Connor. Cuando abro los ojos con suma pereza, me doy cuenta de que me duele mucho el cuello. La luz potente del amanecer se filtra sin permiso por la gran ventana de la sala. Yo intento acomodarme cuando me doy cuenta de por qué estoy tan incómodo. Charlotte está durmiendo a mi lado, con la cabeza sobre mi pecho, y no se ha movido en toda la noche según me indica su posición. Suspiro me tapo la cara para que el sol brillante no me dañe los ojos. Charlotte parece una muñeca de porcelana mientras duerme. Su piel blanca, lisa, limpia, hermosa. Sus pestañas largas acarician sus mejillas sonrosadas, su boca está cerrada, sus labios rosados oscuros, su respiración lenta y profunda que choca contra una de mis manos. Su cuerpo a penas se mueve en cada respiración. Está hecha un ovillo, quizá

