Aldir esperaba en la estancia principal de la mansión Thorne, una habitación sumida en la penumbra donde los retratos de los antiguos guerreros de la Ciudadela parecían juzgarlo desde las paredes. Su mente trabajaba a mil por hora, evaluando las repercusiones políticas de arrastrar a una loba sin rango a su propio hogar.
Pero lo que verdaderamente lo estaba desquiciando no eran los abogados ni el Consejo... Era su lobo.
Lucitan estaba inusualmente violento. Caminaba de un lado a otro en su conciencia, arañando las paredes de su mente con una desesperación salvaje.
De pronto, Aldir sintió un escalofrío, se giró con brusquedad, adoptando una postura de defensa instintiva. Sus ojos dorados chocaron con Sariel.
Ella estaba a menos de dos metros de distancia, observándolo en absoluto silencio. El Alfa se tensó, una oleada de alarma recorriendo su espina dorsal, su instinto de depredador alfa siempre le avisaba cuando alguien entraba en su territorio, pero con ella, el aire no se había movido.
No había rastro de feromonas, ni la estática eléctrica que dejaba cualquier licántropo al moverse, era un fantasma.
—Ni siquiera te escuché llegar —admitió él, su voz resonando como un látigo en el salón vacío. Su tono no era de cortesía; era una acusación, era frustración absoluta.
«¡Pero yo sí la huelo!», rugió Lucitan de repente, alzándose en sus cuartos traseros dentro de su mente, olfateando con una ferocidad que descolocó a Aldir.
«Huele a fresas... fresas silvestres, ácidas, recién cortadas bajo el sol de la tarde. Es ella, Aldir, es deliciosa».
La contradicción biológica golpeó a Aldir como un puñetazo, llevado por un impulso puramente animal que su mente racional no pudo frenar, dio un paso violento hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta borrar cualquier distancia de seguridad.
Sariel no retrocedió, sus ojos verdes se dilataron por la sorpresa, pero sus pies se clavaron en el suelo de madera, sosteniéndole la mirada con una altivez que rozaba la insolencia.
Aldir se inclinó sobre ella, aprisionándola con su imponente presencia. Su nariz rozó la curva de la mandíbula de la joven, justo donde el pulso latía con fuerza, buscando desesperadamente lo que su lobo reclamaba con tanta violencia.
Aspiró profundamente, llenando sus pulmones, pero sus sentidos humanos solo percibieron el vacío absoluto y el rastro amargo y químico del ungüento elfo...Nada más.
La frustración lo convirtió en alguien peligroso.
—No hueles a nada —le espetó, su voz baja, áspera, cargada de una molestia genuina. Se separó apenas unos centímetros, mirándola con desprecio—. Eres un espacio en blanco, un error táctico y un suicidio si me acompañas.
Sariel dejó escapar una risa seca, desprovista de cualquier pizca de sumisión. La cercanía forzada de aquel Alfa la había erizado por completo; sentía el calor de su cuerpo como una amenaza física.
—Entiendo perfectamente que la última voluntad de mi padre te resulta un estorbo, Alfa Craven —dijo ella, escupiendo el título con un veneno gélido—. Si te causo tantos problemas, rompe la promesa, déjame aquí.
No necesito tu caridad, ni tus títulos, y mucho menos tu presencia, yo sé cuidarme sola.
Aldir entrecerró los ojos, atrapando su mentón con dos dedos en un agarre rápido y firme que le impidió apartarse.
La fuerza del Alfa era abrumadora, pero Sariel no bajó los ojos; al contrario, Siena arañó la superficie de su mente, deseando morder los dedos que la aprisionaban.
—Soren te registró como una Omega en los censos de la Ciudadela para salvarte la vida —comentó él, su voz descendiendo a un susurro peligroso—. Pero una Omega ya habría doblado las rodillas ante mí.
Una Omega no me miraría con intenciones de arrancarme la garganta, eres una Sigma, los mitos de la capital dicen que no tienen lealtad a ninguna manada.
—Pues claro que no la tenemos —replicó ella, forzando su cabeza hacia atrás para liberarse de su agarre, aunque Aldir solo soltó el mentón cuando quiso—. Las manadas nos consideran una aberración, nos exterminan en cuanto nacemos, o antes de que podamos dar nuestro primer aullido. ¿Por qué le tendría lealtad a un sistema que me quiere muerta?, porque le tendría lealtad a los Alfas cobardes que se ocultan detrás de sus garras solo porque no pueden explicar aquello que no entienden...
Aldir guardó silencio, la audacia de la chica golpeando su orgullo, sabía que los Cazadores de Riverblood y la Inquisición Imperial veían en los Sigma una amenaza directa a la jerarquía del Emperador Alfa.
Si un lobo no respondía a la Voz de Mando, el Imperio perdía el control.
—En mi territorio no perseguimos sombras, pero tampoco toleramos la insubordinación —sentenció Aldir, dándole la espalda para romper el extraño magnetismo que Lucitan seguía reclamando—. Los inspectores de la capital vendrán a verificar el deceso de tu padre en cuestión de horas, tu madre no era un secreto para nadie y tú estás en la lupa.
Si te encuentran aquí, estás muerta, y mi manada caerá contigo por complicidad, así que vas a moverte.
—Sé perfectamente quién es el Emperador y el tipo de idiotas que tiene bajo su mando —soltó Sariel, caminando hacia las escaleras sin mirarlo—. No necesito que me recuerdes el peligro.
Aldir se giró, sorprendido por la ligereza con la que insultaba a la máxima autoridad del continente. No era solo una loba desprotegida; era una bomba de tiempo con falda negra.
—Recoge lo estrictamente necesario —ordenó él, recuperando su tono de mando implacable—. Te espero en el auto. Si tardas más de diez minutos, te arrastraré yo mismo.
Mientras Sariel subía las escaleras, Aldir caminó hacia su todoterreno n***o, un vehículo blindado que parecía una bestia agazapada en la entrada.
Se sentó frente al volante y golpeó el tablero con el puño, tratando de acallar a Lucitan, que seguía arañándole el pecho exigiendo el aroma a fresas que su cuerpo humano no podía percibir.
Estaba furioso, detestaba no tener el control total de sus sentidos, y detestaba aún más el hecho de que la mirada desafiante de esa Sigma se hubiera quedado grabada a fuego bajo sus párpados.
Arriba, en su habitación, Sariel metía un par de libros viejos de botánica y ropa esencial en una maleta de cuero gastada. Sus manos temblaban ligeramente, no de miedo, sino de la rabia acumulada.
A través de la ventana, observó la silueta de Aldir junto al auto, se veía como una torre de fuerza implacable, un captor que olía a acero y sándalo, un aroma que, para su propio horror, se estaba adhiriendo a su memoria como una marca de advertencia.
—No vamos a doblarnos, Siena —susurró para sí misma, ajustando la correa de su maleta—. Si ese Alfa cree que me he convertido en su mascota, se va a sangrar los dedos.
Bajó las escaleras con paso firme, cerró la puerta de la mansión Thorne por última vez y caminó hacia el todoterreno.
Al subir al asiento del copiloto, el silencio que cayó entre ellos fue denso, pesado y cargado de una hostilidad eléctrica.
Ninguno miró al otro mientras el vehículo avanzaba hacia los límites de la Ciudadela, pero la guerra entre el Poseedor y la Territorial ya había comenzado.