CAPÍTULO 1: EL PRECIO DEL SILENCIO
La mansión de los Thorne ya no olía a hogar. Alguna vez, los pasillos de aquella propiedad señorial habían vibrado con el aroma limpio del cuero, el tabaco de pipa de su padre y el perfume de las flores silvestres que Sariel traía del bosque.
Ahora, el aire estaba viciado, impregnado de una fragancia densa, artificial y médica: una mezcla de hierbas amargas y resina de elfo que su padre, Soren, le obligaba a aplicar sobre su piel cada mañana desde que cumplió los diecisiete años.
Para el servicio y los pocos aliados que se atrevían a cruzar el umbral, aquel ungüento era una medicina para el viejo Beta agonizante. En realidad, era el único escudo, la última mentira que ocultaba el secreto más peligroso de la Ciudadela: Sariel Thorne no olía a nada.
Era una loba Sigma, un vacío absoluto en el mapa olfativo de los depredadores; En un mundo regido por el rastro de la sangre y la dominación jerárquica, ser invisible no era una bendición; era una anomalía que el Imperio castigaba con la muerte.
Sariel estaba de pie en el rincón más oscuro de la habitación, fundida con las sombras de las pesadas cortinas de terciopelo granate. Observaba cómo la vida de su padre se desvanecía, segundo a segundo, en el tic-tac de un reloj de pared que parecía contar sus últimos instantes de libertad, Soren, el guerrero que alguna vez fue puro músculo, cicatrices y valentía, ahora era solo una silueta frágil, casi transparente, bajo las mantas de lino.
De repente, el rugido de un motor de alta cilindrada rompió el silencio del valle, no era un vehículo cualquiera; era el sonido de un depredador de metal acercándose a su presa. Sariel contuvo el aliento, sus dedos apretando la tela de su falda.
Pasos firmes, pesados y rítmicos resonaron en el pasillo con una autoridad que no pedía permiso para existir. Cuando la puerta de la habitación se abrió, el aire pareció succionarse fuera del cuarto.
Aldir Craven entró...
Sariel soltó una exhalación temblorosa, bloqueando de inmediato cualquier muestra de debilidad. Nunca lo había visto en persona, solo en las historias de terror y sumisión que los lobos de la ciudad susurraban en las tabernas de la periferia. Era un hombre imponente, de una belleza ruda, insultante y peligrosa.
Su cabello, color arena y revuelto por el viento frío del exterior, enmarcaba un rostro de facciones afiladas, como talladas en granito por un cincel cruel.
Sus hombros, anchos y enfundados en un abrigo de lana oscura, bloquearon la poca luz que entraba por el umbral, agigantando su figura.
Pero fueron sus ojos lo que la paralizaron: dos pozos de oro líquido, intensos, hambrientos y cargados con la arrogancia implacable de su casta. En el rincón más profundo de su psique, su loba, Siena, se agitó.
No fue un rugido de desafío, ni una bienvenida dócil; fue un movimiento erizado, un descenso de orejas y un gruñido sordo de advertencia que delataba el peligro inminente ante el desconocido. «Poder. Peligro. Alfa», siseó Siena en su mente, tensando los músculos de Sariel.
Aldir se detuvo al pie de la cama... por un breve segundo, la máscara del Alfa implacable pareció trizarse, dejando paso a un hombre que miraba a su mentor con un dolor profundo, contenido y furioso.
—Aldir... —susurró Soren, estirando una mano temblorosa que parecía hecha de papel pergamino.
El Alfa la tomó entre las suyas, eran manos grandes, rudas, cubiertas de cicatrices de batallas fronterizas, pero que sostenían al viejo con una firmeza contenida.
—Aquí estoy, viejo guerrero —la voz de Aldir era una vibración profunda, un barítono oscuro que Sariel sintió directamente en la boca del estómago, alterándole el pulso.
—Promételo... —Soren tosió, y un hilo de sangre espesa manchó la sábana blanca—. Los cazadores de Riverblood están cerca... la encontrarán si no tiene un escudo protégela, Aldir, como yo protegí a tu padre en las Tierras del Norte, como te cuidé a ti y a la pequeña Riggel, no dejes que la destruyan.
Aldir giró la cabeza hacia el rincón oscuro, sus ojos dorados chocaron con los verdes de Sariel. No hubo suavidad en el contacto.
Él la escrutó con una intensidad clínica, dilatando sus fosas nasales, buscando un aroma, una señal de rango, un rastro de sumisión que justificara su presencia allí.
Pero sus sentidos humanos solo encontraron el olor amargo y químico a hierbas elfas, Sariel notó la frustración instantánea en el endurecimiento de la mandíbula de Aldir, para un Alfa de su calibre, acostumbrado a leer a los demás a través de sus feromonas, ella era un insulto a sus capacidades: un libro cerrado con candado de acero.
—Hazla tuya por ley —suplicó Soren con su último aliento, apretando los dedos del Alfa—. Que lleve tu nombre, solo el apellido Craven la mantendrá a salvo de la Inquisición, solo así las otras manadas la respetarán.
Sariel vio cómo la mandíbula de Aldir se tensaba tanto que pareció que sus dientes iban a romperse, era obvio que detestaba la petición.
Un Alfa como él debía estar destinado a una pareja de linaje puro que expandiera su poder, no a una extraña sin olor que venía con una diana pintada en la espalda y un pasado que limpiar.
—Soren, no puedo pedirle a mi manada que acepte a una... —intentó decir Aldir, pero la mano del viejo Beta apretó la suya con una fuerza agónica, la fuerza de los muertos—. Es mi última voluntad, Aldir, nunca te he pedido nada por la deuda de sangre que juraste sobre la tumba de mi casta, por el cariño de este anciano, por favor, cuida de Sariel.
Aldir cerró los ojos y exhaló un suspiro pesado que arrastró consigo toda su resistencia. Cuando los abrió, la tristeza había desaparecido, reemplazada por una aceptación gélida y despiadada.
—Lo haré —declaró. Su voz resonó en las paredes de la habitación como una sentencia de prisión—. Te doy mi palabra de Alfa, bajo la Luna y la Sangre, Sariel Thorne estará bajo mi yugo y mi protección.
Soren sonrió con una paz absoluta y, tras un último esfuerzo, su pecho dejó de moverse. El silencio que siguió fue absoluto.
Sariel sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies, no se lanzó a llorar como una niña desvalida; el dolor la golpeó en forma de una furia gélida. Se acercó a la cama con pasos mecánicos y se arrodilló al lado del cuerpo inerte de su padre, apretando los puños contra el colchón, no hubo lágrimas públicas.
Aldir no intentó tocarla ni consolarla, se quedó de pie, como una estatua de bronce, observando la silueta rígida de la joven con una solemnidad gélida y calculadora.
Después de lo que parecieron minutos eternos, el Alfa sacó su teléfono y marcó un número sin apartar la vista de la nuca de la chica que acababa de quedar bajo su completa responsabilidad.
—Preparen a los abogados en la mansión —ordenó, con la voz dura y fría—. Quiero el acta de matrimonio lista para antes de que caiga el sol.
Sariel Thorne se muda hoy mismo, no dejen rastros de su traslado.
Sariel levantó la cabeza, con los ojos verdes encendidos de un odio contenido y una confusión lacerante la palabra "Bajo mi yugo y protección" sonaba más a cadenas en el cuello que a sentencia en un estrado.
No conocía a ese hombre, pero entendía una cosa: su libertad había muerto con su padre y ahora, era propiedad del Alfa Craven.