Lumus se quitó la túnica, era muy pesada y cada vez que caminaba podía sentir el borde rozando el suelo irregular, prefería no traerla puesta.
Su vara de roble estaba firmemente sujeta en sus manos. Había pasado un tiempo desde la última vez que la usó, su trabajo como investigador lo tenía encerrado en una habitación con carpetas y archivos, pero aún recordaba cómo manejarla.
El cabello rojo le cubrió los ojos, cada dos minutos tenía que acomodarlo y al hacerlo por quinta vez. Se detuvo.
Había viento.
Giró la mirada, siguió la corriente y gracias a sus ojos que veían dentro de la oscuridad. Logró detenerse antes de caer por un precipicio. Lo que vio en ese sitio fue un agujero con forma de cilindro, en la superficie había varios huecos que funcionaban como túneles y en la parte de abajo, un espíritu de largo cabello blanco, sentado sobre las rocas y mirando hacia arriba.
El espíritu en el calabozo no mintió, porque el resto de la cámara tenía la forma residual de un inmenso lagarto.
La diferencia entre un espíritu guardián y un espíritu maestro. Era que, mientras un espíritu guardián podía pasar de su forma humana a su forma de bestia. Los espíritus maestros vivían atrapados en la segunda. Para eso, la forma de bestia debía crearse, solidificarse y construirse de la nada.
Era un proceso desconocido y fascinante.
Lumus usó su magia muy lentamente para bajar hasta la plataforma donde estaba el espíritu puro. Tuvo mucho cuidado de no ser visto, sin embargo, desde el preciso momento en que él y sus compañeros entraron a la cueva. El espíritu guardián ya lo sabía.
– Eres apreciado por los espíritus – le dijo y Lumus se detuvo – para haber llegado aquí. Me disculpo, estoy un poco ocupado en este momento, ¿te molestaría volver en un par de horas?, una vez mi transformación esté completa, podré atenderte.
El tono fue amable, respetuoso y cargado de empatía. Lumus lo sintió y su pecho se contrajo.
– No estoy aquí para hablar – su voz, cargada de magia, rebotó en las rocas.
La figura del dragón rugió. Dos brasas se encendieron, eran sus ojos, a diferencia del espíritu puro, la criatura que se estaba formando no tenía tanta paciencia y sus escamas reflejaban un resplandor débil.
– Entiendo – dijo el espíritu puro – por desgracia, no puedo atenderte ahora.
– Lágrimas – dijo Lumus – podemos convertirlas en armas, en plantas, también podemos atraparlos, ustedes nos lo permiten porque no se defienden, pero no nos ayudan.
– Pensé – dijo el espíritu puro – que no estabas aquí para hablar.
Lumus se sintió molesto.
A lo largo de los años, su amigo Edrein no fue el único que murió. Hubo muchos, todos ellos muertos a manos de los espíritus corruptos y la culpa de todo la tenían los espíritus puros, por enviarlos a pelear una guerra que no era suya, que jamás lo fue.
– Dame tu fuerza, si de verdad sientes empatía y vergüenza, dame tu poder para que pueda hacerme cargo de ellos.
Lo pensó por un largo tiempo, ¿para qué presenciar la transformación de un espíritu guardián si no era para tomar su poder y volverse más fuerte?
El dragón ladeó la cabeza, observándolo como quien mira a un niño testarudo y el espíritu puro suspiró – lo lamento. No puedo.
– No te disculpes – reclamó Lumus con rabia – no te disculpes – repitió y lo atacó. Todos sus compañeros, hechiceros, magos y caballeros que habían muerto por culpa de esa guerra que nunca debió ser suya. Los espíritus debían ser capaces de recoger su propia basura. Si lo hicieran, sus amigos seguirían vivos.
La figura residual del dragón reaccionó, Lumus golpeó la base de la vara contra una roca y desplegó un círculo de fuego que lanzó contra el espíritu, pero fue el dragón quien lo interceptó y desplegó hacia las paredes.
– Comprendo el origen de tu rabia – dijo el espíritu puro – tus sentimientos arden por justicia mezclada con venganza.
– Cállate – gritó Lumus y siguió atacándolo.
Las paredes retumbaron, el grupo de exploración sintió que algo había pasado e intentaron hallar el origen. Mientras, Lumus siguió desplegando su magia. Por cada hechizo, el dragón lo interceptaba y conforme seguía haciéndolo, su cuerpo físico ganaba fuerza y se volvía más sólido.
Al mismo tiempo, el espíritu hablaba.
– No somos responsables de las decisiones de nuestros hermanos, pero en su nombre, te pido perdón por las pérdidas que has sufrido.
