—¿De verdad esto no tiene solución?
La voz de Eleazar la hizo salir de su concentración.
—¿Podemos platicar después? —preguntó Ana, sin apartar la vista del libro que minutos antes leía con interés.
—Sé que soy un idiota, pero al menos sincérate. Si no vamos a ningún lado, dímelo. —pidió con la moral hecha añicos.
La joven suspiró.
—Tengo que estudiar, y yo no pedí retomar la relación —declaró a sabiendas de que eso los haría discutir.
—¿Entonces qué hago aquí? —Eleazar se levantó de la banca de concreto y le miró con intensidad, frustrado de su caótico noviazgo.
La risita del profesor de física le hizo recordar que seguían dentro del plantel. Y para su horrible suerte, al mirarlo por el rabillo del ojo, notó que no se encontraba solo. A su lado había cuatro profesores más, entre ellos Cardosa.
»Ana…
—Eleazar —pronunció su nombre con ganas de estamparle el libro en la cabeza.
— ¿Te tomas esto en serio?
—Ahora intento estudiar para un examen —cambió de tema.
—Te extraño, eso es todo… —confesó dolido, luego giró sobre sus talones y se fue.
Ana sintió un vacío en el pecho. Se esforzó por ignorarlo y concentrarse en su lectura. Sin embargo, el recuerdo del rostro afligido de su novio no la dejaba tranquila.
¿En qué momento ellos se volvieron tan complicados?
Antes solían ser una admirada y envidiada pareja. Caminaban de la mano, él la llenaba de detalles y se regalaban castos besos al despedirse. Ahora ni por asomo eran una pareja estable.
—Ana, ¿estás bien?
Escuchó hablar a uno de sus compañeros, y se percató de las lágrimas que caían por sus mejillas. De inmediato las limpió con el dorso de su mano.
—Sí. —Forzó una sonrisa, intentando sonar convincente.
—Llorar y estudiar, en eso se resume esta carrera —Josué se sentó a su lado.
Ana se echó a reír.
»Anímate. —La sujetó del hombro con suavidad—. Todo pasa.
—Gracias —respondió entre suspiros.
—Ahora tengo que irme. —Señaló en dirección a la biblioteca—.Cuídate
—Nos vemos en unas horas. —Ana lo miró hasta que desapareció de su vista.
*****
A la hora de impartir su clase, Elton Cardosa, se sentía timado por un par de ojos adorables. Aunque no quería presenciar el encuentro de su alumna excompañera de cama con su novio, tuvo que estar en el instante justo en el que la parejita protagonizaba una discusión.
—Pobre tipo. Digo no lo podemos culpar por rogarle a Leite —mencionó uno de sus colegas.
—Oye estás hablando de una de tus alumnas, profesor Henry —lo regañó Erick.
—¿Y? Es mayor de edad y no se puede negar lo obvio. —El hombre de casi cuarenta y dos años, reconoció.
Cardosa se quedó en silencio, si tan solo sus compañeros de trabajo supieran de cuántas maneras mancilló el delicado y suave cuerpo de Leite aquella noche, lo tacharían de degenerado.
—Miren al pobre diablo —añadió Henry—. Parlotea ahí intentando algo, si entendiera que las chicas como ella mueven sus pestañas para aprovecharse de los idiotas.
Cardosa meditó en las palabras de su colega. ¿Acaso él sería otro en su lista de los tipos tontos que se dejan influenciar por sus encantos?
—Profesor.
Uno de sus alumnos interrumpió sus cavilaciones.
—¿Si?
—La clase terminó hace cinco minutos —le dijo con nerviosismo.
—¿Y? —preguntó Elton, demostrando su mal humor.
El alumno se disculpó, apretó la mandíbula y siguió en lo suyo.
Cardosa guardó sus pertenencias y salió del aula con un amargo sabor de boca.
Los días posteriores, se volvió todo un hijo de puta con Ana. Exhibiendo sus malas tareas, insinuando que no tenía nada que hacer en esa carrera. Que era tonta, y que no lograba comprender en qué momento alguien como ella ganó una beca en esa escuela.
—Un trabajo sencillo, puede ser complicado para aquellas personas con mente obtusa —ese fue el venenoso comentario del profesor Cardosa del día—. Señorita Leite puede venir por la calificación de su tarea.
Nadie podía negar lo obvio, eso pasó a ser algo personal.
Al finalizar la clase, ella ya no aguantaba las ganas de llorar y corrió al baño.
«¿Qué le hice?», se preguntó entre sollozos. La situación ameritaba medidas drásticas. A pesar de que el profesor se distinguía por su mal genio, ella no seguiría permitiendo su actitud hostil, debía darse a respetar.
Así que iba a hablar con él e intentaría solucionar las cosas por las buenas.
Al finalizar sus demás asignaturas lo buscó en una de las mesas de la cafetería, tres días atrás lo vio ahí sentado solo, leyendo y haciendo unos apuntes, eso tendría que ser parte de su rutina.
Al verlo, ensimismado con el libro entre sus manos, se acercó con el corazón golpeándole las costillas.
—Señor Cardosa, ¿puedo platicar con usted? —Entrelazó sus dedos, tratando de tranquilizar sus nervios.
—No, señorita Leite —contestó aburrido y sin volver su vista a ella.
—Permítame cinco minutos —pidió con los ojos clavados en el suelo.
—Por si no se ha dado cuenta estoy ocupado.
—Lo sé, pero es urgente —dijo en tono de súplica.
Elton alzó la cabeza.
—¿Qué tiene mayor importancia que mi lectura?
—Quería saber, ¿qué hice para caerle tan mal, señor? —Su cara ardía por la vergüenza.
El profesor se carcajeó.
—El mundo no gira en torno a usted, señorita Leite.
—¿Podría parar sus humillaciones en clase? —le dijo dejando de lado su comentario ácido.
—Yo no humillo a nadie, intento sacar el potencial de cada uno de los alumnos, aunque haya casos donde sea nulo. —Posó su fría mirada en Ana.
—¿Esto es porque nos acostamos aquella noche, profesor? —soltó apretando los puños. Ella misma se asustó por su osadía.
Elton puso su libro en la mesa y se paró de golpe, girando de la cabeza de un lado al otro, cerciorándose que nadie hubiera escuchado a la pequeña bocona.
—No digas estupideces —masculló en voz queda.
Ana arrugó el entrecejo. Una vocecita en su cabeza le recordó que cualquier escándalo en el instituto le acarrearía severos problemas. Se limitó a verlo con desprecio, enseguida dio media vuelta y se alejó de allí sin mirar atrás.
El profesor Cardosa no lo iba a dejar pasar, esa pequeña infeliz se reveló.