Mi nuevo profesor...

1596 Words
La joven olvidó hasta el nombre de sus padres. ¿Cómo podía estar el profesor Cardosa tan tranquilo, mientras que ella sentía que en cualquier momento su corazón iba a salir de su pecho? La chicharra sonó. Ana soltó el aire que tenía retenido en los pulmones. El profesor Cardosa se fue del salón, sin siquiera volver su vista en dirección a ella. —¡Qué viejo tan amargado! —exclamó un chico en el aula. —Qué horrible cicatriz tiene en la mejilla… —comentó otra joven. Ana comenzó a sentir náuseas. De todas las escuelas, de todos los docentes, de todos los hombres de ese centro nocturno, por qué tenía que haberse metido con él. Cuando la maestra Burti entró al salón de clases, pidió permiso para ir al baño. La muchacha caminó por los pasillos de la escuela, tenía veintiún años; pero en ese momento se sentía como una adolescente temerosa. Cuándo al fin llegó al baño se metió deprisa, se encerró en uno de los pequeños cubículos y comenzó a sentir un ataque de ansiedad. Trató de tranquilizarse, tenía que enfrentar el asunto, no podía arrojar sus buenas calificaciones a la basura. Salió del baño y fue a su salón. Pidió permiso a la maestra para entrar y tomó la clase. Cuándo llegó la hora del receso, Ana se levantó rápido de su asiento y enseguida fue a buscar a sus amigas, sabía que ese tipo de cosas no lo podía decir delante de Dayana, así que intentaría encontrar la manera de platicar a solas con Elena. Cuándo al fin llegó hasta donde estaban sus amigas, tomó su teléfono y mandó un mensaje de texto a Elena, el mensaje decía: “Necesito hablar contigo de algo muy urgente”. Elena estaba tan distraída, que no se dio cuenta de que le había llegado un nuevo mensaje de texto a su móvil. El grupo de amigas se puso a platicar de cosas de la escuela. Ana pudo ver a lo lejos como el maestro Cardosa pasaba por el área de las mesas hasta la cooperativa y de manera instintiva la chica bajó la mirada Michelle se dio cuenta de eso y preguntó si todo estaba bien. —Sí, creo que no le di la mejor impresión al nuevo maestro. —Bah, no tienes que preocuparte, dicen que es un sujeto odioso. Solo mírenlo, ni siquiera ha cumplido treinta y ya es docente en una universidad, es lógico que ese puesto lo consiguió a base de palancas. —Así es, es el hijastro del señor Benet —informó Dayana. —Como sea, no te preocupes —animó Elena. Ana asintió con la cabeza. No tenía hambre, ni siquiera le había dado un mordisco a su sándwich, pero sus amigas le dijeron que debía alimentarse. Ana le dio una mordida a su almuerzo y en menos de cinco minutos se levantó, pues tenía unas enormes ganas de vomitar. —¿Consideran qué Ana está embarazada? —preguntó Michelle. —Eso es imposible —se apuró a responder Elena. Las chicas siguieron a Ana hasta el baño. —¿Está todo bien? —preguntó Michelle. —No tienen de qué preocuparse, esto suele suceder cuando estoy en una situación de mucho estrés —Bueno —dijo Dayana. —¿No es cómo un embarazo o si? —cuestionó Michelle. La joven salió del pequeño cubículo y negó con la cabeza. Se fue al lavabo, a enjuagar la cara y acomodar su lacio cabello. En ese momento, Elena revisaba su teléfono móvil y ahí fue que leyó el mensaje que minutos antes le había mandado Ana, la joven volvió su vista a ella. Leite se secaba con un pedazo de papel, sus ojos se posaron en el rostro de su amiga, dándole a entender que no dijera nada del mensaje. Elena se dio cuenta de inmediato. Las chicas volvieron a sus clases. La joven al fin le pudo responder el texto a Ana y le dijo que sí estaba bien, podían verse a la hora de la salida. La muchacha sabía que Eleazar, de seguro, querría pasar la tarde con ella, pero en ese momento, tenía muchas cosas que contarle a su amiga, así que agarró su teléfono y le mandó un mensaje a su prometido: "Hoy estaré muy ocupada, luego te marco". Al terminar las clases, Elena esperó en la entrada de la universidad a la chica. En cuanto la vio, las dos subieron al auto y se fueron con dirección a la casa de Ana. Al llegar, la muchacha se echó a llorar en los brazos de Elena —¿Qué pasa? —cuestionó la chica. —El hombre con el que estuve ese día apareció en la escuela —explicó Ana, con una mueca de pánico. —Wow, ¿eso está muy bien, no? —dijo