Istia estaba muy molesta. Esperó a que Vasto despertara y después de cuatro días, él abrió los ojos y se incorporó.
Vasto tenía lágrimas en los ojos – ¿por qué?, ¿por qué sucedió eso?
Istia suspiró y acarició la mejilla de Vasto – lo que viste fue el río de guerra. Las acciones que se consideran demasiado agresivas y sinsentido se almacenan en ese río y este transita bajo los pilares para recordarnos que esa parte de la historia no debe repetirse.
Vasto lloraba – no entiendo, ¿no puedes evitarlo?
Istia se sintió un poco triste – no es así como funciona. El guardián de la historia, la estudia, analiza y determina consejos para que un destino nefasto no vuelva a repetirse, después les informa a los espíritus reyes, pero…, las guerras han sucedido y seguirán sucediendo. El mismo estudio de la historia te lo dice. No importa que carezca de justificación, la humanidad seguirá yendo a la guerra.
En el rostro de Vasto se notó un profundo dolor – si pudieras mostrarles, si les enseñas los desastres de la guerra…
Istia lo abrazó – eres un espíritu de trueno y perdiste la consciencia por cuatro días después de tocar esa agua, dime, ¿qué crees que le pasaría a un humano?
La respuesta era muy obvia, esa persona moriría.
Istia se separó un poco para poder ver su rostro – hoy has visto algo que no debías. Recuérdalo: la guerra existe y siempre existirá. Nosotros no somos soldados, ni reyes, ni héroes. Somos guardianes. No estamos aquí para cambiar el curso del mundo, sino para documentarlo.
Vasto la miró, con el rostro marcado por un dolor que parecía demasiado grande para su aparente juventud. Pero finalmente asintió, mordiéndose la lengua para no llorar más.
Istia guardó silencio un momento, y entonces lo tomó del brazo, llevándolo lejos de aquel lugar.
Sumia se sintió un poco culpable. No demasiado, internamente pensó que todo era culpa de Istia por no elegirla como guardiana y tras llegar a esa conclusión, siguió su camino.
Istia volvió a su pilar favorito y le mostró a Vasto las cosas buenas que traía la guerra. Después de la caída de un tirano, las personas que no tenían pan ni abrigo, recibían semillas para sembrar y la oportunidad de rehacer sus vidas.
Istia eligió ese momento a propósito, porque la guerra tuvo sentido y creó un mundo mejor. Pero en el río de la guerra había muchos capítulos que no tenían justificación y que trajeron consigo desolación y muerte.
Tarde o temprano, tendría que mostrarle esa parte de la historia.
Istia puso una mano sobre el hombro de Vasto – cada pilar es un recuerdo, con el tiempo, aprenderás a valorarlos.
Vasto asintió, y por primera vez entendió que el peso de aquel conocimiento no era una carga, sino una responsabilidad sagrada.
Tiempo después, Vasto encontró otro manantial, mucho más delgado que el río de la guerra y con agua transparente. Movido por la curiosidad tocó el agua levemente y la sintió fría.
Era el manantial de los susurros y lo que escuchó fueron deseos, secretos y misterios dichos tan rápidamente que era imposible atrapar alguno, como peces que pasaban por el agua a una velocidad abrumadora.
Los años siguieron pasando. Esa última misión entregada por el espíritu rey de la vida, era muy compleja y tomaría un largo tiempo enseñarle a Vasto la inmensidad de la historia.
Pero Istia estaba siendo inesperadamente paciente. Sabía que Vasto estaba cerca de estar listo para custodiar la historia por sí mismo, pero también sabía que la verdadera prueba del guardián no era el conocimiento, sino la prudencia y la integridad frente a la tentación.
Un día Istia preparó el pilar de la música y activó docenas de llamas que golpearon el pilar en diferentes puntos para invocar las obras maestras de músicos a lo largo de la historia. Istia amaba ese momento.
– Cada uno de estos músicos nació, creció y vivió en una época y en un país diferente – dijo, al mirar a Vasto – ¿sabes lo que esto significa? – sonrió – que somos los únicos que pueden escuchar este sonido. Ven.
