Cruda realidad.

1276 Words
En la cama de una habitación de hotel, se encontraba recostada Ana. Su cabello alisado, castaño y despeinado, sus ojos manchados de maquillaje y a su lado, desnudo, el desconocido con el que se metió a noche, solo mostraba una cosa, lo complicado de los corazones rotos. Ana creyó que había encontrado al hombre perfecto, su media naranja, como suelen decir. Ella se enamoró perdidamente de uno de sus vecinos, que a su vez era el hijo de los mejores amigos de sus padres, parecía que estaban destinados a estar juntos. Una de las grietas de su corazón, volvió a doler y la joven se despertó de golpe. Miró a su alrededor y lo primero que se encontró fue con la imagen del hombre de la cicatriz plácidamente dormido. —Mierda —masculló la joven. Mientras los recuerdos de su triste ruptura volvían a su mente. «—Ana, la noche que salí con mis amigos, conocí a una persona, una chica, para ser más específico. Me propuso tener un encuentro casual —confesó Eleazar. Se sentía tan mal que ni siquiera podía mantener contacto visual con la joven. —¿Ajá? Y luego qué pasó... —Ana lo incitó a seguir con su relato. Mientras sentía cómo su estómago se revolvía. —Yo te amo, Ana, y hemos sido novios desde tercer año de preparatoria —explicó él, tratando de encontrar las palabras adecuadas. La joven Ana no estaba entendiendo a qué se refería. —¿Qué le respondiste a la chica? —preguntó con un hilo de voz. —Ana, discúlpame. —Eleazar apretó los puños —¿Qué le respondiste a la chica? —volvió a cuestionar, pero las evasiones de su novio le daban la respuesta. —Trato de explicarte cómo sucedieron las cosas. —Eleazar, puedes por favor dejar de excusarte y contestar la pregunta. ¿Qué le respondiste a la chica? —Accedí a estar con ella —soltó. Sus mejillas adquirieron un ligero color rojo, mientras que su respiración fue irregular. Ana, por su parte, entró en estado de shock. —Te juro que jamás volverá a pasar algo como eso. —Al fin, Eleazar hacía contacto visual con Ana. Después de cinco minutos de silencio, la chica parecía reaccionar. —¡Eres un idiota! —escupió con coraje. —Ana, yo solo quiero ser sincero contigo. —¡Pero qué mierda dices! —¡Estoy contándote las cosas! —Perdón, qué desconsiderada soy —lo interrumpió—. Tú, tan bueno contándome como te acostaste con otra tipa ¡Soy una horrible persona! —Sé que cometí un error, pero de verdad estoy arrepentido. Yo quiero una vida a tu lado. —¿¡Qué!? Vete a la mierda. —Entonces, Ana quitó de su dedo anular, el anillo de oro que tenía un zafiro brillante en forma de corazón y se lo aventó en la cara. —¡Tranquilízate! —¡No quiero volver a verte! —ella le gritó. Mientras comenzó a sentir que su sangre hervía de coraje, y salió de ahí». La Ana del presente respiró profundo. Se levantó de la cama, sintiendo su entrepierna algo dolorida. Sus ojos se posaron en el rostro del hombre de la cicatriz, esté seguía dormido, ajeno a todo el caos de su mente. La chica agarró su ropa del suelo y se metió al baño. Se vistió como pudo. En ese momento la espinita de la culpa la invadió. No estaba muy alcoholizada cuando eso pasó, aun así nadie la obligó a nada, sí, quizá lo hizo movida un poco por el despecho, al final ya estaba hecho y no podía regresar el tiempo y arrepentirse. Así que se lavó la cara y salió del baño, el hombre seguía dormido, ella no sabía qué hacer en estos casos, debía hablarle, darle las gracias y despedirse o solo salir de ahí. Ana lo pensó por un minuto y eligió la segunda opción, ni siquiera le dio su nombre, no creía que al hombre le importe mucho las despedidas. No es como si después de eso se volvieran a encontrar. Entonces, salió de la habitación sin hacer ruido. Mientras bajaba las escaleras del hotel, pudo ver varios cuadros adornando las paredes. Revisó su móvil y se encontró con las llamadas perdidas de su ex prometido. Fue hasta la parada y abordó el primer taxi que se cruzó en su camino. Al llegar a su pequeño departamento, pudo poner más atención al teléfono y allí encontró mensajes de su madre, diciéndole que en dos días iría por ella, eran vacaciones. Era obvio que tocaría el tema de su ruptura. Por su parte, seguía sin querer hablar con Eleazar, aunque este, se pusiera muy insistente. Dos días después su madre llegó por ella, en todo el tiempo la señora Mary le pidió a su hija replantearse la situación de su compromiso. —Cometemos errores, nadie es perfecto, solo piensa bien lo que vas a hacer —suplicó la mujer a su hija. La chica estaba confundida, recordó todos los buenos momentos que pasó al lado de Eleazar, los tres años de relación en donde él la trataba como una reina, luego su madre enumeró todas las virtudes de su ex prometido, allí Ana cayó en cuenta que todos merecen una segunda oportunidad. Además, ella también había estado con alguien, no a manera de infidelidad; aun así se metió con otra persona. Ninguna de sus amigas estuvieron de acuerdo, pero al final era su vida, Ana seguiría con su prometido, claro que el tema de la boda se pausó. Las vacaciones terminaron y Ana llegó a la escuela tomada de la mano de Eleazar, sus amigas al verla pusieron mala cara; no obstante, entendía que eso era asunto de ella. Elena jamás se atrevió a preguntarle a Ana sobre el tipo de aquella noche, y Sofía tampoco hizo ningún comentario. —Te amo, nos vemos más tarde —dijo Eleazar cómo despedida. Ana se quedó con sus amigas. —Me alegra que hayan retomado su relación. —Dayana fue la primera en romper el hielo. —Gracias —respondió Ana, no muy convencida. —Bueno, vámonos que se nos hará tarde —dijo Michelle, algo incómoda. Ana asintió con la cabeza, y fue hasta su salón de clases, escuchó la noticia que el señor Benet se había retirado. —Buenos días —saludó la señorita Romero—. Por protocolo, debo presentar al profesor… Ana bajó la mirada y comenzó a leer algo que había escrito en su libreta, mientras oía que ese docente era el suplente del señor Benet, el nuevo profesor entró al aula, y la maestra se retiró. —Buen día, mi nombre es Elton Cardosa, y soy su nuevo profesor… Cuando Ana escuchó esa voz, posó su mirada al frente. “Esto no está pasando”, se repitió a sí misma una y otra vez. Esos ojos, esa voz, ese porte, ¡esa cicatriz! Luego de quince minutos, Ana levantó la mano. El hombre posó su vista en ella y por una milésima de segundo su expresión estoica, pasó a ser una de sorpresa. Claro, que ninguno de sus nuevos alumnos se percató de eso. —¿Apellido? —cuestionó Cardoso. —Leite, profesor —respondió, tratando de mantener la calma. —¿Por qué levantó la mano? —Necesito salir por un momento —explicó, ante la mirada curiosa de sus compañeros. En ese instante sintió como si hubiese vuelto al bachillerato. —Permiso rechazado —dijo él. Se giró al pizarrón y siguió explicando en qué consiste la materia que verían en ese ciclo escolar.
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