El pasillo de la torre este se había transformado en una extensión del frío de la capital. Everett Drake no había venido solo a investigar; había tomado control del ala residencial, apostando a dos de sus centinelas imperiales en las esquinas de los corredores.
Hombres de uniforme gris, con el emblema de la Inquisición en plata reluciendo bajo las antorchas. Eran sabuesos entrenados para registrar anomalías, y en ese momento, su atención estaba fija en la pareja que avanzaba hacia ellos.
Aldir caminaba con una rigidez que rozaba lo militar; Su mandíbula estaba tensa, fija en un gesto estoico e imperturbable.
Llevar a Sariel del brazo no era un acto de orgullo, sino una carga impuesta por la memoria de Soren, una promesa de lealtad que ahora le exigía meter a una loba indómita y desconocida en su propio espacio vital.
La presencia de Sariel era una complicación logística y política que amenazaba el orden de su manada, y la frustración se le marcaba en la dureza de sus pasos.
Sariel, por su parte, caminaba con la espalda recta, obligándose a tolerar la cercanía del Alfa. Su territorialismo no se manifestaba en sumisión, sino en una obstinación silenciosa, pero cada centímetro de su piel rechazaba la pesadez del aroma a sándalo que Aldir le había impuesto en el tocador para camuflarla.
Para ella, Aldir representaba la tiranía del sistema que siempre había evitado, y verse obligada a depender de su protección era un golpe directo a su naturaleza indomable.
Al acercarse a la primera avanzada , uno de los guardias dio un paso al frente, interrumpiendo el paso de manera sutil pero firme. El aire se llenó de la violenta ráfaga de feromonas que Aldir había transferido a la clavícula de Sariel; un rastro espeso, fresco, que el centinela olfateó con una fijeza analítica.
—Alfa Craven —dijo el guardia, con voz monocorde—. El inquisidor Drake ha ordenado que este sector quede sellado hasta el amanecer, ningún m*****o de la manada debe circular.
Aldir se detuvo en seco, sin bajar la cabeza ni un solo milímetro, su imponente presencia física y su rango dominante se impusieron en el pasillo como un muro de piedra.
Su respuesta no llevó ira, sino la autoridad implacable de un gobernante terco que no pensaba ceder terreno en su propio territorio.
—Mi mujer y yo nos dirigimos a nuestros aposentos, soldado —respondió Aldir, su voz resonando en un barítono seco y cortante—. Las órdenes de Drake se aplican a los perímetros exteriores, no a mi puerta... Retírese ahora...
El guardia no se movió de inmediato, sus ojos recorrieron el cuello de Sariel, buscando el menor indicio de rechazo biológico al aroma del Alfa.
Sariel sostuvo la mirada del centinela con una fijeza gélida, casi hostil, su respuesta no fue un ruego de protección hacia Aldir, sino el despliegue de su propio orgullo territorial.
—Si la Inquisición necesita contar las horas que paso con mi compañero para sus informes, hágalo desde el patio —soltó Sariel, con una calma afilada que descolocó al guardia—. No tengo intenciones de pasar la noche siendo examinada por los sirvientes del Imperio.
El centinela, detectando la altivez y la densa marca olfativa que sellaba la farsa de la Omega reclamada, retrocedió un paso y golpeó sus botas en un saludo marcial.
—Mis disculpas, Luna Thorne, por favor continúen.
—Luna Craven— corrigió de inmediato el Alfa...
Aldir avanzó de inmediato, sin mirar atrás y llegaron a la pesada puerta de roble de la alcoba principal.
Él giró el pomo de bronce, empujó la hoja y esperó a que Sariel cruzara antes de entrar él mismo, el cerrojo de hierro encajó con un golpe seco, definitivo, aislando el interior del cuarto del resto de la fortaleza.
La penumbra de la habitación era densa, apenas rota por la claridad de la luna que entraba por el ventanal. En el instante en que el pestillo cayó, la máscara pública de la pareja se desmoronó, dejando al descubierto la cruda frustración que ambos compartían.
Sariel se apartó de él de inmediato, buscando el extremo opuesto de la habitación, cerca de la chimenea apagada. Se pasó la mano por el cuello con brusquedad, intentando deshacerse de la sensación pastosa del ungüento y del rastro biológico de Aldir que aún le dictaba los sentidos, su obstinación vibraba en el aire.
—Esto es insoportable —dijo ella en un susurro cortante, encarándolo desde las sombras—. Tus guardias, tus leyes, sus malditos centinelas en mi puerta.
No soy una pieza de tu manada para que me exhibas de esta manera ante el Imperio, Craven.
Aldir se despojó de la pesada chaqueta del uniforme de gala con movimientos calculados y estoicos, dejándola sobre el respaldo de una silla. Se quedó en camisa blanca, con los primeros botones abiertos, revelando la tensión acumulada en sus hombros.
Su mirada dorada, obstinada y fría, se clavó en ella sin una pizca de la fascinación anterior; era la mirada de un líder lidiando con un problema crítico.
—¿Crees que yo quería esto, Sariel? —replicó él, avanzando dos pasos con una parsimonia dominante—. Eres una complicación que mi manada no necesitaba en este momento.
Sostener esta mentira frente a Drake me cuesta recursos, tiempo y el riesgo de que el imperio queme esta Ciudadela si descubren lo que eres.
Le debo la vida a Soren, y por eso estás viva dentro de estas paredes, pero no me pidas que pretenda que esta situación es de mi agrado.
—Entonces déjame ir —desafió ella, cruzando los brazos, su loba Siena tensando cada músculo de su cuerpo—. No te pedí que pagaras ninguna deuda.
Si soy una amenaza para tu orden, abre esa puerta y déjame resolver mi destino afuera, no necesito que un Alfa terco decida cómo debo sobrevivir.
Aldir acortó la distancia con una lentitud peligrosa, deteniéndose a solo un paso de ella, su fragancia natural a acero y sándalo volvió a chocar contra la resistencia de Sariel.
Su dominio no buscaba seducirla, sino imponer la realidad de la crisis que compartían.
—No vas a ir a ningún lado —sentenció él, su voz baja, dura y desprovista de emoción—. Si sales por esa puerta, Drake te ejecutará en el patio, y la memoria de tu padre quedará manchada por la traición y jamás permitiría eso.
Eres mi responsabilidad por decreto, te guste o no. Y a partir de esta noche, vas a tolerar mi aroma, vas a tolerar este cuarto y vas a actuar como la Luna que el Norte necesita ver, porque la alternativa es la muerte para ambos, actuaras como una Omega enamorada, así se te retuerzan los órganos por dentro y meterás toda esa terquedad Sigma en lo más recóndito de tu alma, si lo que quieres es seguir respirando.
Sariel levantó la barbilla, sosteniendo la mirada dorada con el fuego verde de sus propios ojos. La hostilidad entre ellos era una barrera física; dos voluntades dominantes y obstinadas atrapadas en una farsa que ninguno deseaba, pero que la supervivencia les obligaba a firmar con sangre.
Detrás de la puerta, los centinelas se disponían a escuchar en el silencio, mientras dentro, la presión de tener que compartir el mismo espacio durante las próximas semanas se convertía en una guerra de desgaste psicológico absoluta.