Elena. Creyendo que se trataba de un nuevo estudiante. —¡No, eso no está bien, eso está mal, muy, muy, mal! —exclamó Ana. —Tranquila, Eleazar no se va a enterar de eso, y si en dado caso lo hace, no tiene nada que reprocharte, ustedes eran exnovios. Él falló, hizo muchas cosas estúpidas. —El hombre con el que estuve aquella noche, no es un nuevo estudiante —informó Ana. Elena tuvo contacto visual con su amiga. »Es el profesor Cardosa. Al escuchar esa noticia abrió los ojos como platos, el tipo era cruel y nada atractivo. —Wow —exclamó Elena sin saber qué más decir. —Esto está muy mal, muy mal —repitió Ana, masajeando su sien. —Mira, no pasa nada, en ese tiempo ni siquiera era profesor o a la mejor sí, aunque no de nuestra escuela. Además, dudo que cuente por ahí lo que pasó entre ustedes. —No, no creo; pero eso no quita que es un maestro. —Bueno, tal vez, él ni siquiera lo recuerda. Ana se encogió de hombros, quizá Elena tenía razón, es decir, la vez que él la vio, parecía indiferente, su mirada era la misma que le dedicaba a todos los jóvenes del salón. —Siento que este ciclo escolar va a ser muy extraño —confesó Ana. —Te estás ahogando en un vaso de agua —dijo Elena. —Tienes razón. —Ana cerró los ojos y trató de entrar en calma. —Ya no veré de la misma forma al profesor Cardosa. Ahora lo veré cómo el enigmático y atractivo hombre que te besuqueó en la entrada de un centro nocturno. —Elena se echó a reír. Ana la miró con el ceño fruncido, solo su amiga podía encontrar gracia en esas circunstancias. »Te imaginas qué divertido será cuando Eleazar y el profesor se encuentren, necesito grabar eso. —Ya basta, esto no es gracioso —se quejó Ana, con ojos vidriosos. —Lo siento, nena. Te estás tomando las cosas muy en serio, ¿de verdad crees que al profesor gruñón le conviene que los demás sepan lo que hubo entre ustedes?, él va a perder más que tú. Ana, no va a decir nada, incluso si se acordara de ti —explicó Elena. Esas palabras hicieron que se tranquilizara un poco. Solo tenía que aparentar que esa noche nunca pasó y ya está. … Al siguiente día de clases, Ana estaba con otra mentalidad. Cuando el profesor Cardosa entró, ella puso todo de sí, para verse tranquila. Incluso se atrevió a levantar la mano y hacer algunas preguntas. Allí es cuando se dio cuenta del porqué le apodaban “el maestro gruñón”. —Señorita, ponga más atención. Sus obvias interrogantes me indican que su comprensión de mi materia es nula. Ana se hizo pequeña en su asiento, arrepentida de haber preguntado. El profesor prosiguió su clase como si nada. Ninguno de sus alumnos se atrevió a cuestionar alguna otra cosa. Cuando el tiempo del profesor Cardosa terminó, Ana se seguía sintiendo como una cucaracha a la cual acababan de pisotear. Uno de sus compañeros tomó su hombro y le dijo: —Es un imbécil. La chica le dedicó una pequeña sonrisa. Lo que restaba de su día, siguió de forma habitual. Ana platicó a su grupo de amigas lo que había pasado con el maestro Cardosa. —¡Es un idiota! —exclamó Michelle—. No te lo tomes personal, con todos es así de odioso. —Hace eso para que no creamos que obtuvo su trabajo por medio de influencias —comentó Dayana, regresando a ver a todos lados, como si mencionar eso fuese algo prohibido. —Si sigue con esa actitud, ya habrá quien le baje esos humos —dijo Michelle, mientras miraba su reflejo en un pequeño espejo de bolsillo. Ana no quiso agregar otro comentario. … Semanas más tarde, el profesor Cardosa comentó que varios de sus alumnos eran unos pazguatos. —Y para quiénes no entiendan esa palabra, significa que tienen un entendimiento muy pobre —aclaró él. Luego comenzó a repartir los cuadernos en dónde la habían entregado la tarea. Ana se sintió fatal por la baja calificación que recibió, su único consuelo era que a todos les fue igual. Al día siguiente, en clase, el profesor Cardosa proyectó la tarea que Ana mandó a su email, como ejemplo de lo que no debían hacer, enumerando uno a uno sus fallos. —Son universitarios, no niños de primaria, no están para semejante negligencia —dijo el profesor a su grupo de alumnos. Ana sintió un nudo en su garganta, sus ojos vidriosos delataron sus ganas de llorar.
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