Alicia en el país de la penumbra Parte1

1746 Words
En lo profundo del bosque sombrío, donde reina la oscuridad. Una criatura en su dominio hará tus deseos, realidad. Más debo advertirte, si escuchas su voz encantada Rehúye su presencia y corre, sin perder la calma. Porque su oferta es una trampa y su promesa es engañosa. No hay ganancia en su trato, solo derrota ansiosa. Recuerda estas palabras y aleja tu anhelo. O en sus manos, perderás el cielo. Las risas ocupaban todo el espacio y el olor de la comida era cálido y dulce. Afuera la luz del sol era muy brillante, parecía que los días soleados no existían, solo esa inmensa luz que se proyectaba desde el horizonte. – Yo comenzaré – dijo la voz de un chico y de pronto, la luz se fue y nació la oscuridad. Estaban alrededor de una fogata que chispeaba y todos, sin excepción, esperaban escuchar la fantástica historia. Había un hombre cuyo corazón ardía con un deseo tan grande que ni el tiempo ni el cansancio podían apagarlo. Noche tras noche lo acariciaba como si fuese un fuego secreto, y al amanecer lo escondía bajo la rutina de sus días. Pero en su pecho, el anhelo crecía con la fuerza de un río que desborda sus orillas. Un anciano del pueblo, entre murmullos, le habló del bosque sombrío donde las ramas se enredaban como costillas de un monstruo dormido. Decían que en lo más profundo de ese bosque vivía una bruja antigua capaz de conceder cualquier deseo. – Pero ten cuidado – advirtió el anciano – pues sus dones son cadenas disfrazadas de alas. El hombre, enceguecido por su anhelo, no escuchó la advertencia. Esperó la noche de luna llena y se internó en el bosque. La penumbra se pegaba a su piel como barro húmedo, y los árboles parecían susurrar su nombre en un idioma desconocido. Caminó horas enteras hasta encontrar una choza torcida, con el techo cubierto de musgo y las ventanas iluminadas por un fuego enfermo. Frente a la puerta, un cuervo lo observaba con ojos de carbón. Al abrirse la madera podrida, apareció ella: la bruja. Era fea como una pesadilla infantil. Su piel estaba surcada de arrugas profundas y de su nariz ganchuda pendían verrugas horrendas. Sus manos eran huesudas, con uñas largas y amarillas, y cada uno de sus dientes parecía un cuchillo astillado. Pero lo más terrible eran sus ojos: pequeños, encendidos como brasas, fijos en él con un hambre que no necesitaba palabras. – Sé lo que buscas – dijo la bruja con voz áspera, como ramas quebrándose – y sé que lo deseas con toda tu alma. Él se estremeció y rogó – concédemelo, haz que mi deseo se cumpla, y no pediré nada más. La bruja sonrió, mostrando encías oscuras. – Todo tiene un precio. – Lo pagaré – respondió el hombre. La bruja inclinó la cabeza, como si saboreara su ingenuidad y habló con esa voz chillante – muy bien. Ven mañana a medianoche al claro del bosque. Tu deseo se cumplirá. Él regresó al pueblo con el corazón ligero. Durante el día soñó despierto, imaginando su vida transformada. No le importó pensar qué precio tendría que pagar; después de todo, ¿qué era el sacrificio comparado con el cumplimiento de su anhelo? Cuando la medianoche lo encontró, volvió al claro. La bruja lo esperaba, erguida bajo un cielo sin estrellas. Le tendió un cuenco lleno de agua oscura como tinta. – Bebe – ordenó. El hombre dudó un instante, pero recordó su deseo y llevó el cuenco a los labios. El líquido estaba amargo y helado. De pronto, sintió un vacío inmenso en el pecho, como si alguien hubiese arrancado de raíz aquello que lo sostenía. Cayó de rodillas, buscando aire, pero lo único que escuchó fue la risa de la bruja. Una risa vieja, torcida, que retumbaba en los árboles como un eco maligno. El chico que contaba la historia se había tirado al suelo para ilustrar esa parte y se tocaba la garganta con las manos, como si hubiera bebido algo que le hizo daño. Entonces se levantó – tu deseo se cumplirá – dijo, imitando la voz de la bruja y ese sonido chillante que lastimaba los oídos – pero no será para ti – agregó y soltó una risa macabra. Todos los chicos que escuchaban la historia en rededor de la fogata gritaron, algunos se burlaron y otros salieron corriendo para no escuchar el resto de la historia. El chico se aclaró la garganta para seguir con su historia – el hombre alzó la vista y comprendió con horror: la bruja había robado su alma. Su cuerpo aún estaba allí, arrodillado, respirando, pero por dentro era un cascarón vacío. Lo último que vio antes de que todo se apagase fue el rostro deformado de la bruja, iluminado por el fulgor de su propia maldad. Dicen los aldeanos que, desde entonces, en las noches sin luna, se escucha un suspiro en el bosque. No es viento, no es animal. Es el eco de un hombre que vendió su esencia por un atajo, y que camina sin rumbo, hueco, condenado a ser sombra entre los árboles. Y la bruja vieja, fea y verrugosa, sigue esperando al próximo que llegue con un deseo demasiado grande