Iván se estremeció de dolor (y algo más) cuando la calidez de sus dedos tocó su herida. Separó los labios, inconscientemente. Se sentía al borde de un precipicio. Había un incendio, debajo, y no podría volver a subir si se caía.
Pero la suavidad de sus dedos se movía por la piel sensible de sus labios, demasiado cerca de la lengua, demasiado…
–¿Qué haces, princesa? –dijo, con voz ronca. Más que preguntar, advertía.
–¿Cómo te lo hiciste? –preguntó, con los ojos entornados.
Su mirada lo desorientó. Había demasiados sentimientos en esa mirada para dos personas que no se conocían. Había dolor. Una empatía que parecía consolarlo. Iván se tensó, alerta. Pero su cuerpo se negó a escuchar la voz que lo impelía a incorporarse.
–No todos crecemos con una vida cómoda y feliz.
Los ojos de la princesa lo miraron con tanta intensidad como si quisieran atravesarlo.
–Mi vida no fue ni cómoda ni feliz –susurró.
Iván esbozó la mitad de una sonrisa.
–Tienes razón –dijo, con un dejo irónico–. Es muy difícil ser una princesa.
–No sabes nada de mí –murmuró, con un dolor frío que lo desconcertó. La sonrisa se marchitó en sus labios mientras la estudiaba.
–No importa cuán mala sea tu vida –dijo–, no hay forma de que entiendas la mía. Vienes de un mundo diferente.
–Tienes razón –dijo, copiando su ironía–. Las razones de un pirata son difíciles de entender. La codicia es muy complicada para una muchacha como yo.
Iván sintió que todo el calor de su cuerpo se enfriaba. Tomó la mano que aún rozaba sus labios y la hundió despacio en el colchón. Se acercó a su rostro.
–No te pases, princesa.
Sus ojos, esta vez, no mostraron miedo. Ella sostuvo su mirada con una valentía que le provocó emociones muy contrarias. No le gustaba que lo desafiaran y, sin embargo, la frialdad enfadada de su rostro…
No quería incorporarse. Quería dejarse caer sobre su cuerpo, apretarse contra ella, tocarla y… Controló sus deseos mientras su respiración volvía a acelerarse y, con una mirada fría, se apartó.
Se sentó sobre el colchón, recogió las cartas que se habían desparramado. La observó de reojo. Continuaba tendida, con las rodillas flexionadas para dejarle lugar.
–Terminemos la partida.
Le tendió una mano. La joven la observó por un instante y luego lo miró a los ojos. Asintió. Aceptó su mano.
Observó el reflejo de la luna diseminado entre las olas del mar. Apoyó los brazos en la borda, intentó divisar algo más que agua en la penumbra. ¿Cuántos reinos había alrededor del océano? ¿Cuántas personas, cuántas vidas distintas?
No había vida más libre que la del pirata y, aun así, Iván se sentía encerrado. Encerrado en el barco, encerrado bajo las órdenes de su padre, encerrado en lo que se esperaba que hiciera. Encerrado, también, en sí mismo. En todo lo que no decía y no mostraba.
–Es mi turno de hacer guardia –dijo Ralf, de mala gana, acercándose hacia él.
Iván no lo miró. No se movió ni dejó de observar el reflejo de la luna.
–No hace falta –dijo, sin ganas de pelear–. No puedo dormir, así que ve a acostarte.
–No puedo, es mi turno de hacer guardia.
Iván exhaló un suspiro y se giró a mirar al contramaestre.
–¿Quieres que hagamos guardia juntos? –preguntó, con una sonrisa irónica que se ensanchó cuando el hombre de mediana edad soltó un gruñido.
Ralf apoyó la espalda en la borda, mirando hacia el lado contrario.
–Deja de fingir que eres el marinero perfecto –murmuró, con el tono de desprecio que solo enseñaba cuando estaban a solas.
Iván resopló, volvió a mirar el océano.
–A tu lado, Ralf, cualquiera es el marinero perfecto.
El hombre volvió a resoplar.
–Eres teniente por tu padre, no te has ganado nada.
Iván dejó escapar una risa amarga.
–¿Eso crees? –preguntó, alzando las cejas–. A mí me parece que es al revés. El capitán me odia más de lo que los odia a ustedes.
Hubo un silencio breve entre los dos. El viento azotó las velas y removió sus cabellos. Comenzaba a hacer frío y, aun así, Iván apenas lo sentía.
–¿El capitán… sabe? –preguntó, con una sonrisa de desdén.
–¿Qué cosa?
–Que pasas tiempo en el camarote de la princesa.
Iván frunció el ceño y giró el rostro hacia la sonrisa torcida, desagradable.
–¿Por qué estás tan interesado en mí? –preguntó, con una mueca de repugnancia, antes de volver a observar el océano–. ¿Te gusto?
–¿No sabe?
–A tu capitán le importa un pepino lo que suceda con la princesa –masculló.
Ralf giró el rostro hacia él.
–¿De verdad? –preguntó, con una sonrisa que Iván se esforzó por ignorar–. ¿Puedo visitarla yo también?
Sus músculos se endurecieron sin que se diera cuenta y sintió un nudo en el estómago que comenzó a incendiarse. Contuvo la rabia, sorprendido de sí mismo, y luchó por mantener los ojos en la luz de la luna.
–Me das asco, Ralf.
El contramaestre se echó a reír.
–Tal vez a ella no le de asco.
Iván sintió que su respiración se calentaba. Apretó la mano en un puño, se esforzó para no golpearlo. Después de todo, eran solamente palabras. Él era el único que podía abrir la puerta, porque había una sola llave. Y al único al que se la prestaba, cuando estaba ocupado, era a Fiogo. El muchacho era incapaz de hacerle daño a nadie.
–¿Y ella sabe?
Iván se giró hacia él, apretó los dientes.
–¿Qué cosa? –preguntó, irritado.
Ralf lo observó. Sus ojos brillaban con malicia.
–A dónde vamos. Por qué. Y qué le harán los arrénicos cuando lleguemos a tierra.
–Es una princesa –masculló–. Nadie le hará nada, a menos que quieran iniciar una guerra.
Ralf sonrió. Alzó las cejas, se apartó de la borda.
–¿Piensas eso de verdad? –preguntó, colocando las manos en los bolsillos–. ¿O lo dices para sentirte menos culpable?
Iván apretó más los puños. Abrió la boca para responder, pero Ralf se alejó justo antes de que la bomba que había plantado estallara. Se fue con una sonrisa. Iván lo siguió con los ojos, con una mueca de desprecio. Y se esforzó por no pensar en sus palabras.