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Demonios de diamante

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Demonios de diamante cuenta la historia sobre Gemma, quien relata como fue que lo perdió todo transformándose en un ser poderoso al que todos concideran un peligro, pero lo cierto es, que sólo tiene un corazón herido y defiende su libertad para evitar caer ante sus enemigos, quienes la asecharan, pelearan por asesinarla o, intentaran reclutarla en sus ejércitos con el fin de robar una piedra que pertenece al reino celestial, el mas fuerte de todos después del infierno, la misma que es protegida por Surat, el guardián del corazón del todo poderoso, pero, ángeles y demonios jamas podrán estar juntos y felices, deberán elegir entre luchar por salvar el corazón del gran supremo o, caer en lo prohibido...

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Capítulo 1 Destruida.
Hace unos años fui alguien común, tuve una familia, una vida, seres amados por los que hubiese dado la misma, pero hoy, en el presente, estaba sola, tratando de entender por qué fue asi, como fue que un día lo perdí todo para convertirme en esto, asi es, ni humano ni vampiro, ni ángel ni demonio, no pertenezco a ninguna legión o secta, solo soy…, un alma en pena con vida muerta, no podría definirme de mejor manera, no la abría, mejor conocida como “la ninfa de la oscuridad”, o al menos asi me han llamado mis enemigos…  Octubre 21, 2016, el último día de mi vida que fui feliz, era el cumpleaños de mi hermana Sonia, 26 años para ser exactos, mamá y mis hermanos le organizábamos una fiesta, me encontraba en la cocina con mi madre, preparábamos su comida favorita, lasaña de res con tocino, aun puedo recordar la sonrisa de mi madre, tan blanca y perfecta, sus ojos aceitunados y su piel blanca, su cabello ligeramente blanco a causa de la edad con mechones rubios, reíamos mientras preparábamos el horno para el pastel que yo haría, mi rostro jamás aprecio tanto una sonrisa como la de ese día junto a toda mi familia. Papá llegaría junto con Óscar, mi hermano mayor, su esposa e hijos se encontraban adornando la sala y el comedor para recibir a la familia, Rosemary era la menor de los cuatro, con tan solo 21 años nos dio la noticia que se iría a vivir a Nueva York, donde estudiaría la carrera de diseñadora de modas,  y yo, en ese entonces tenía 24 años, hoy, ya no sabía qué edad tenia, si fuesen en años, sería una mujer de más de cincuenta, pero mi apariencia seguía igual a la de ese entonces, joven. Mis recuerdos fueron interrumpidos por un ruido extraño, mire al cielo mientras la luna brillaba como todas las noches, unas gacelas revoloteaban en lo alto muy por encima de mí, las vi pasar mientras se alejaron, desaparecieron no muy lejos, para la vista humana sería imposible poder verlas como yo las veía, mi vista era tres veces mejor que la de un águila, mi olfato mejor que el de un tiburón, y mis oídos más desarrollados que los de un murciélago, era poco probable que alguien me tomara desprevenida, al parecer nadie del inframundo poseía las mismas cualidades a pesar de ser tan poderosos y fuertes como yo, quizá esa era la razón por la cual me cazaban, querían que me uniera a uno de ellos, ya fuese vampiros, ángeles caídos, demonios, gárgolas, lo que fuera, creían que yo era un buen elemento para su legión, o por lo contrario, una amenaza, razón por la cual intentaban asesinarme, pero para su mala suerte, mi inmortalidad se había fortalecido después de quitarme la vida en varias ocasiones, si, intente suicidarme al no poder llevar esta vida dolosa y trágica, pero cada vez que lo intentaba, mis poderes incrementaban y mi fuerza también, era asi como seguía con vida, sin en cambio la sonrisa de hace un par de décadas se había desvanecido y nada, absolutamente nada, podía devolvérmela. El silencio me nublo de nuevo, el aire estaba congelado, pero no podía sentirlo, lo sé porque los pocos charcos de agua en el concreto se mantenían sólidos y blanquizcos como de costumbre, solo sé que el viento soplaba fuerte volando mis cabellos negros y largos, mientras sentía como me golpeaba la cara mire a mi alrededor, nuevamente me encontraba en la cima de aquella torre abandonada en medio de la nada, era la más alta y vieja de todas, a kilómetros de distancia podía ver las luces de las ciudades, tanto tiempo había pasado, los humanos