DAMIÁN
De nuevo esa sensación, ese revoloteo en mi estómago. Vine aquí con la esperanza de calmarme un poco, el límite de mi territorio y el de mi hermana Deméter, o mejor dicho, el territorio que yo cedí a mi hermana ¿Por qué razón? Pues porque me dijeron que ella como la diosa de la agricultura debía tener el territorio más fértil. Lo que ellos no sabían era que ese territorio era el que más me gustaba, porque sí, siendo el dios de la muerte me gustaba la vida, me gustaba ver la vida pasar, ver las etapas de los seres vivos, verlos vivir, experimentar y finalmente ir a dormir en el sueño eterno.
Así que al dar parte de mi territorio me dolió, ese patio de juego era mío, mi favorito y me fue quitado, por esa razón cuando tenía que pensar, cuando tenía que calmarme venía al límite entre mi territorio y el que ahora era el de Deméter, para ver al menos a lo lejos el fruto hermoso de la vida. Pero ahora todo tenía otro significado, si bien vine por mi hábito a relajarme, también vine porque en mi inconsciente esperaba a una pequeña diosa con el aura de ninfa que venía con un olor a flores primaverales, el mismo que ahora mismo estaba oliendo.
No necesité dar vuelta, porque ya sabía que esos pequeños pies se acercaban peligrosamente al límite sin ningún miedo, tal vez movida por la curiosidad. Esta vez no haría nada para detenerla, le advertí una vez, ahora no diría nada.
– Tu eres el dios Hades ¿Cierto? Te vi en la boda de los reyes en primera fila.
– …Y tú no eras una ninfa. Perdón por confundirte.
– No, no, yo siento confundirte con un guerrero.
Guardé silencio mientras seguía viendo el lago muerto, mis pies desnudos tocaban la helada agua negra, en ese lago ya los peces no existían, no había nada de vida, mi lado de aquel bosque no tenía vida. Al parecer eso no le importó a la pequeña diosa, porque sentí de inmediato cuando ella pasó el límite, como dios cuya alma estaba unido a todo su territorio podía sentir perfectamente cuando alguien no autorizado entraba a mi terreno. La pequeña diosa se acercó al punto que sentí su olor floral mucho más fuerte a mi espalda.
– ¿Puedo sentarme?
– El agua es demasiado helada para ti que no estas acostumbrada a un lugar muerto y-
– No te preocupes por eso, soy fuerte.
Dijo eso mientras se agachaba y metía sus pies en el agua negra, noté perfectamente cómo el cambio de temperatura le chocó, su pequeño cuerpo tembló un poco y mi primer instinto fue abrazarla y sacar sus pies del agua, pero sorprendentemente, esta pequeña diosa logró recomponerse casi de inmediato y lo que más me sorprendió fue que el agua que ella todo se aclaró, solo el agua que la rodeaba era clara. ¿Cómo podía ser? Nadie, ni siquiera la misma Deméter pudo cambiar esta parte del bosque y hacerlo fértil, pero esta pequeña diosa lo logró en unos segundos. Miré los pies y luego su rostro, esa piel nívea llena de pequeñas pecas, esos ojos verdes tan hermosos con pequeñas motas doradas y esos labios rojos y abultados que suplicaban ser besados. Un sentimiento lleno de posesión movió todo mi interior. Al parecer la pequeña Perséfone vio mi mirada llena de sorpresa mezclada con ese sentimiento de posesión porque parpadeó varias veces y su hermoso y pequeño rostro se sonrojó de una forma más deliciosa.
– Qué…¿Qué pasa? ¿Hice algo malo?
– No, solo…solo…
¿Qué podía decir? Los sentimientos mezclados, todos esos deseos en mi interior en discordia que amenazaban con explotar ¿Qué me pasaba? Después de tantos eones sin esperar nada, sin anhelar algo, todos esos sentimientos surgieron de una sola vez. yo que era un dios sin sentimientos, estaba sintiendo y eso me aterraba. ¿Debía escapar? Quería escapar, quería ir a mi castillo y esconderme, deseaba tanto poder guardar esos sentimientos porque si sentía, alguien se daría cuenta y luego me quitarían aquello que me hacía sentir.
La mano cálida de aquella diosa me hizo sobresaltar, yo, que cuando me convertí en el dios de los muertos perdí toda la calidez de alguien vivo, sentí la calidez recorrer mi cuerpo, mi corazón frío se calentó y las lágrimas querían bajar y eso me aterró. Parpadeé para evitar que las lágrimas bajaran y me dejaran en ridículo. Quería alejarme, pero a la vez seguir sintiendo esa calidez. Deseaba tanto escapar de lo que ella me estaba haciendo sentir, pero a la vez deseaba y ansiaba tanto poder quedarme para seguir sintiendo algo que nunca sentí.
– ¿Estás bien? Te ves un poco pálido.
Quería bufar por la ironía, yo ya era alguien pálido naturalmente y que la diosa me dijera que estaba pálido hacía que quisiera reír.
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– ¡Aides, Aides! Mira lo que traje.
Tan solo la miraba con una sonrisa, desde aquella vez Perséfone venía a mi lugar constantemente, no me tenía miedo, no me tenía respeto tampoco, me trataba como si fuera un amigo, tocaba mi mano, mi brazo, se reía con palabras que para mí no eran graciosas, pero ella si se reía con mucha gracia. Yo podría haberme ido tan fácilmente, tan solo adentrarme un poco más en mi territorio, tan solo evitando que ella se acerque a mí, pero no quise. Su luz, su risa, su compañía me hacían bien.
La verdad es que disfrutaba su compañía y no quería alejarme, me hacía reír, llenaba la parte de mi territorio con vida, al menos por unos cuantos minutos. Desde esa conversación descubrimos que Perséfone daba vida a cosas muertas, cuando tocaba un árbol, este florecía y cuando dejaba de tocarlo, solo se mantenía vivo por un par de minutos. Aquello fue una verdadera sorpresa, una sorpresa alegre, porque en medio de tanta muerte, ver un atisbo de vida era refrescante. Miré a la pequeña diosa que en poco tiempo se había metido muy dentro de mi interior, esa pequeña deidad parecida a una ninfa por su belleza etérea me mostraba con sus palmas abiertas una pequeña flor rosada con tanta felicidad como si tuviera entre sus manos un gran tesoro.
– ¿No es precioso? Las encontré cerca del límite entre ambos territorios. Es una señal de que muchas cosas buenas pasan, señal de buen augurio.
– ¿Crees en esas cosas?
– ¿Tú no? Aunque no sea verdad, ¿No es bonito tener la esperanza de que algo bueno pasará?
– ¿Y si luego terminas decepcionada?
– ¿Y si al todo valió la pena?
– Yo solo confío en lo racional.
– A veces es bueno tener un poco de fe en algo que no es racional, así la vida es más divertida ¿No lo crees?
Me quedé mirando a esa diosa fijamente, ¿Esperanza? Eso era algo que nunca sentí, no me atrevía a albergar ese tipo de sentimientos, no me lo podía permitir, era un dios que fue rechazado y condenado, antes y después de salir del estómago de mi padre. Esa palabra no era algo que yo pudiera tener en mi vida ¿Ahora me atrevería a abrirle la puerta a esa sensación? No estaba seguro, tal vez si lo hacía poco a poco, no haría daño ¿Verdad?