Habían transcurrido numerosos meses desde que me convertí en la sumisa de Max, más de seis para ser exactos. Durante ese tiempo, me había acostumbrado a su presencia constante. Era casi una rutina que se repetía tres veces a la semana, sin que pareciera importarle nada más. En algunas ocasiones, lo veía menos debido a que pasaba la mayor parte del tiempo con su primo Mateo. Aun así, lo único que verdaderamente me importaba era que Diego, mi hermano, había logrado recuperarse por completo. Ahora era un niño sano y feliz, a punto de celebrar su tercer cumpleaños. Cumplí dieciocho años, alcanzando la mayoría de edad. Como regalo de cumpleaños, él me obsequió un viaje a París, planificado para fin de año debido a sus compromisos comerciales. Sin embargo, ni siquiera esa perspectiva me emocio

