Capítulo 38 parte 2

1117 Words
– ¿Seguiré siendo la deidad de la primavera? – Sí, no perderás tu estatus ni tus poderes, pero…si te soy sincero, no sé si llegaría tan lejos como para tratar de revertir el pacto en caso comieras las semillas de granada. – ¿Se puede hacer eso? – … – Aides, ¿Ella podría obligarme a alejarme de ti? ¿Podría deshacer el pacto en caso aceptara permanecer aquí? – No quiero mentirte, mi Core. Podría hacerlo si sacrifica las cosas adecuadas. – ¿Hay otra opción? ¿Hay algo más que pueda hacer para que mi madre ni el mismo rey del Olimpo me toque? No sé qué me sorprendía más, si el nulo miedo a comer esa granada del inframundo o la valentía de querer vivir aquí en mi reino. Perséfone aparentaba ser una deidad muy delicada, como un pétalo de rosa que podría romperse si se le aplica mucha fuerza, pero mi tiempo con ella me había hecho entender que no era así. Esta pequeña diosa era valiente, aguerrida y muy decidida y mi corazón solo latía de admiración por ella, parecía débil frente al monstruo que era el inframundo, pero al parecer no le importaba vivir en un lugar sin vida, qué irónico. De pronto me la imaginé corriendo por mi castillo, viendo con curiosidad todas las habitaciones, sonriendo y saltando de emoción al ver a mi perro. Esa imagen hizo que mi anhelo más grande se materializara en palabras. – Cásate conmigo. – ¿Qué? – Ehm, bueno, yo… Genial, me enorgullecía ser el dios más sensato e inteligente y aquí estaba balbuceando incoherencias por los nervios. Cálmate, y di lo que tengas que decir. Soltando un suspiro, tomé con mi mano libre una de las delicadas manos de mi Core. – Hay otra forma en la que serás intocable hasta para Zeus, debes comer las semillas de granada y tener un enlace conmigo, conviértete en la reina del inframundo y nadie te tocara. Dijiste que querías ser libre, siendo reina del inframundo puedes hacer lo que quieras, no comerás toda la granada así que podrás ver cosas que tu rey no podrá, podrás permanecer en el mundo humano por meses si así lo deseas, puedes cumplir con tus deberes como diosa y también como mi reina, dijiste que querías estar a mi lado así que…me gustaría que te quedaras a mi lado como mi reina, como mi compañera. Mi Core ¿Me darías el honor de convertirme en tu esposo? Esto no solo es para ayudarte, sino es un intento egoísta de mi parte para mantenerte conmigo, yo tampoco deseo alejarme de ti, tu, mi pequeña Core, con tu inocencia y alegría convertiste mi corazón muerto en uno vivo y anhelante, le das un soplo de vida a mi oscura existencia, nunca me he sentido tan aceptado y querido como ahora así que, humildemente estoy ante ti preguntándote si quieres ser mi única compañera de vida para la eternidad. Mi Core guardó silencio y la ansiedad se elevaba en mi interior, preguntas como ¿Y si no quiere? ¿Y si no quiere estar en un lugar donde la muerte era el origen de todo? ¿Y si solo me busca por querer su libertad? ¿Y si toda esa declaración solo era parte de su confusión? ¿Me había adelantado mucho? Mis dudas se calmaron cuando Perséfone tomó la fruta de mi mano y la abrió. Sin dudarlo fue llevando a su boca una a una las semillas de granada, las lágrimas corrían por su rostro me preocuparon ¿Se sentía obligada? Mi preocupación por ella hizo que la detuviera cuando conté seis semillas comidas. – Es suficiente, si comes más de esa cantidad es muy probable que no puedas dar un paso al mundo humano. Cómo…¿Cómo te sientes? ¿Por qué lloras? ¿Dije algo malo? No quiero que sientas presión por nada de lo que dije, yo- – No seas tonto Aides, estas lágrimas son de felicidad, es la primera vez que alguien prioriza tanto mis decisiones, claro que acepto. Yo acepto ser tu esposa, pero no por la inmunidad que me puedas dar, sino porque desde que te vi deseo estar a tu lado siempre. Mi corazón se contrajo con lo que reconocí como felicidad, sí, por primera vez en tantos eones sentí verdadera felicidad y esperanza, esperanza por tener lo que otros tenían, una esposa, alguien que amas y que te ama con todo. Al fin mi soledad tendría un fin, al fin mi oscura existencia se llenaría de luz. Al fin alguien como yo podría tener cosas por las cuales ser feliz, ya no solo protegería mi reino, sino que protegería a mi reina. Hice desaparecer la granada en mis manos y esa mano fue hasta la nuca de mi Core acercándola a mí para poder hacer lo que hace tiempo deseaba, unir mis labios contra los de ella. Mi ansiosa Core soltó un pequeño gritito de sorpresa, pero fue rápidamente sustituida por anhelo, mi lengua acariciando la suya, saboreando sus labios, chupando y mordiendo como si ella fuera un manantial y yo un simple humano muerto de sed. Me alejé lo suficiente como para rozar nuestras narices y labios, no sé cuánto duró nuestro primer beso, solo sabía que nuestras respiraciones estaban agitadas, mis manos estaban en su trasero y ella se encontraba abrazando mi cintura con sus hermosas piernas. Este sentimiento de anhelo, de querer más, era la primera vez que lo sentía tan fuerte. – Ahora eres mía, mi Core, mi corazón. – Soy tuya. Mierda, sí. Era mía, ahora podía tocarla, podía llevarla a mi castillo, podía amarla como tanto deseaba hacerlo, pero no aquí, no cuando cualquiera podría venir a ver a mi mujer siendo amada por mí. La sola idea de alguien espiándonos y viendo el cuerpo de mi Core, me hacía bullir de rabia, cualquiera que viera a mi futura esposa de esa manera sería ejecutado no sin antes sufrir eones de tortura. – ¿Qué pasa, Aides? – No es nada, mi Core. Debemos ir a casa pronto. A casa, nunca pensé que diría esas palabras. Pero el brillo de ilusión de mi mujer hizo que todo se sintiera más real. – A casa. Bien llévame a casa, futuro esposo. Sí, oficialmente morí y volví a vivir en ese momento. Esta pequeña diosa hacía que mi corazón latiera a su ritmo. Mientras me adentraba en mi reino, en nuestro reino, no pensé en las dificultades que vendrían luego, eso lo resolveríamos después, ahora lo que importaba era que tenía a mi mujer a mi lado. Solo importaba que mi corazón ahora se sentía completo.
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