Capítulo 4

1244 Words
  Sus ojos verdes y cristalizados por las lágrimas le dieron una última mirada antes de apartar su vista. El vacío y el dolor en el pecho sacaban el llanto más desgarrador de ella. ¿Por qué se alejaba? El frío de la soledad, de la incertidumbre, el dolor y el sentimiento de abandono dolía en todo su cuerpo; como si este aceptara que su parte emocional compartiera su sufrimiento. Mamá... Los rayos de la estrella mayor cosquilleaban sus ojos con calidez. Su cuerpo entumecido se removió con pereza, entonces los recuerdos de aquel espantoso sueño se presentaron en su mente de forma cruel y tortuosa. Se incorporó mientras frotaba sus ojos y después de un suspiro, casi salta del susto al no verse en su habitación, en su cama...  —¿Dónde estoy? —Miró desorbitada por todos lados. No era posible, ella debería estar en casa preparando el desayuno como todas las mañanas. Acaso... «No, no, no». Se puso de pies llena de confusión. ¿Cómo es que estaba en una cama de hojas y hierbas? Ella no recordaba haberla preparado, aunque sus recuerdos eran borrosos y confusos como aquellos sueños que solía tener. Caminó errante por aquel solitario bosque con el pecho agitado y las lágrimas empañando sus ojos. ¿Por qué estaba allí? Entonces una sensación fría recorrió su piel, y ¿si no fue un sueño? Pero... ¿Cómo apareció sobre esas hojas y hierbas? Debería estar muerta, puesto que se tiró por un precipicio. Siguió su camino entre tambaleos, confusión y temor. De repente, sus vellos se erizaron y un aroma a menta y tierra mojada la hizo salivar más de la cuenta. ¿Qué era ese delicioso olor?  —¿Quién eres? —Una voz masculina la puso alerta. Miró a su alrededor, pero no había nadie.  —¿Q-Quién anda ahí? —cuestionó presa del temor. Al instante, un joven saltó desde un árbol y se paró frente a ella. Lo observó estupefacta por unos segundos. Trató de no temblar ante la imponente y oscura mirada del joven, quién al parecer, era un guerrero.  —¿Qué hace una chica como tú sola en este bosque? —Su sonrisa socarrona le incomodaba, de leguas se le notaba lo rufián.  —Yo... —Jugó con sus dedos por el nerviosismo—. Eso a ti no te importa. —Frunció el ceño para parecer ruda. Era mejor pasar por descortés a explicar lo inexplicable.  —Además de rara, mal educada. Y yo que había recogido estas peras y pensé: "¿Por qué no compartirla con la chica pelirroja que al parecer está hambrienta y perdida?".  —¡Qué tonto! No me interesan tus peras ni nada que venga de un rufián como tú.  —¡Qué osada! ¡Llamarme rufián! Por menos he matado, niña loca.  —Me imagino que no mientes; si tienes pinta de asesino, de seguro eres uno de los guerreros del rey Micar. Si es así, solo eres un ser despreciable y sin escrúpulos. El chico estalló en carcajadas, lo que encendió la ira de Amín.  —¡Qué insolente! Solo eres una amargada; mejor me voy antes de que pierda la paciencia y ensucie mi espada con tu sangre insignificante.  —Quien se va soy yo. —Se alejó refunfuñando—. ¡Qué insoportable! El joven se quedó observándola con una sonrisa ladina mientras ella desaparecía de su campo de visión.  —Príncipe. —Se giró al escuchar la voz que lo sacó de su ensoñación—. Ya conseguí un lugar para nosotros. Es una cabaña en el centro del monte de Kan, allí podremos operar con nuestros hombres sin miedo a ser descubiertos.  —Afkar, deja de llamarme príncipe. Debes entrar en el personaje, no importa si estamos solos o no, eres mi tío y somos caza recompensas.  —Disculpe... —El joven lo miró levantando una ceja—. Entendido, sobrino. Ambos estallaron en carcajadas ante la tensión extraña que se había creado.   ***   Amín detuvo su andar frente a un río color violeta. Se agachó para tomar agua, puesto que la sed era insoportable. Ella casi se cae de espaldas al ver el agua hervir en sus manos.   —¿Qué está sucediendo? —Sacudió sus manos con brusquedad. Aquello no tenía explicación, cuando tomó el agua esta estaba fresca. Caminó en círculos mientras sus lágrimas salían con libertad. ¿Qué le estaba pasando?  —¿Qué voy a hacer ahora? ¿A quién voy a acudir? Estoy sola, me pasan estas cosas extrañas y tengo tanto miedo. Papá... Se sentó sobre la grama y se abrazó a sí misma. Dejó que las lágrimas fluyeran con libertad, derramando su alma en sollozos silenciosos.  —¡Vaya que estamos de suerte hoy! Amín se puso de pies aterrada, miró con nerviosismo a un grupo de hombres fuertes, armados hasta los dientes y con apariencia feroz.  —¿Qué hace un bizcocho esponjoso solo por aquí? —espetó un grandulón con sorna. Amín respiró profundo, el malestar y el fastidio al escuchar la frase que el joven rufián le había dicho antes le era enfermizo. ¿Acaso el bosque estaba lleno de idiotas?  —Yo ya me iba... —Ella se apresuró en alejarse, sin embargo, una mano grande y fuerte la detuvo con fuerza.  —¿A dónde crees que vas, niña? Estas un poco llenita, pero no dejas de ser apetecible. —El grandulón expresó con malicia. Amín chilló al ser tirada al suelo, al instante, todos ellos la rodearon.  —A mí me gustan llenitas —espetó otro de ellos, mientras se lamía los labios—. Me encanta que tenga carne donde agarrar. Las carcajadas de aquellas bestias provocaron un estremecimiento en todo su cuerpo. No podía creer su mala suerte, huyó de sus dos hermanos para ser atacada por un grupo de delincuentes que constaba de unos diez hombres. Las lágrimas de la impotencia y frustración llenaron sus mejillas sonrojadas. Ella se abrazó a sí misma como un intento irracional de protegerse, de proteger su dignidad. Su cuerpo tembló cuando uno de ellos la sostuvo por el brazo, pero...  —¡Demonios! —El alarido del tipo provocó que las aves volarán desorbitada lejos de allí—. ¡Mis manos!  —¿Qué sucede? —El grandulón se acercó a su compañero estupefacto, al ver sus manos quemadas—. ¿Qué fue lo que hiciste? ¿Acaso eres una Sapria? —Ella negó con violencia sin poder evitar llorar. ¿Una Sapria? Eso no era posible, aunque el recordar a su madre y sus hermanos intimar de una manera tan repugnante con su amiga, al mismo tiempo en que su progenitora bebía su sangre, la hacía dudar.  —¡Matémosla antes de que ella nos mate a nosotros! —gritó uno de ellos con preocupación.  —¡No soy una Sapria! —replicó Amín, al ver que los rufianes levantaron sus armas—. Soy una simple habitante de Fra, nada especial y sin ningún tipo de habilidad; tengan piedad, por favor. La risa de ellos provocó más temblores en ella, quien lloraba desesperada su infortunio, pues estaba consciente que sería su fin.  —¡Muere, bruja! —La voz del grandulón fue como una estaca que apuñalaba sus esperanzas de salir viva de allí, entonces todos levantaron sus espadas y machetes y, con un grito de ataque, se lanzaron contra ella.
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