Humillación

1733 Words
La noche de la gala benéfica de los Montenegro era un evento que reunía a lo más selecto de la alta sociedad. Políticos, empresarios y celebridades desfilaban por la alfombra roja del lujoso hotel en el centro de la ciudad, mientras los flashes de las cámaras iluminaban el ambiente. Camila había pasado horas preparándose, queriendo lucir impecable. Llevaba un vestido n***o de satén, con un escote discreto y detalles bordados que estilizaban su figura, acompañado de un collar de diamantes que había pertenecido a su madre. Quería, al menos por una noche, demostrar que era digna del apellido Montenegro. Sin embargo, la soledad se había convertido en su compañera constante desde que se casó con Sebastián. Y esa noche no parecía no ser la excepción. Camila llegó al evento sola, como tantas veces antes, y soportó las miradas curiosas y los murmullos de los asistentes. Se movía por el salón con una sonrisa ensayada, saludando a quienes se le acercaban. Pero en el fondo, no podía ignorar la ausencia de Sebastián. «Quizás llegará tarde», pensó para consolarse. Sebastian no era una persona impuntual, solía ser bastante quisquilloso con algunas cosas y la puntualidad era una de ellas. En el tiempo que llevaban casado había experimentado algunas peleas por eso. Cuando ella pensaba que no iba a comer con él y bajaba un poco más tarde por el almuerzo o decidía no bajar. Había ido hasta su habitación en una ocasión a buscarla y nada bueno salió eso. Cuando el sonido de murmullos aumentó repentinamente en la entrada del salón, Camila giró la cabeza hacia la fuente del alboroto. Allí estaba Sebastián, pero no estaba solo. Una mujer alta y elegante, con un vestido rojo que abrazaba su figura como si estuviera hecho a medida, lo acompañaba. Su cabello castaño oscuro caía en ondas perfectas, y su risa cristalina resonaba en el aire mientras caminaba del brazo de Sebastián. El impacto fue inmediato. Camila sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies, pero se obligó a mantenerse de pie. Los invitados susurraban entre ellos, algunos mirando con asombro, otros con morbo. — ¿Es su amante? —escuchó decir a una mujer a su derecha. — Definitivamente no es su esposa —respondió otra, bajando la voz, pero no lo suficiente como para que Camila no lo escuchara. Sebastián y la mujer avanzaron por el salón como si no hubiera nada fuera de lugar. Él la escoltó hacia un grupo de empresarios, saludándolos con su característico porte frío pero carismático, ignorando por completo la presencia de Camila. Ella sintió cómo el calor subía por su rostro. La rabia y la humillación se mezclaban en su interior, pero se obligó a respirar profundamente. No podía perder la compostura frente a todos. Se dirigió a una mesa cercana, tomó una copa de champán y la apretó entre sus manos temblorosas, como si ese frágil cristal pudiera contener su dolor. Se había buscado una modelo, con las medidas perfectas y la estaba presumiendo frente a sus ojos. El mensaje era claro, al menos para ella. Cuando Sebastián finalmente reparó en ella, fue con una mirada fugaz, casi indiferente. La mujer a su lado le susurró algo al oído, y él sonrió, una sonrisa que nunca le había dirigido a Camila. En un impulso, Camila decidió no quedarse al margen. Se acercó al grupo, manteniendo la cabeza en alto y una expresión serena. — Sebastián —dijo con voz firme, forzándolo a mirarla. Él se giró lentamente, como si su presencia fuera un inconveniente menor. — Camila, qué sorpresa verte aquí —dijo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos. — Es nuestra gala benéfica. Por supuesto que estoy aquí —respondió, manteniendo su tono cortés, aunque sus palabras llevaban una clara reprimenda. La mujer a su lado la observó con curiosidad, casi divertida. — ¿No nos presentas? —preguntó la mujer, deslizando su mano por el brazo de Sebastián. Su toque era íntimo, algo que provoco una pequeña satisfacción en Sebastian. Estaba decidido a molestas a su “esposa” tanto como fuese posible. Estaba metido en esto por ella. Su vida se había puesto de cabeza, por su culpa. Todo porque no supieron manejar sus malditos negocios. Ahora tenía en su casa una mujer que apenas podía mirar, ocupando sus espacios con aquella fragancia, sus muecas y todo ese orden meticuloso. Sin embargo, no podía evitar pensar que para ser ordenada, no respetaba el horario de la cena. — Camila, esta es Valeria Arriaga, una socia importante para Montenegro Enterprises —dijo Sebastián, sin molestarse en disimular la cercanía entre ambos —. Valeria, mi esposa, Camila. El énfasis que puso en "socia" no pasó desapercibido para nadie. Camila sintió cómo las miradas se clavaban en ella, expectantes de su reacción. — Un placer conocerte, Valeria —dijo Camila con una sonrisa tensa, extendiendo la mano. Valeria la estrechó brevemente, como si fuera un trámite. — El placer es mío. Sebastián me ha hablado mucho de ti. Camila supo que era una mentira. Sebastián nunca hablaba de ella. La odiaba y no lo disimulaba ni un poco. Solía ser bastante explicito con su falta de interés