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La doncella y el pirata

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Blurb

Un secuestro. Una mentira. Una atracción peligrosa.

Liv se hace pasar por la princesa para salvar a su única amiga. Después de todo, no tiene nada que perder. Pero en el medio del mar, en un barco de piratas, encontrará más problemas de los que había esperado: la amenaza constante de la muerte, las malas intenciones de los hombres y un sentimiento desconocido.

Tiene que escapar antes de que descubran la mentira: ella no es la princesa. ¿Podrá hacerlo? ¿O quedará atrapada en algo más peligroso?

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La orden del rey
–Esta noche intentarán secuestrar a la princesa.      Liv despegó la mirada del suelo y la alzó, desorientada. Nunca había mirado al rey a los ojos. Nunca había hablado con él. Una criada que se atrevía a abrir la boca en su presencia era, potencialmente, un c*****r. Por eso había sentido escalofríos cuando un mensajero le advirtió que el rey quería verla enseguida.      Pero sus palabras la obligaron a olvidar que estaba frente al rey y, por un momento, lo miró a los ojos. Abrió la boca, sorprendida, e incluso respondió.      –¿Qué?      Estaban solos en la biblioteca del castillo, por lo que solo pudo buscar explicaciones en los ojos impasibles del monarca. Lo miró a través del polvo que flotaba entre los rayos de luz. El sol se colaba por los ventanales e iluminaba también el rostro tenso y barbudo. El padre de la princesa. El padre de la única amiga que Liv tenía en el mundo.      –El reino de Arren quiere presionar pero sin comenzar otra guerra –dijo, evidentemente disgustado. Liv sabía que debía bajar los ojos, pero en cuanto lo recordaba, volvía a olvidarlo–. Secuestrarán a la princesa. Si no pueden hacerlo hoy, lo intentarán mañana.      –¿Ella lo sabe? –preguntó, en otra falta de respeto que desconcertó al rey. Pero Liv no tenía tiempo para preocuparse por sí misma.      –No, ni lo sabrá –dijo él, y carraspeó. Miró alrededor como si quisiera asegurarse de que no había nadie escuchando y volvió hacia ella unos ojos helados. La observó sin culpa, sin empatía, sin ninguna señal de que la reconociera como humana–. Quiero que te hagas pasar por ella.      Liv lo miró, sin decir nada, procesando lentamente lo que acababa de escuchar. Miró a su alrededor, sin darse cuenta, mientras pensaba. Repitió en eco las palabras del rey. Miró la aldea, empequeñecida del otro lado de los ventanales. Por último, miró su vestido gastado y sucio.      –¿Yo? –preguntó, y no alzó los ojos otra vez. Esperó a que el rey se explicara, aun si ya casi había entendido todo. Esperó porque no sabía qué más hacer, qué decir o cómo sentirse.      –Eres su doncella. La conoces bien y, sobre todo, son parecidas. No hay otra mujer pelirroja en este castillo. No, probablemente no la hay en toda la aldea –dijo, con un tono cada vez más frío. No le estaba pidiendo un favor–. Proteger a la princesa es uno de tus trabajos.      Liv asintió lentamente, de forma automática. Entendía que no había opciones. No le estaba ofreciendo una elección; era la orden de un rey. Pero, además… Pensó en Amira y entornó los ojos, porque la simple idea de que pudiera sucederle algo la lastimaba. ¿Cuántos años llevaba trabajando para ella? Casi toda una vida. No solo estaba acostumbrada a sacrificarse, sino que la princesa era probablemente la única persona en el mundo por la que valía la pena arriesgarlo todo.      Amira tenía una familia. Tenía un futuro y de su vida dependía el futuro de todo un reino. Liv no tenía nada.      –Está bien –murmuró, aun si el rey no necesitaba su respuesta.      Miró fijamente el suelo mientras él pasaba a su lado y se alejaba hacia la puerta.      –Ve a su habitación –dijo, antes de irse–. Haré que lo preparen todo.      Mientras ella asentía, el sonido de la puerta llenó el silencio y estremeció las volutas de polvo. A Liv no le gustaban los reyes. Odiaba que trataran a los demás como si fueran piezas de un tablero. Odiaba sentir que no alcanzaba el estatus de ser humano cuando debía agachar la cabeza y permanecer muda. Pero nada de eso importaba (su propia vida no importaba) si Amira estaba en peligro.       Miró la aldea una vez más, por si acaso era la última vez que la veía, y se dirigió a la habitación de la princesa. Ella no estaba. Probablemente alguien se estuviera encargando de distraerla.      Poco tiempo después, golpearon la puerta. Entraron cinco mujeres que, paso a paso, la transformaron en otra persona. La lavaron, primero, sin decir una palabra. Liv probó el jabón por primera vez en su vida. Miró maravillada todo su cuerpo lleno de espumas antes de que la obligaran a enjuagarlo. Su piel quedó más suave y limpia de lo que había estado jamás.      Luego la vistieron. Apretaron el corsé hasta lastimarla, la rodearon con telas extrañas y finalmente le colocaron el vestido más lujoso que Liv hubiera usado jamás, blanco ribeteado con celeste. La doncella no pudo evitar imaginarse cómo luciría su propia sangre sobre ese vestido. Mientras la peinaban, desechó el pensamiento.      