La Boda Sin Amor

1458 Words
Cinco años antes. El sonido de la marcha nupcial resonaba en las paredes doradas del salón de la iglesia, un eco que se sentía tan distante como el hombre que esperaba en el altar. Camila Varela caminaba despacio, con las manos heladas apretando el ramo de rosas blancas. Su vestido, un exquisito diseño de encaje que se ajustaba a su silueta curvilínea, era el único detalle que reflejaba la ilusión que alguna vez tuvo de casarse por amor. Sin embargo, aquella esperanza había muerto el día en que su padre le dijo: — Es por el bien de la familia, Camila. No tenemos otra opción. Sebastián Montenegro la esperaba al final del pasillo, con la mirada fija y los labios apretados en una línea de puro desdén. Alto, de cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás y un porte que exudaba riqueza y poder, Sebastián era el sueño de muchas, pero para Camila era una pesadilla hecha realidad. Sus ojos claros no mostraban emoción alguna, y cuando ella llegó a su lado, ni siquiera le ofreció una sonrisa. El sacerdote comenzó la ceremonia, y mientras recitaba las palabras que debían unirlos "hasta que la muerte los separe", Camila sintió un nudo en el estómago. La mano de Sebastián, que apenas rozó la suya al colocarle el anillo, era fría, casi como si estuviera tocando mármol. Ella murmuró el "sí, acepto" con un hilo de voz, mientras él lo pronunció como quien cumple con un trámite aburrido. Los aplausos llenaron el espacio, pero Camila apenas los escuchó. Su mirada se perdió entre los rostros de los invitados, aquellos que seguramente cuchicheaban sobre el acuerdo familiar que todos conocían, pero nadie mencionaba en voz alta. La recepción tuvo lugar en el salón más lujoso de la ciudad. Arañas de cristal colgaban del techo, iluminando mesas adornadas con centros de flores y candelabros de plata. Camila, sentada junto a Sebastián, se sentía diminuta, como una pieza fuera de lugar en un tablero de ajedrez diseñado para él. Él imponente y bello. Ella nada de lo que esperan. Al menos no dentro de su círculo. Sus caderas anchas y rellenas resaltaban sentada, algo que a su compañero lo hizo hacer una mueca de desagrado. No había estado con nadie, jamás un hombre la había tocado de aquella manera tan intima y sabía la razón, sus muslos no tenían la forma perfecta que se ven en las pasarelas de moda. Estaba pasada de su peso por varios kilos y llevaba celulitis en la mayor parte de su cuerpo. Se había esforzado por cubrir sus brazos flácidos porque su, ahora suegra, dijo que aquello desentonaba con la delicadeza de la celebración. Mientras los invitados brindaban, Sebastián apenas le dirigía la palabra. Estaba más interesado en revisar su teléfono que en mirar a la mujer que acababa de convertirse en su esposa. — Deberías sonreír más —dijo Sebastián en un tono bajo, pero cargado de sarcasmo, mientras una camarera llenaba sus copas de champán. — No es fácil sonreír cuando todo esto es una farsa —replicó Camila, atreviéndose a desafiarlo por primera vez. Él la miró con una mezcla de incredulidad y desdén. Luego se inclinó hacia ella, lo suficiente como para que solo ella escuchara. — No te confundas, Camila. Tú no eres más que un precio que pagué. Así que juega tu papel y no hagas el ridículo. — ¿Ridículo? — Deberías estar agradecida, nadie te vea estaría feliz de casarse contigo, al menos hice un acto de bondad. La frialdad en su voz la atravesó como un cuchillo. Camila apretó los labios, obligándose a no derramar una lágrima frente a todos. Cuando llegó el momento del primer baile, Sebastián la guio al centro de la pista, pero sus movimientos eran tan distantes como su mirada. Las manos de él apenas se posaron en su cintura, y cuando lo hizo solo mostro desagrado. Los pasos que siguieron eran mecánicos, carentes de toda emoción. Mientras giraban bajo las luces del salón, Camila sintió las miradas de los invitados clavadas en ellos, algunas llenas de lástima, otras de burla. Sebastián, como si quisiera reforzar su desprecio, murmuró: — No esperes que esto mejore y disfruta el momento, no te volveré a tocar. El dolor se instaló en su pecho como un peso insoportable. A medida que la noche avanzaba, Sebastián se alejaba