– No las llames así – reclamó Lumus – no tienes idea, juro que sufrirás por cada vida humana que fue sacrificada.
Un relámpago de fuego verde brotó de la vara y chocó contra el pecho del dragón. El impacto hizo que el eco retumbara como una explosión, levantando polvo y pequeñas piedras del techo. El dragón retrocedió un paso, su piel se endureció y miró al espíritu puro.
Él bajó la mirada – tienes un gran fuego en tu interior y un espíritu ya te eligió como su albacea. No tengo derecho a hacerte daño.
– Deja de hablar así – insistió Lumus.
Otro hechizo, esta vez un rayo de hielo, salió disparado, congelando parte de las escamas del dragón. Este, con un movimiento rápido, giró el cuello y exhaló una bocanada de fuego, no para quemarlo, sino para derretir el hielo y dispersar el ataque.
Lumus lo notó, no era tan ciego como para no entenderlo – ¿por qué no me atacas? – preguntó, jadenado mientras lanzaba una cadena de proyectiles de luz.
El dragón levantó un ala como escudo, soportando el impacto que iluminó la caverna – porque no deseo tu muerte – respondió el espíritu puro. Por su pelea Lumus no lo había notado, pero mientras el dragón se volvía más sólido, el espíritu se convertía en una imagen delgada y traslucida – al contrario – siguió – admiro tu amor y dedicación hacia aquellos que dejaron huella en tu vida. Por ti, no están muertos. Viven en tus recuerdos y será así por un largo tiempo.
Lumus enfureció – ¡dices que no están muertos!, tú y todos los espíritus deberían morir. Puros o corruptos. Ya no me importa – habló con furia y alzó ambas manos, liberando una oleada de energía que hizo temblar el suelo. Rocas se desprendieron del techo, algunas chocando contra el lomo del dragón, otras estallando contra el suelo.
El dragón se agachó, protegiendo su cuerpo y en segundos, la forma humana del espíritu desapareció. Solo quedó el dragón que miró sus manos y avanzó despacio hacia Lumus.
El último hechizo drenó su magia por completo, se volvió incapaz de soportar su propia magia y salió despedido contra una de las paredes. Al caer, quedó tendido sobre el suelo con el cuerpo cubierto de sangre y varios huesos rotos.
El dragón se acercó – admiro tu valor – le dijo – y la fuerza que has tenido para cambiar el orden establecido.
Lumus no lo comprendió.
– Apresuraste mi transformación y te adelantaste al héroe elegido por el espíritu rey del cielo, que debía llegar en tres días. Esto hará enfurecer a ese anciano – habló el dragón – espero, que tu corazón cambie, por el bien de este mundo ya que no puedo esperar a otro héroe – levantó su pata y golpeó el suelo.
El primer golpe hizo temblar las cuevas, el segundo produjo un estallido, el tercero fue sordo y al final, el dragón extendió sus alas tanto como la cueva se lo permitió y miró desde arriba.
Una vez el polvo se apartó, quedó claro que el dragón había golpeado alrededor de Lumus y lo dejó a él intacto. El dragón lo miró con una mezcla de tristeza y compasión – vivirás lo suficiente para entender el motivo de nuestra existencia. Cuando eso pase, lo que suceda. Será tu decisión – voló y se alejó.
Lumus permaneció recostado, sin poder moverse debido a las fracturas y con lágrimas en los ojos – ¿por qué…?
El movimiento de un terremoto hizo que la roca se inclinara y él cayera la distancia de cinco metros hacia un cuerpo de agua.
El equipo de exploración encontró el cuerpo de Lumus doce horas después, sus heridas se habían curado y las fracturas desaparecieron, su magia también se había fortalecido después de caer en la sangre derramada por el espíritu maestro durante su ascenso y fue llevado de vuelta a la torre.
Para esa fecha, el rey Vladimir de Lacorde estaba en la entrada de la torre de magia con una petición. Reclutar hechiceros para llevarlos a la guerra.
Lumus miró por la ventana, era de noche y las luces de la ciudad iluminaban la tierra como antes las estrellas alumbraban la noche.
En su celular tenía la notificación de un ciclón tropical acercándose por la costa.
– La guerra en el bosque sombrío será pronto – dijo en voz alta, aunque las medidas de tiempo le parecieron divertidas, porque esa guerra ocurrió quinientos años en el pasado.
Con un largo suspiro, Lumus levantó la mirada y regresó a su escritorio.
– ¿Aún la recuerdas? – le preguntó al otro hombre en la habitación.
FIN