Nicolás Ferrer era conocido como un hombre de visión y riesgo calculado en el mundo de las inversiones. Con 37 años, este magnate español, famoso por su carisma y éxito imparable, se movía con una confianza que capturaba la atención de cualquiera. Tenía un porte elegante, con ojos color verde que parecían ver a través de las personas, y un encanto natural que hacía imposible ignorarlo. Y Camila había caído. Cuando el sol comenzó a asomarse por la ventana, los primeros rayos iluminaron la habitación. Nicolás abrió los ojos observándola con una ternura que nunca había visto. — Buenos días, poderosa estratega —dijo él con una sonrisa que irradiaba calidez. Ella soltó una risa suave, sintiendo un dicha que hacía mucho no experimentaba. — Buenos días, chef en entrenamiento. — ¿Sie

