El reloj marcaba las once de la noche cuando Camila escuchó el sonido de las llaves de Sebastián al entrar a su hogar. La puerta se cerró con un golpe seco, y los pasos firmes de él resonaron en el piso de mármol. Lo esperaba en la sala, sentada en el sofá con los brazos cruzados y el rostro endurecido. Durante días, había guardado silencio, permitiendo que las humillaciones y los rumores crecieran. Pero después de la gala, algo dentro de ella había cambiado. No podía seguir soportando el desprecio y las miradas condescendientes de quienes sabían que su matrimonio era una farsa. Sebastián entró al salón, con el teléfono en la mano y el saco de su traje colgando de un hombro. Al verla ahí, levantó una ceja, visiblemente sorprendido. No la esperaba despierta. — ¿Pasa algo? —preguntó, d