seguían viviendo en la modernidad y la tecnología más avanzada, yo ignoraba de que se trataba, hace años que no paseaba entre los mortales, era mejor mantenerme lejos, oculta, solitaria como siempre. Solía venir a esta torre de vez en cuando, era el lugar más cercano a mi antigua vida, no podía acercarme más a ellos, sé que no podría ser bien recibida. Habían rumores entre los mortales sobre la presencia de seres sobrenaturales que vivían entre ellos, ocultos tras un rostro muy humano, pero con poderes que nadie explicaba, y asi era, los vampiros fueron los primeros en ser descubiertos por eso del año 2030, cazaron a unos cuantos cuanto la secta secreta decidió huir ocultándose entre las tinieblas, los humanos no se atrevían a entrar a esos lugares tan oscuros y solitarios, eran presa fácil para los vástagos, asi que todos los seres sobrenaturales decidieron ocultarse de la humanidad, vivían escondidos entre ellos haciéndose pasar por mundanos o hacerse invisibles para ellos quienes gozaban de tal dicha magia, yo, era una de ellos, y no solo podía ocultarme de los humanos, sino también de mis enemigos, no todos tienen la habilidad de ser invisible para unos y visible para otros, seguro que la pregunta es, ¿Cómo me convertí en esto?, es una historia larga de contar… No había noche que no pensara en mi familia, que no llorara por dentro, porque lágrimas ya no habían en mis ojos, hacía mucho tiempo que no lloraba, solo podía sentir un nudo en la garganta que me quemaba como el hielo, sentada a la orilla de la gran torre mire hacia abajo, podía ver el suelo a 900 metros de distancia, entre la oscuridad de la noche, mire una vez más la luna y después salte al vacío extendiendo mis enormes alas negras que me acompañaban desde entonces, volé por los cielos admirando la belleza de la noche, pues las noches eran más tranquilas, había más paz que en cualquier otro lugar. Miraba el paisaje mientras con la velocidad iba sobrevolando las grandes montañas verdes, pronto las luces de las ciudades desaparecieron tras de mí y una luz poco clara y azul ilumino mi camino, en absoluto silencio aterricé en la cima de una gran montaña donde reposaba la boca de una cueva, mi hogar, por asi decirlo, oculto entre la oscuridad y el bosque, en lo alto de una y extremadamente fría montaña que ni los arcángeles soportaban, era el lugar más seguro para mí, sobrevivir a esas alturas no había sido difícil a excepción de las primeras veces, como la primera vez que morí y no me di cuenta, apenas habían pasado unos años cuando encontré este lugar, el frio era terrible y ni que decir de respirar, creí que moriría y asi fue, pero para mí no fue más que un sueño, cuando desperté el frio se había ido, y podía respirar perfectamente, yo creía haberme quedado dormida por la noche pero realmente había muerto, sin en cambio la inmortalidad me trajo de regreso haciéndome inmune al frio, y fue asi como el frio desapareció para siempre, sinceramente es una de las cosas que no extraño, ¿a quién le gusta tener frio?, sin en cambio mi piel se volvió más pálida, solo por eso me daba cuenta de lo congelada que estaba. Entre a la cueva caminando mientras mis alas desaparecían, hace mucho que había olvidado mi propio rostro, no sabía ni como era desde entonces, el agua no era vital para mí por lo que permanecía lejos de los ríos, asi que el único reflejo posible de mi apariencia estaba ya muy lejos de mí. Era una gran ironía no recordar mi rostro y si recordar el de mis seres amados, porque aun los amaba, sin importar que todos estuviesen muertos. En el fondo de la cueva no había nada más que una choza con una especie de cama que había hecho de las pieles y plumas de aves y animales que encontré ya muertos por ahí, era acogedora, no lo puedo negar, era curioso cómo podía sentir el calor y las texturas pero no el frio, mi ser se había vuelto tan extraño, seguía sin entender cómo es que todo sucedió, aun no terminaba de acostumbrarme a la nueva yo, me faltaba mucho por conocer. Encendí una fogata con las llamas de mis manos, era como concentrar mi propio calor en mis palmas y dejar que se apoderara de lo que estaba frente a su paso, anteriormente era un caos intentando controlar el fuego, pero en pocos años aprendí a manejarlo a mi antojo, era un arma letal para los vampiros, solían perseguirme cuando salía a patrullar en medio del bosque, para ser más