Vasto tomó su mano y bailó con ella.
Aquel día, las cuevas parecían más brillantes que nunca. La luz que proyectaba el pilar con cada nota se filtraba por el aire como si las notas cobraran vida e iluminaban los otros pilares. Vasto era torpe y su estatura era muy baja, comparada con la de Istia, pero ella sonreía tanto, que era imposible no sentirse feliz.
Ese momento se convirtió en un ritual. Una vez al mes, en cada luna llena. Istia encendía el pilar de la música y enseñaba a Vasto a bailar, ella creía que, con eso, lograría crear la conexión que necesitaba entre su aprendiz y la historia.
Pero secretamente, disfrutaba mucho de ese momento y olvidó cuál era su misión.
Vasto siguió estudiando la historia, conociendo miles de relatos, aprendiendo sobre los cursos de acción de los seres humanos y también de los espíritus. Poco a poco, empezó a distinguir patrones: la forma en que los errores conducían a lecciones, cómo los secretos oscuros se entrelazaban con actos de bondad, y cómo incluso la sombra más temible podía enseñar algo sobre la humanidad. Cada paso que daba entre los grabados lo hacía sentir más conectado con la historia, aunque más consciente de su fragilidad como aprendiz.
– Entiendo – susurró.
Sumia, detrás suyo, bufó – ¿entiendes?, ¡vaya broma!, ¿qué vas a entender? – anunció con los brazos cruzados.
Vasto giró la cabeza y dijo – entiendo que no te agrado.
Sumia borró su sonrisa y lo miró con disgusto, después dio la vuelta y siguió haciendo su trabajo.
Poco después, Vasto sintió un profundo dolor en el estómago que subió hacia su pecho y lo hizo sentir enfermo. Istia almacenaba los nuevos relatos en los pilares correspondientes y al verlo, sonrió.
– No te he visto desde la mañana, te has vuelto muy trabajador.
– Yo, no me siento bien – dijo Vasto, con voz débil.
Istia se preocupó, lo cargó y lo llevó al nido que le había preparado, hizo lo mismo la última vez que él se sintió enfermo y sabía que estar en ese lugar, acurrucado, le devolvería la fuerza – está bien, tranquilo – habló con voz suave.
Vasto se quedó dormido y pronto, Istia también durmió. Estaba cansada y sentía que el descanso sería bueno para su cuerpo.
A la mañana siguiente un brazo pesado cubría su cintura y un aroma extraño se filtraba por el aire. Istia abrió los ojos muy lentamente, pero estaba tan cansada que no pudo mover su cuerpo. Miró con detenimiento, vislumbró formas extrañas, se talló los ojos sintiendo de nuevo ese brazo que la aprisionaba y de pronto.
Gritó.
Vasto abrió los ojos, vio a Istia parada junto al nido y se levantó, pero al hacerlo notó algo extraño – maestra, ¡hoy se ve muy pequeña!
No había forma fácil de decirlo – ascendiste – soltó Istia.
Los espíritus menores tenían formas infantiles, así se distinguían del resto.
Los espíritus mayores tenían forma de adolescentes o adultos jóvenes.
Los espíritus guardianes podían alternar entre formas humanas y formas de bestia.
Los espíritus maestros perdían su forma humana y se quedaban con la forma de bestia.
Y los espíritus reyes eran los únicos espíritus con formas adultas.
Vasto no pudo creerlo, había ascendido, ya no era un espíritu menor ni un niño pequeño volando entre los pilares, ahora era tan alto que superaba la estatura de Istia y sin pensarlo demasiado. La abrazó.
Istia fue tomada por sorpresa, no era lo que esperaba, aunque sabía que su aprendiz debía ascender tarde o temprano, la emoción la sobrecogió y de pronto, abandonó su forma humana y se transformó en un ave de plumaje rojo que voló por el aire.
– ¡Maestra! – la llamó Vasto.