Cuando terminaron, ya había caído el sol. Las mujeres se despidieron y la dejaron sola, sin más explicaciones. Liv miró la puerta cerrada, se ahogó en el silencio. ¿Debía esperar sola, en la penumbra, hasta que la secuestraran?      ¿Y luego qué? ¿La matarían? Tal vez esa fuera su última noche. Miró por la ventana, se sentó sobre el colchón. Deseó poder despedirse de Amira; ese fue su único arrepentimiento. No dejaba nada atrás. Sus padres habían muerto cuando era una niña: se habían asesinado entre los dos, frente a ella. La habían dejado quedarse en el castillo como doncella, pero no la había adoptado nadie. No había vuelto a tener familia. Solo una amiga, una única amiga en el mundo, y si moría para protegerla… Bueno, entonces no había desperdiciado su vida por completo.      Se sumergió en recuerdos y reflexiones y sintió que la tristeza invadía el cuarto junto con la luz de la luna. Pero entonces entró algo más. Llegaron los primeros sonidos. Liv alzó los ojos, vio una sombra en la ventana y su corazón se desbocó.      No quería que la lastimaran y, de todos modos, no pensaba resistirse, así que se recostó rápidamente y fingió dormir. Tal vez no fuera una puesta en escena muy creíble, porque llevaba el vestido puesto, pero en la penumbra y con las prisas, tal vez, sus secuestradores no se dieran cuenta.      Sintió más ruidos en la ventana, escuchó algo que no era el viento. Unos pies silenciosos se posaron con delicadeza sobre el piso de la habitación. Pero, aun así, hicieron ruido. El cuerpo entró en el cuarto, solo. No había una multitud de bandidos, como había imaginado, sino un hombre. Un solo hombre.      No poder ver duplicaba su miedo. Por un instante, además, no escuchó nada. El silencio y la ceguera estuvieron a punto de volverla loca y su corazón amenazó con hacerse oír. ¿Y si abría los ojos? ¿Y si espiaba al menos un instante…? Luchó contra el temor y mantuvo su rostro impasible, como si en verdad durmiera.      Entonces volvió a escuchar los pasos. Lentos y tranquilos. Seguros. Como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si la observara. Date prisa, pensó, molesta. No es tan difícil secuestrar a una princesa que está durmiendo. Pero la habitación volvió a quedarse muda. No escuchó nada, pero intuyó una sombra que bloqueaba la luz de la luna. Supo que alguien la observaba.      El pánico creció hasta asfixiarla, pero luchó por mantenerse inmóvil. Las palmas de sus manos comenzaban a sudar y temió que su corazón se volviera audible en el silencio. Le pareció escuchar algo, de pronto. Como un siseo. ¿Una risa?      –Abre los ojos, princesa –dijo una voz de hombre. Una voz firme, confiada, demasiado tranquila–. Sé que no estás durmiendo.      Liv sintió que sus manos comenzaban a temblar. No quería resistirse, pero si abría los ojos tendría que fingir que se resistía. Tendría que gritar, pelear con él, y todo eso solo podía terminar con ella herida o muerta.      Entonces sintió algo frío rozando su garganta. El beso inconfundible del metal. Abrió los ojos, sobresaltada, imaginando que algo le cortaba el cuello de un momento a otro. Vio el filo del puñal sobre el que brillaba la luna, miró la mano que lo sostenía y luego el cuerpo que se inclinaba ligeramente sobre ella.      Un hombre joven la observaba. Sus ojos brillaban con seguridad y el fantasma de una sonrisa tranquila. Y el reflejo perfilado de la luna. Liv lo observó, tan concentrada en su miedo que casi no reparó en que era el hombre más apuesto que había visto en su vida. Casi.      –Tienes que venir conmigo –dijo él, en un susurro, estudiándola con el rostro ladeado–. Sin gritar. Si gritas…      –No lo haré –dijo ella, mientras su corazón seguía galopando en su pecho.      Él solo la observó, sorprendido, y no dijo nada más. Sonrió. Miró la punta del cuchillo, la deslizó despacio por su cuello pero no la apartó de la piel de la garganta. Se inclinó, la sujetó de la cintura y la forzó a incorporarse. Con suavidad. Liv perdió el equilibrio y se sujetó de su camisa, temiendo caer sobre el filo que seguía rozando su cuello.      Se quedó muy quieta, mientras él aun sujetaba su cintura con un brazo firme. Después de unos segundos, alzó los ojos muy despacio. Encontró una mirada que reflejaba de perfil el brillo de la luna y que la miraba con la misma intensidad. Ya no sonreía.      Liv no pudo evitarlo.      –¿Me matarás? –preguntó, sintiendo, por algún motivo, menos miedo. Solo quería saberlo. Quería estar preparada para morir.      El hombre la miró durante un rato y la doncella temió que sospechara. Sería normal. Liv no se parecía en nada a una princesa. Pero él no sospechó. Empujó la daga con una mano ágil y la obligó a alzar un poco más el rostro. Se acercó, la observó con una expresión fría que parecía perfectamente capaz de asesinarla.      –No… –dijo, en un susurro tan cercano que Liv sintió su respiración. Vio en sus ojos el fantasma de una sonrisa fría, fue un poco más consciente de la mano que encerraba cálidamente su cintura–. Mientras no hagas nada estúpido.  

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