y no respondió la pregunta, ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?
– Hija, ahora estas un poco confundida, pero pronto las cosas se acomodarán como deben ser, pronto te darás cuenta que lo que yo digo es cierto. Ahora, ven a comer.
– Yo odio el tofu, odio las ensaladas.
– Estás confundida, tú amas este tipo de comida.
– Quiero un pedazo de carne.
– Tu no comes carne, no comemos carne, nuestra familia es vegetariana.
Esta señora estaba mal de la cabeza, hablaba y se expresaba como si me conociera, como si fuera parte de mi familia, nada más lejano que la realidad.
– Usted no es mi familia, quiero regresar con Damián. Me iré ya.
Con eso me dirigí a la puerta, pero al intentar abrirla no se movió, ni siquiera pude girar el pomo.
– No puedes irte, perteneces aquí.
– Señora, déjeme ir. No sé quien es usted y tampoco quiero hacerlo, usted esta claramente mal de sus capacidades mentales.
– Hija, tal vez no lo ves ahora, pero todo lo que hace tu madre es por tu bien.
– Usted no es mi madre, yo ya tengo una madre y no se parece en nada a usted.
– Son simplezas, tu alma está conectada a la mía desde hace eones. No puedes negar nuestra conexión divina.
– ¿Eres una especie de diosa?
Miré a mi alrededor las pinturas de prados y cosechas, los adornos, la cama, finalmente miré a la señora que sonreía con tranquilidad, pero que su mirada mostraba una evidente locura.
– No puede ser…¿Eres la diosa Deméter?
– ¿Ya reconociste a tu madre? Estamos progresando, hija mía.
La mirada de satisfacción me heló la sangre, ¿yo era su hija? Entonces ¿el sueño que tuve hace un momento no era una broma?
– ¿Por qué me dices hija? ¿Qué estoy haciendo aquí?
La mujer que decía ser Deméter soltó un suspiro mientras tomaba el vaso con jugo y lo bebía.
– Siempre tan curiosa, ese lado no lo heredaste de mí.
– Claro, porque usted no es mi madre.
– ¡Basta! Aun después de eones sigues siendo una niña rebelde. Aquí estas a salvo, date cuenta que tu madre quiere lo mejor para ti.
– Señora, usted no es mi madre. Usted no es nada mío.
– ¡Perséfone, despierta ya!
– Quiero volver a casa.
– ¿Qué no entiendes? Ahora esta es tu casa.
– No, mi casa está con Damián.
– ¡Ya basta!