hacia ella. Ahora demostraba que su cuerpo era el causante de eso. — Espero que estén disfrutando de la gala —continuó Camila, sin permitir que su voz temblara. — Lo estamos, querida —respondió Sebastián, usando un tono casi burlón antes de girarse nuevamente hacia Valeria, descartándola como si no fuera más que una sombra. Camila se retiró del grupo con dignidad, pero en su interior sentía una tormenta. Sabía que Sebastián había hecho todo esto a propósito, que su intención era dejar claro su desprecio por ella. Pisotearla como siempre. Pero también sabía que no podía darle el gusto de verla derrumbarse. Pasó el resto de la noche sonriendo y conversando con otros invitados, fingiendo que no le importaba la humillación pública que acababa de sufrir. Sin embargo, cuando finalmente llegó a casa, toda su fachada se desmoronó. Se encerró en su habitación y dejó caer el collar de diamantes al suelo, sintiendo que el peso de la joya reflejaba el yugo de su matrimonio. Sus lágrimas cayeron en silencio, mientras el eco de las risas de Valeria y Sebastián seguía resonando en su mente. — ¿Qué esperabas? Susurró para sí misma mientras se dejaba caer al suelo. En el colegio, Camila nunca fue la chica popular. Siempre estaba en un segundo plano, eclipsada por sus amigas más extrovertidas y seguras de sí mismas. No era que fuera tímida, pero su tendencia a cuestionarse todo la mantenía al margen. Cada vez que intentaba sobresalir, se sentía fuera de lugar, como si no tuviera derecho a ocupar espacio en el mundo. Recordaba con nitidez las burlas sutiles de algunas compañeras: — Camila, ¿Por qué te molestas en arreglarte si igual nadie se da cuenta? —le había dicho una vez Paula, la líder del grupo, mientras todas las demás reían. — La gorda quiere gustarle a alguien —dijo Florencia antes de que todos comenzaran a reir. Aquel comentario se había quedado grabado en su mente como una sentencia. Desde entonces, Camila comenzó a evitar arriesgarse, creyendo que era más fácil pasar desapercibida que enfrentarse al rechazo. Ahora Sebastián dejaba en manifiesto su punto de vista. También la creía insulsa. No se sentía atraído por ella y por supuesto no la respetaría. Completamente opuesto a lo que conoció de Sebastián. Cuando lo conoció, antes de la boda, Camila estaba en una etapa de transición. Había terminado la universidad con méritos académicos y comenzado a trabajar en un puesto administrativo en la empresa. Aunque seguía cargando sus inseguridades, había aprendido a disimularlas detrás de una fachada de eficiencia y profesionalismo. Su cuerpo no importaba si era eficiente. Sebastián había llegado un día, era diferente a cualquier hombre que hubiera conocido. Su confianza, su porte, su habilidad para dominar una sala con solo entrar… Todo eso la había cautivado al principio. Pero también había algo más: una atracción inexplicable hacia alguien que, desde el primer momento, parecía querer controlarlo todo. Había sido amable, le había sonreído, no la misma sonrisa que le dio está noche a otra mujer, pero al menos la miraba. Lo que parecía irreal. A pesar de las señales de alerta, Camila había aceptado las atenciones de Sebastián. Al principio, sus palabras halagadoras habían sido como bálsamo para sus inseguridades. Pero con el tiempo, esas mismas palabras se tornaron en armas que él usaba para mantenerla bajo su sombra. Se quedo llorando el suelo, molesta, esperando que el dolor pasara, buscando una solución. Sebastian por su parte, seguía disfrutando la noche, observando a las personas y mirando cada una cantidad de tiempo el lugar por donde se había ido su esposa. No pensó que vendría, no la había ido a buscar, pensaba que eso era suficiente para que entendiera que no vendría, pero una vez más ella lo había sorprendido. — ¿Esposa? Valeria había aprovechado el pequeño momento a solas para hacerle aquella pregunta que tanto estuvo en su cabeza. — La alianza en mi mano no dijo nada. Sebastian la observó sin expresión alguna. Sabía que estaba intentando hacer algún tipo de drama y no estaba para eso. Los únicos que soportaba era los de su esposa. — Solo me asombra que quieras que nos vayamos a mi casa después de esto. Sus ojos repasaron el lugar. Sebastian estaba fastidiándose, todo el mundo sabía que estaba casado, estaba seguro de que ella también. Ahora Valeria intentaba poner su parte moralista para no cargar con la culpa. Algo cierto, a Valeria no le molestaba estar con él, sabía porque la buscaba, esa mujer no tenía nada para alguien como él, pero al menos fingiría ser decente con su género. — ¿Vamos a fingir que te importa? Sebastian conocía muy bien a las mujeres como Valeria, sabía que actuaba. — Solo me interesa que a ti no te interese —simplifico —, no quiero ver como te marchas a mitad del encuentro. Sebastian la observó y luego solo miró a las personas que estaban por el lugar. Estaba aburrido de esto, necesitaba relajarse un poco y volver a su casa. — No va a haber mitad de noche, puede pasar ahora, en mi auto, luego te dejo en tu casa.
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