Uno de los estudiantes levantó la mano.
El profesor Cardosa le dio la palabra.
—No cree que esto es una falta de respeto para mi compañera —dijo Eduardo con voz firme.
—Domini, ¿por qué deduce eso?
—Es solo que la está poniendo en una situación vulnerable…
—¿Mostrar su tarea es una situación vulnerable? —cuestionó Cardosa con burla.
—No, sino la manera en la que lo está haciendo.
—¿Crees qué, en la vida real, los futuros jefes laborales de la señorita Leite no la van a despedir porque ponga su cara de cachorro regañado? —cuestionó Cardosa en tono estricto.
—Yo no dije eso.
—Pues eso parece, la señorita Leite puede llorar las veces que sean necesarias; pero yo siempre voy a exigir excelencia —sentenció el profesor.
El sonrojo en las mejillas de Ana era evidente, las lágrimas luchaban por salir, pero ella no quería llorar, no debía mostrarse débil ante esa situación.
—Entiendo, profesor —dijo el chico apenado.
—Ahora volvamos a la clase, ¿o hay algún otro defensor de la señorita Leite que quiera quitarnos más tiempo?
El grupo negó con la cabeza y el profesor prosiguió con su clase.
Cuándo la chicharra sonó, y Cardosa acomodó sus cosas para salir, Ana giró su cabeza en dirección a Eduardo.
—Gracias —le dijo, con una pequeña sonrisa que no le llegaba a los ojos.
El joven devolvió el gesto, sintiendo pena por la que acababa de padecer la chica.
El profesor se percató de eso; pero fingió no haberlo visto y salió del aula.
Cuando las clases dieron fin, Ana se quedó de ver con sus amigas en la casa de Elena. Allí expuso lo que pasó con el maestro Cardosa.
—Es un amargado —dijo Michelle.
—De seguro su vida es muy triste y por eso trata de desquitarse con nosotros —intuyó Dayana.
—Como sea es un maestro y yo soy una alumna becada —recordó Ana con pesar.
Las chicas volvieron su vista a sus libros y continuaron su estudio.
Ana sentía que la cabeza le iba a estallar, necesitaba aprobar la materia con el profesor Cardosa.
Hubo un momento en el que Dayana se metió al baño, Michelle bajó a traer algo de comer, así que Elena y Ana se quedaron solas.
—¿Crees qué el profesor te recuerde?
—No, y para ser sincera, me alegro de eso, es aterrador, cruel y me da miedo —contó Ana, recordando todos los regaños que le propinó el profesor.
—Eso no dijiste aquella noche…
La chica se aclaró la garganta, ni siquiera tenía ganas de recordar aquella noche, estaba a punto de responder cuando llegó Dayana, así que cambiaron de tema.
Las cosas con Eleazar no iban muy bien, la relación cada vez se volvía más monótona y por si fuera poco, el incidente de cómo el profesor Cardosa exhibió a Ana, llegó a sus oídos, tratando de hacerse el héroe, fue a hablar con el docente.
—Joven, ni siquiera está en mi clase —dijo con fastidio el profesor.
—Lo sé, solo que no me gustan los rumores de que usted se comporta muy cruel con Ana Leite.
—¿Cruel?
—Sí, Ana es mi novia y le pido de la manera más respetuosa que no sea tan…
—¿Tan qué? —preguntó Elton.
—Tan estricto.
Cardosa tosió un poco, reprimiendo así una carcajada.
—Mira jovencito, yo solo estoy impartiendo una clase, si su novia es tan blanda, puede cambiarse de escuela o de planeta, ahora no me haga perder el tiempo —dijo el profesor, girando sobre sus talones, tenía muchas cosas que hacer como para prestar atención al novio de una de sus alumnas.
Al día siguiente, a la hora de receso, Eleazar le contó a Ana la plática que tuvo con su profesor.
—¿Por qué hiciste eso? —quiso saber Ana, con el ceño fruncido.
—Leonel está en tu clase y me contó sobre ese incidente, solo intenté ayudar —declaró Eleazar.
—No hagas eso, no eres mi padre —dijo Ana con fastidio.