para cargarlo solo. Esa persona… Llegando a ese punto, el chico se acercó a la niña más pequeña dentro del grupo e inesperadamente gritó – podrías ser tú. Ella salió corriendo y el autor de la historia se burló. Se decía que los deseos eran semillas que germinaban con paciencia, sudor y esperanza. Quien buscaba atajos no encontraba la plenitud sino cadenas. Porque las promesas eran trampas fáciles en la que cualquiera podía caer. Sin embargo, esa historia era mentira. Cada palabra. Porque la bruja no era una mujer anciana llena de verrugas. Ese era el deseo de todos los padres, que los monstruos se vean como monstruos, porque así es más fácil identificarlos. Pero en el mundo real la apariencia física era independiente de la interna. La bruja del bosque no estaba cubierta de verrugas y su voz no era chillante ni lastimaba los oídos, ella era una mujer común, y no eligió ocupar esa posición, fue obligada a ello. Porque siempre habría personas con deseos oscuros. Y siempre habría monstruos. – Alicia – la llamó una niña pequeña – hermana, ¿no vendrás a casa? ¡Casa! La palabra se sintió extraña y cargada de un significado que no podía describir. Al final de la fogata estaba su madre, su padre y sus hermanas. Sus rostros eran extraños, porque después de tanto tiempo, Alicia ya no los recordaba y no podía decir sí realmente eran su familia, o solo personas extrañas. Y verlos ahí, era la explicación que necesitaba para entender lo que sucedía y dónde estaba. – Estoy muerta – sonrió. No como la primera vez en que hubo dolor, frío y oscuridad. Antes de ser resucitada. En esa ocasión estaba realmente muerta. – Alicia, ¿qué esperas? – preguntó su madre. La mujer que la vendió con la bruja a cambio de un hijo varón. Era difícil dejar ir ese dolor. Alicia se levantó y caminó hacia la fogata, el fuego crispaba y cambiaba de color, pero no emitía calor. No lo hizo incluso después de que Alicia extendiera su mano y tomara las flamas, porque no era ese tipo de fuego. Nadie se sorprendió, todos siguieron sonriendo, comiendo y hablando sobre la bruja del bosque. – Alicia, ¿no vendrás? – insistió su hermana. No hacía falta responder, porque esa casa se había perdido en el paso de los siglos y su familia, no era esa. Del otro lado, un conejo blanco con el pelaje muy brillante, se asomó, la miró y volvió a meterse entre los arbustos. – Iker – repitió Alicia y se alejó de la fogata, de los chicos que contaban historias, de su familia, y se internó en el bosque. De la penumbra surgieron árboles tan altos, que sus copas parecían tocar el suelo y sus ramas se torcían como brazos. De las raíces emergieron pequeños hongos brillantes que iluminaban el camino. Era extraño que fuera el suelo y no el cielo, el responsable de la luz que la estaba guiando y al final del camino. El conejo blanco. –Iker – volvió a llamarlo. Un viento extraño soplaba entre las ramas produciendo un murmullo que sonaba a voces lejanas, Alicia siguió corriendo y se golpeó varias veces con las ramas, entre más corría, más atención prestaba a esas voces y de pronto, se detuvo. Los murmullos entre las hojas eran los deseos que las personas pedían al bosque sombrío. Deseos egoístas, vengativos y crueles. “Señora, por favor, escuche mi ruego, necesito un hijo. Te lo suplico, ayúdame, tiene que ser un niño o moriré y mis hijas estarán solas” Ese fue el deseo de su madre, el deseo por el cual la dejaron olvidada en el bosque sombrío. Tocó una hoja diferente y escuchó el deseo atrapado entre sus ramificaciones, después pasó la mano por una rama y las voces, al ser escuchadas al mismo tiempo, se confundieron entre ellas. Apartó su mano. Al final del camino estaba el conejo blanco. Detenido y esperando por ella. Alicia siguió corriendo. Pronto, perdió el sentido del tiempo, ya no sabía cuánto había corrido o por cuántas horas lo había hecho y sin importar cuán rápido o lento avanzara, el conejo siempre estaba a la misma distancia, jamás se acercaba, tampoco se alejaba, era como si el conejo avanzara a la misma velocidad que ella. Alicia extendió los brazos para convertirlos en alas, pero eso no pasó, el resto de su cuerpo tampoco se transformó, todos los poderes que tenía en vida habían desaparecido y solo le quedaba caminar. El conejo también bajó la velocidad y avanzó despacio, pero en todo momento se mantuvo a la misma distancia. Alicia lo entendió, ese era su infierno, caminar por siempre en un sendero luminoso rodeada de los deseos del bosque sombrío. Nunca alcanzaría lo que buscaba, nunca dejaría de caminar y detrás de ella, nada quedaba. Esa sería su vida, por el resto de la eternidad. Del otro lado del bosque, Osvald pisó la tierra de un bosque muy profundo con luces que venían del suelo, más adelante una niña pequeña bloqueaba la luz más intensa. – No eres ella – dijo Osvald y dio la vuelta, entrando en la oscuridad.
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