Estábamos en la morgue cubriendo el horario nocturnos, todos se habían ido, excepto por él, el mejor de nuestra generación, el más guapo y sensato, y tenía la dicha de llamarlo mi esposo. Éramos una familia feliz, cumpliendo con las obligaciones diarias que teníamos como adultos.
—¿Me pasas el bisturí? —me preguntó interrumpiéndome de mis pensamientos.
—Claro, cielo —se lo pasé sin quitarle los ojos de encima.
—Gracias —me guiñó el ojo y continuó con lo suyo—. ¿Por qué me miras tanto?
—Te ves muy bien cuando trabajas.
—¿Qué hay del muerto? —bromeó.
—¿Qué quieres que diga?
—Lo que sea. De todas formas este cuerpo esta vacío ya.
—Debió pasarla muy mal cuando murió.
—Asfixia y le quitaron todos los órganos.
—A veces no entiendo cómo podemos trabajar así después de saber sus historias.
—Ya nos acostumbramos. Ven acá —me atrajo hacia él y me besó la frente—. Termino con él y nos vamos a casa.
—Está bien.
No demoró, literalmente le tomó veinte minutos para terminar lo que había empezado. Pero no importaba, cada minuto lo valía.