No huía. Solo ejecutaba una retirada estratégica para ordenar sus ideas. Definitivamente, no estaba huyendo.
Al llegar al borde del manantial de los susurros, se agachó sobre el suelo, tenía las mejillas ligeramente enrojecidas, lo que era normal debido al impacto. Pronto, debía recuperar su compostura y volver a ser la maestra. Porque algún día Vasto tomaría su lugar y ella abandonaría el mundo espiritual para reencarnar siendo una humana.
*****
Tras diez largos años desde el momento en que envió su petición, Vitalis, el espíritu rey de la vida, cuyos dominios abarcaban la esencia de la existencia y la chispa que sostenía a todos los seres, había venido a visitar. Sus ojos centelleaban con curiosidad y entusiasmo al notar la actividad en los pilares.
– Istia – llamó Vitalis con una voz tranquila – veo que elegiste a un aprendiz.
Istia se inclinó levemente, mostrando respeto hacia el espíritu rey.
– Lo hice, no fue sencillo, pero encontré un aprendiz muy inteligente y hábil. Ha aprendido a leer los pilares, a escuchar los ríos, a ordenar los relatos y también es muy perceptivo.
Vitalis observó a Vasto mientras él ordenaba los nuevos relatos, se veía muy dedicado a su trabajo y eso llamó su atención – es una excelente noticia y me alegra mucho que hayas encontrado a la persona correcta para sucederte – le sonrió.
Istia se veía muy orgullosa de su pequeño aprendiz.
Sumia, que permanecía a un lado observando con su mirada atenta, se adelantó un paso. Vitalis la miró con curiosidad.
– Dime, Sumia – preguntó – ¿qué opinas de este joven? ¿Qué potencial tiene?
Sumia miró a Istia de reojo antes de responder – es bueno, muy bueno de hecho. Vasto tiene talento, juicio y respeto por la historia… todo lo que un guardián necesita. Pero… – vaciló y bajó la mirada – pienso que aún es muy joven. No hace mucho encontró el río de la guerra y del impacto se desmayó.
– Eso fue hace años – intervino Istia – se recuperó. Vasto tiene una conexión con la historia, la siente, y desde luego, también la sufre. Si quisiera un sucesor sin empatía lo habría buscado – miró directamente a Sumia – lo que la historia necesita es alguien que pueda entenderla.
Vitalis se quedó en silencio, observó a Vasto, a los pilares de la historia y después, a Istia, la actual guardiana y a su asistente – pienso que ambas tienen un punto. La habilidad no lo es todo, la experiencia también importa. Cada espíritu tiene su camino y ya que estoy aquí, considero que es el momento perfecto.
– ¿El momento perfecto para qué? – preguntó Istia.
– Para ponerlo a prueba. Me llevaré a tu aprendiz y determinaré si está listo o no.
Vasto notó la reunión y bajó de prisa para verlo – ¿maestra?
Istia se apartó – Vasto, él es el espíritu rey de la vida. Es él quien decidirá si estás listo para custodiar la historia.
Vasto tragó saliva y se inclinó – es un honor, siento no haber bajado antes.
– Descuida – sonrió Vitalis con suavidad – me da gusto que haya sido de esa forma, pude ver lo dedicado que eres a tu misión. Sobre ponerte a prueba, tendrá que esperar – giró la mirada hacia Istia – hay una reunión inesperada, tienes que venir conmigo al consejo.
Istia asintió – Sumia, estarás a cargo hasta que regrese. Confío en que harás lo que te corresponde y no te desviarás de tus tareas.
– No se preocupe, maestra – sonrió Sumia.
Vitalis e Istia dejaron las cuevas para ir a la reunión de los espíritus reyes y mientras, Sumia quedó a cargo y giró levemente para ver a Vasto.
Su sonrisa se volvió burlona – hay una misión que tengo pendiente y que no he podido completar, ¿me ayudarías?
Vasto asintió, pero preguntó – ¿en qué parte?
– Lo sabrás pronto – respondió Sumia y voló hacia la zona prohibida.