exactos la legión de Rúbel, un vampiro matusalén, me perseguía para beber de mi sangre y después asesinarme, pero hasta ahora, había podido esconderme y huir de él, también estaban  los ángeles caídos, guiados por el arcángel Samuel, un anciano aristócrata que me maldecía según por pertenecer a los vástagos del infierno, pero lo cierto es que no lo era, si fuese un vampiro no podría salir a la luz o moriría por no beber sangre humana, y eso no me sucedía, asi que estaba segura de que no era un vampiro, y el molesto Hastían, un vampiro sorprendentemente poderoso muy similar a mí, su amor obsesivo era más peligroso que el mismo Rúbel, sin en cambio siempre logre escapar de él. Durante años estuve en busca de una respuesta a lo que me pasaba, a lo que era, pero ninguna de las referencias sobre vampiros, híbridos, ángeles, demonios, ninfas o gárgolas me dio la respuesta, simplemente, era todo y nada, poseía poderes únicos, poderes que solo tenían los vampiros, poderes que solo tenían los demonios, o los ángeles, asi el resto de los clanes, yo era como la mezcla de todos ellos, eso era lo inexplicable, ¿qué demonios era yo? Sin pensar en nada más me recosté en la cama, si asi podía llamarse, mire lo que bien podría ser el techo desfigurado y brillante de aquella cueva húmeda y fría, el silencio me invadió mientras retome mis recuerdos… Recordé que ese día fue grandioso, el pastel estaba listo y terminaba de adornarlo, puse unas cerezas en el centro junto con unas fresas frescas, rocíe un poco de canela en polvo para darle color a la textura blanca clavando como último paso la velita azul, ese era su color favorito, Jennifer me tiro la falda, era mi sobrina mayor, voltee a ver su hermosa carita, me dijo mientras abrazaba fuerte al gato n***o de mamá. __Tía Gemma, ¿ya llego mi tía Sonia? Lucia tan emocionada, Jennifer tenía 7 años apenas, era tan bonita, parecía una muñequita de porcelana, había heredado la belleza y anatomía completa de mi madre, tenía los mismo ojos aceitunados, la misma melena rubia, esos labios rosados y carnosos, y ese rostro angelical, le dije que me ayudara con los platos y las cucharitas para repartir el pastel, ella sonrió mientras saboreaba el pastel con la mirada. Llegamos a la sala donde todos nos esperaban, al verme entrar con el pastel aplaudieron emocionados, sobre todo Sonia, había salido un momento a recoger a su marido al aeropuerto, había llegado para festejar su cumpleaños y por supuesto que aproveche su ausencia para adornar el pastel, Rosemary tomo el pastel y lo dejo en medio de la mesa mientras Sonia me abrazaba agradecida, fue la última vez que la abracé, y aun puedo sentir su calor en lo más profundo, aun no quiero dejar ir su esencia, seguía extrañándola como a todos. Cuando me di cuenta ya había amanecido, desperté de un salto mientras el cantar de las aves a lo lejos me despertó, mire al frente, aquellos recuerdos se habían convertido en sueños y lo había sentido tan real, que quise dormir de nuevo, pero no lo logre, asi que me levante y salí volando de la cueva en busca de un mango, asi es, aun podía gozar del sabor de las cosas, asi que de vez en cuando buscaba algo que se me apeteciera a pesar de que podía vivir años sin probar bocado alguno, lo digo porque ya lo había comprobado, y aun no había muerto, sin en cambio no era muy agradable la sensación de hambre, asi que decidí comer después de 5 años, ese fue otro de mis intentos de s******o, pero no funciono. Volé entre las inmensas nubes blancas humedeciéndome el cuerpo, miraba por encima del cielo el lugar perfecto donde reposar, ya conocía muy bien aquellas tierras, asi que solía pasear por ahí muy a menudo, mire el lugar de siempre, comencé a bajar velozmente mientras el frio aire golpeaba mi rostro, las nubes terminaron y mire un paraíso hermoso, me quede un rato quieta admirando el panorama mientras podía ver el redondo planeta a mi alrededor, continúe con mi camino y llegue a tierra firme, camine entre los inmensos árboles frutales escuchando el cantar de las aves, llegue a un árbol de mangos, estaban grandes y amarillos, sacudí las ramas con tan solo mirarlas y cayeron varios de ellos, tome algunos entre mis manos y subí a la cima de un gran árbol, mire el paisaje mientras comenzaba a comer uno de ellos, y después comencé a recordar cómo empezó todo…

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