Había caído la noche mientras estábamos en la sala tomando chocolate caliente. Me ayudaba a relajarme y a reconciliar el sueño cuando había tormenta. Le tenía miedo a los truenos y él lo sabía por lo que no se despegaba de mí todas las noches.
—¿Te sientes mejor? —me preguntó.
—Sí, un poco. ¿Crees que pare pronto?
—No, pero no te preocupes, estaré contigo.
—¿No tienes trabajo que terminar?
—Puede esperar, además de que, la forma en la que preparas el chocolate caliente es delicioso, nunca he conocido a alguien que lo prepare así.
—Basta.
—Solo digo la verdad...
Un fuerte estruendo en los vidrios de la ventana lo interrumpió. Se levantó en seguida y se colocó en frente mío. Me paré y lo seguí hasta la puerta principal.
—Quédate en el mueble, por favor.
—No —dije—. Quiero ir contigo.
Las ventanas de vidrio de la puerta principal se rompieron. Un ave había logrado entrar, pero murió al instante. Él me la señaló y respiré del alivio. Pero cuando intentamos regresar, más aves intentaron ingresar a la fuerza a nuestra casa. Tuve miedo y él también.