—Recuérdame por qué estamos aquí —le pregunté mientras me sostenía de su manga.
—No seas miedosa, solo debemos entrar a esa habitación y retirar los armadillos.
—¿Están vivos?
—Claro que no.
—Entonces, ¿para qué lo quieres?
—Dentro de ellos están las partes humanas de un recién nacido.
—¿De un bebé? ¿A qué casa vinimos, Laurent?
—Te lo explicaré todo cuando salgamos de aquí...
—Y si me lo explicas ahora... —lo interrumpí.
—No puedo, sabes que las paredes oyen.
—¿Crees en fantasmas?
—Igual que tú, solo que yo no me asusto.
—Claro, eres hombre, y a ti te pidieron esto.
—Encontraré los armadillos, luego saldremos de aquí y te lo recompensaré.
—¿Nadie viene a esta casa ya?
—No.
Seguimos recorriendo hasta llegar a la habitación que él mencionaba. La puerta se había atascado y tuvo que emplear la fuerza para poder abrirla. Cuando entramos, los armadillos estaban sobre la cómoda.
—Estos son...
—¿Ya podemos irnos?
—Sí, ahora sí somos libres, no te asustes porque yo estoy aquí contigo y nada va a pasar.