Las primeras semanas del matrimonio de Camila y Sebastián fueron un tormento emocional disfrazado de lujo y opulencia. La mansión Montenegro, una obra maestra arquitectónica de mármol blanco y ventanales infinitos, parecía un reflejo cruel de su relación: hermosa por fuera, pero fría e inhóspita en su interior. Cada rincón estaba decorado con una perfección inalcanzable, como si intentara compensar la ausencia de calidez humana.
Sebastián salía temprano y regresaba tarde, y cuando estaba en casa, apenas cruzaba palabras con Camila. Sus interacciones se limitaban a comentarios cortantes y órdenes veladas, como si ella fuera una empleada más en su mundo perfectamente controlado. La indiferencia con la que él la trataba era un recordatorio constante de que, para él, ella no era más que un medio para un fin.
Una tarde, mientras Camila exploraba la casa en busca de algo que hiciera que el espacio se sintiera menos como una prisión, entró en el despacho de Sebastián. Las paredes estaban llenas de estanterías repletas de libros y documentos perfectamente organizados. Sobre el escritorio, había una fotografía de Sebastián con un hombre mayor que ella reconoció como su padre. Ambos sonreían, pero la mirada de Sebastián era tan distante como la que ella conocía.
— ¿Qué haces aquí? —La voz de Sebastián la hizo girarse de golpe.
Él estaba en la puerta, con el ceño fruncido y una mirada de reproche que la hizo sentir como una intrusa. Aun cuando era su casa.
— Solo estaba viendo la casa —respondió Camila, tratando de sonar tranquila.
— Este despacho no es parte de la casa que puedas explorar. Si necesitas algo, pide permiso.
La frialdad de sus palabras le heló la sangre, pero Camila se obligó a mantenerse erguida.
— No soy una niña, Sebastián. No necesito pedir permiso para caminar por mi propia casa.
Él avanzó lentamente hacia ella, y la tensión en el ambiente se volvió casi palpable. Cuando estuvo a un paso de distancia, la miró con ese desdén característico.
— No te equivoques, Camila. Este no es tu hogar. Es mi casa, y tú estás aquí solo porque las circunstancias lo exigen.
El aire parecía volverse más pesado con cada palabra. Camila sostuvo su mirada, aunque sentía que sus piernas flaqueaban.
— No te quiero en mi espacio, no quiero verte, tu sola presencia me da asco.
Camila apretó los puños con fuerza y levantó el rostro.
— Si eso es lo que piensas, tal vez deberías reconsiderar cómo tratas a las circunstancias —replicó con voz firme antes de salir del despacho, dejándolo atrás con su rostro impasible.
Sebastián la observó marcharse, mirando aquellos jean rasgados que siempre llevaba y la blusa melocotón que dejaba su busto a la vista. Aquella mujer lo sacaba de quicio, su presencia era molesta, pero los breves encuentros que tenían lo dejaban siempre alerta y expectante.
— ¿Qué tiene de interesante?
Susurró más para él que otra cosa, la chica no era la gran cosa, tenía lindo rostro y ojos, pero su cuerpo… aquello no le gustaba.
Sacudió la cabeza y negó antes de entrar en el despacho para buscar unos papeles y salir. No tenía pensado quedarse mucho tiempo en ese lugar.
Camila pasaba la mayoría de las noches sola, cenando en la inmensa mesa del comedor mientras Sebastián se excusaba con llamadas de negocios interminables o cenas de trabajo. Los pocos momentos en que coincidían en la misma habitación, como durante las comidas, eran un desfile de silencios incómodos y respuestas monótonas.
Una noche, durante la cena, decidió romper el hielo.
— ¿Siempre vas a actuar como si no existiera?
Había pensado durante semanas en como haría eso, hablar, pensó que quizás, si se mostraba como era él la observaría de otra manera, un poco más humano.
Sebastián alzó la mirada de su plato, sorprendido por la pregunta, pero rápidamente recuperó su expresión de indiferencia.
— No sabía que esperabas que lo hiciera —sonrió —, al parecer esperas mucho de mí.
La burla en su voz fue notoria e hiriente.
— No espero nada de ti, pero al menos podrías comportarte como un ser humano decente —respondió Camila, dejando el tenedor sobre la mesa con fuerza.
— Y tú podrías dejar de jugar a ser una mártir. Esto es lo que es, Camila. Acéptalo.
Ella lo miró fijamente, con el corazón latiendo furioso en su pecho.
— Lo acepté, Sebastián, pero no me conformo.
— ¿Todo esto es porque quieres que te toque? —la observó y negó —, no pasará, te ves desesperada, pero créeme, debería estar ebrio.
— ¿Qué?
Aquellas palabras salieron de su boca antes de procesarlas. Camila sintió como el corazón se le hacia añicos y la sangre le drenaba el cuerpo.
Sebastián no respondió. En cambio, dejó la servilleta sobre la mesa y se levantó, saliendo del comedor sin siquiera mirarla.
