La noche había caído en Fra y dentro de una pequeña choza, la luz de lámpara alumbraba mientras Amín y sus maestros degustaban la cena. —Ja, ja, ja, ja, ja... —Se carcajeaban ellos dos. Por su parte, Amín los observaba con el ceño fruncido y expresión ofendida. —No le veo la gracia —masculló ella con enojo. —¡Es lo más gracioso que he presenciado desde la vez que trajiste al loco! Eres un imán por los chiquillos desquiciados —se burló Odiel. —No sé qué clase de maestros son que se mofan con descaro de su discípula. —Amín hizo un puchero berrinchudo. —¿Qué embrujo le hiciste a ese chico para trastornarlo de esa manera? —inquirió Jing divertido. —¡Son unos insoportables! —estalló ella, acción que provocó que las carcajadas de ellos se intensificaran. Amín se levantó de la mesa y se fue