Semanas posteriores, las clases con el maestro Cardosa fueron más difíciles de llevar. Cuando el trimestre estaba a punto de terminar, Ana puso su mayor empeño en memorizar toda la información para aprobar el exámen.
Al día siguiente el profesor Cardosa le dijo que habían sacado calificaciones muy bajas.
Ana debía hacer algo, no era una opción reprobar. Entonces, se armó de valor y al finalizar, cuando todos habían, ella abordó al profesor.
—¡Qué sorpresa, señorita Leite, creí que iba a mandarme otro recado con su novio!, espero haber dejado de ser cruel.
Ana agachó la mirada.
—Lo siento —se disculpó en voz baja—, yo no le pedí que lo hiciera.
—¿Qué necesita, señorita Leite? —cuestionó el hombre con impaciencia.
—Profesor, yo soy becada y la verdad tener tan bajas calificaciones en su materia me va a traer problemas, yo estoy dispuesta a hacer lo que me pida para poder aprobar —explicó Ana con la mirada en el suelo.
El profesor abrió ligeramente la boca, ¿estaba entendiendo bien esa proposición?
—¿Perdón? —cuestionó él en un susurro.
Ana meditó en sus palabras, y de inmediato levantó la vista.
—Me refiero a hacer un proyecto, maqueta, o algún trabajo extra para poder subir de calificación —añadió con las mejillas sonrojadas, nunca fue su intención que eso sonara en doble sentido.
El maestro Cardosa apretó los labios, reprimiendo una sonrisa.
—No creo que eso sea justo para toda la clase.
Ana soltó un suspiro.
—Por favor —suplicó, estaba a punto de arrodillarse.
—Lo voy a pensar, aunque me temo que sigue siendo muy imprudente —dijo el profesor tomando sus cosas y saliendo del aula.
Esas palabras hicieron que Ana se sintiera abochornada ¡El tipo la recordaba!
Luego de que la chica logró calmarse, salió del salón, Eleazar la esperó sentado en una de las bancas de la entrada.
En cuanto lo vio, Ana caminó hasta él.
—Tengo mucha tarea y no creo que pueda salir.
—Si quieres te ayudo con eso. —Eleazar se esforzaba para que las cosas funcionaran.
—No es buena idea, no tengo que tener distracciones —dijo Ana, dedicándole una pequeña sonrisa.
El profesor pasó por ahí, mirando de reojo la escena.
…
Días posteriores, Ana se atrevió a hablar de nuevo con Cardosa. En esta ocasión, el hombre no tenía muy buen humor.
—Señorita Leite, no.
—Me dijo que lo pensaría…
—Veo que usted tiene la mala costumbre de obtener todo con esa bella carita, pero en mi clase no será así.
Ana estaba confundida, él había insinuado que era bonita; sin embargo, eso sonó más a ofensa que a un halago.
—Profesor… —dijo con un hilo de voz.
Elton soltó un suspiro.
—No, señorita Leite.
—¿Por qué no? —preguntó ella, en su último intento, por una oportunidad.
—Porque no es justo para los demás tener tratos preferenciales.
—Pero profesor… —objetó ella.
—No hay excusa que valga, señorita Leite.
—Profesor…
—Señorita Leite, le pido que se comporte acorde a su edad y no cómo una niña. —Cardosa se esforzó por sonar cruel, intimidante; pero la mirada de Leite, estaba doblegando sus defensas.
—Está bien —dijo ella, aguantando las ganas de llorar. Era su futuro, su oportunidad de seguir con sus estudios se le iba de las manos y todo por no esforzarse lo suficiente.
La joven salió del salón, en cuanto llegó a su casa, llamó a su madre para contarle lo sucedido.
—Cielo…
—Puedo trabajar más de dos veces por semana —dijo Ana, tratando de convencerse a sí misma de que podía costear los estudios por su cuenta.
—Encontraremos una solución —Mary animó a su hija.
…
Al día siguiente el maestro Cardosa dio un anuncio a su clase:
—Todos aquellos que quieran subir su calificación, deberán llenar este formulario y harán las siguientes actividades, tienen solo tres días para hacerlo.
En el salón de clase se pudo escuchar cómo varios chicos soltaron suspiros de alivio, entre ellos Ana.