Con el tiempo, Camila comenzó a entender que la indiferencia de Sebastián no era solo desinterés; era su manera de ejercer control. Al ignorarla, él intentaba apagar cualquier chispa de resistencia o independencia que pudiera quedar en ella. Pero lo que él no sabía era que cada desplante, cada palabra cargada de desprecio, solo fortalecía la determinación de Camila.
Su madre no la había criado para ser sumisa. Le llevo mucha terapia mantenerse firme. Si Sebastián quería ignorarla, ella lo dejaría hacerlo. Pero no se iba a apagar, no iba a desaparecer en las sombras de su mundo frío y calculador. En cambio, usaría esa soledad para planear su próxima jugada. Porque si algo tenía claro, era que no iba a ser una simple espectadora en su propia vida.
Debía mantenerse fuerte para saber que hacer.
Se convirtió en una sombra en los eventos sociales, un accesorio silencioso en la impecable fachada que Sebastián mantenía ante el mundo. Al principio, intentaba cumplir con su papel, saludando con una sonrisa ensayada y aceptando las palabras vacías de las esposas de empresarios que le lanzaban cumplidos cargados de condescendencia.
Sebastián, por su parte, no hacía ningún esfuerzo por ocultar su desprecio. La dejaba sola en cuanto cruzaban las puertas de cualquier evento, escabulléndose hacia grupos de hombres que discutían negocios o coqueteando abiertamente con mujeres que le ofrecían miradas de admiración.
Una noche, en una gala benéfica organizada por una de las familias más influyentes de la ciudad, la situación alcanzó un nuevo nivel de humillación.
Camila se quedó de pie junto a una mesa decorada con flores blancas, sujetando una copa de champán mientras los murmullos y risas llenaban el aire. Sebastián había desaparecido apenas minutos después de su llegada.
— ¿Te dejó sola otra vez? —preguntó Clara, una conocida que disfrutaba de los rumores como si fueran un deporte.
Camila apenas esbozó una sonrisa forzada.
— Sebastián está ocupado con sus contactos.
Clara alzó una ceja, como si su respuesta confirmara algo que ya sospechaba.
— "Ocupado” —se encargó de marcar la comillas —. Qué diplomática. Supongo que no te han contado del último escándalo.
— ¿Qué escándalo? —preguntó Camila, sintiendo un nudo formarse en su estómago.
Su cabeza le pedía a gritos que se fuera, pero no lo hizo, solo se mantuvo impasible esperando aquellas palabras que sabía lo romperían en mil pedazos.
— Oh, querida, no quiero ser yo quien te lo diga... pero Sebastián fue visto en un restaurante la semana pasada con una mujer rubia. Según dicen, estaban muy cómodos.
Las palabras cayeron como un balde de agua helada. Camila mantuvo su expresión neutral, aunque por dentro sentía que el suelo bajo sus pies comenzaba a desmoronarse. Fue la noche que sintió aquel perfume, cuando la trato de loca.
— Los rumores siempre son exagerados —dijo, tratando de sonar indiferente.
Clara sonrió con malicia.
— Tal vez. Pero donde hay humo, hay fuego.
Forzó una sonrisa y la observó marcharse, no dijo nada, se mantuvo calla hasta que llegaron a su casa. Cuando regresaron, Camila ya no podía contener su enojo. Sebastián entró al vestíbulo sin siquiera mirarla, pero ella lo siguió hasta el salón.
— ¿Te diviertes humillándome? —preguntó, cruzándose de brazos mientras él se servía un whisky.
Sebastián ni siquiera se giró.
— ¿De qué hablas ahora?
— De los rumores, Sebastián. De las miradas y los susurros cada vez que me dejas sola. ¿Es necesario hacerlo tan obvio?
Él soltó una risa seca y se giró para enfrentarla, su expresión cargada de desdén.
— ¿Qué esperabas, Camila? Este matrimonio no es real. No es más que un contrato. Y si esperas que me comporte como un esposo devoto, entonces eres más ingenua de lo que pensé. Tengo necesidades.
Camila dio un paso hacia él, su voz firme y llena de una rabia que había estado conteniendo desde el día de su boda.
— Puede que este matrimonio no signifique nada para ti, pero yo tengo dignidad, Sebastián. Si vas a ser infiel, al menos ten la decencia de ser discreto.
Él la miró fijamente, con una chispa de desafío en sus ojos.
— ¿Y qué vas a hacer al respecto? ¿Irte? ¿Correr a los brazos de tu padre y decirle que no soportas tu vida de sacrificios? Por favor, Camila, no te engañes. Estás atrapada aquí, igual que yo.
Las palabras de Sebastián eran como un látigo, pero Camila se negó a mostrar debilidad.
— Tal vez esté atrapada, pero no voy a permitir que sigas humillándome. Si quieres destruir lo que queda de este matrimonio, asegúrate de no arrastrarme contigo. Porque me conocerás.
Sebastián la miró con una mezcla de sorpresa y admiración momentánea, pero no dijo nada más. Dio un trago a su whisky y salió de la habitación, dejando a Camila sola con el eco de su furia.