con excusas vagas, dejándola sola en la mesa mientras él conversaba con otros hombres de negocios y coqueteaba descaradamente con mujeres que no ocultaban su interés en él. Camila trató de mantener la compostura, pero todo se desmoronó cuando escuchó las risas provenientes de un grupo cercano. Entre ellos, Sebastián. Sus ojos fueron directo a su ahora esposo, observando cómo se inclinaba hacia una mujer que parecía disfrutar de su atención. La burla en sus ojos era inconfundible. — ¿No debería el novio estar con su esposa? —preguntó alguien en voz alta, lo suficiente para que todos alrededor escucharan. Sebastián alzó la copa y, con una sonrisa cínica, respondió. — Camila está bien donde está. Ella sabe que este matrimonio no es más que un asunto de negocios. El silencio cayó como un balde de agua fría. Camila sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Los murmullos empezaron de inmediato, y ella supo que todos estaban hablando de ella, de su humillación pública. Miro a sus padres, que ahora tenían una mueca en los labios, pero que no dijeron nada. Con el corazón destrozado, pero decidida a no darle el placer de verla derrumbarse. Camila se levantó de la silla con una calma que no sentía, pero que necesitaba proyectar. Los dedos le temblaban al dejar su copa de champán sobre la mesa, y el peso de las miradas curiosas la seguía como una sombra mientras caminaba hacia el balcón. Cada paso que daba era un desafío a las lágrimas que amenazaban con desbordarse. Era un tiempo, solo un lapso y sería libre. El aire nocturno la recibió con un frescor que le quemó los pulmones. Se apoyó en la baranda y dejó escapar un suspiro largo, como si pudiera exhalar con él toda la humillación que acababa de sufrir. Frente a ella, las luces de la ciudad parpadeaban como pequeñas promesas de libertad, un recordatorio de que el mundo seguía girando, aunque el suyo se sintiera estático y atrapado en una jaula dorada. — ¿Ya te cansaste de actuar como una muñeca perfecta? —La voz de Sebastián interrumpió sus pensamientos, cortante y helada como el viento. Camila se giró despacio, enfrentándose a él con los ojos húmedos pero fieros. — ¿Te divierte esto? ¿Hacerme quedar en ridículo frente a todos? Sebastián se encogió de hombros, apoyándose despreocupadamente en el marco de la puerta que conectaba el salón con el balcón. — ¿Qué esperabas, Camila? — Que al menos seas educado. Una risa falsa salió de los labios del hombre frente a ella, pero no se movió, necesitaba mantenerse firme. — Este matrimonio nunca fue más que un acuerdo. Tú lo sabías. No entiendo por qué te molesta que todos los demás también lo sepan. Ella apretó los puños, sintiendo las uñas clavarse en la palma de su mano. — No esperaba amor, Sebastián, pero sí algo de respeto. Él soltó una risa seca, casi cruel. — El respeto se gana, y hasta ahora, no has hecho nada para merecerlo. Camila dio un paso hacia él, desafiante, aunque por dentro su corazón latía con una mezcla de rabia y dolor. — Tal vez no lo has notado, pero yo también tengo un apellido que proteger. No voy a permitir que sigas tratándome como un objeto que puedes pisotear cuando quieras. Sebastián alzó una ceja, sorprendido por su firmeza, por un momento se sintió cautivado, pero su expresión pronto se transformó en un gesto de burla. — ¿Y qué vas a hacer, Camila? ¿Salir corriendo y contarle a papi que el matrimonio no está siendo como lo soñabas? Ella lo fulminó con la mirada. — No, Sebastián. Lo que voy a hacer es demostrarte que no soy la mujer débil que crees. No me conoces, pero lo harás. Y cuando lo hagas, será demasiado tarde. Por un instante, algo parecido al respeto cruzó fugazmente por los ojos de Sebastián, pero desapareció tan rápido como había llegado. Sin responder, dio media vuelta y regresó al salón, dejándola sola bajo el cielo estrellado. Camila cerró los ojos, inhalando profundamente. Las palabras de su padre resonaban en su mente, recordándole por qué había aceptado aquella unión. Cuando regresó al salón, su rostro era una máscara de serenidad. Caminó con la cabeza en alto, ignorando los murmullos a su paso, y se sentó nuevamente en su lugar.
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