Temblaba.
Toda ella era estremecimiento, escalofríos, sollozos y palpitaciones vehementes. ¿Era este el fin? Sudores gélidos recorrían su piel, mientras que sus ojos se apretaban con fiereza.
Los chillidos de los metales afiliados resonaban en el lugar acompañados por gritos, alaridos y el sonido de movimientos bruscos. No entendía el porqué de no sentir dolor o la sangre emanar de ella. Se mantuvo en su posición inicial: hecha un ovillo sobre el terroso suelo.
No tardó mucho para que el mutismo llenara el lugar. Aun así, temía moverse, no quería ver sus miembros mutilados ni su sangre sobre el suelo. No quería flotar lejos de su cuerpo tajado, de su corazón sin latidos y sus pulmones sin oxígeno. No quería ver su muerte...
—¿Estás bien? ¿Te hicieron daño? —Una voz masculina que irradiaba autoridad y fuerza, pero que al mismo tiempo se escuchaba dulce y melodiosa, la sacó de esos pensamientos mortíferos; sin embargo, de su boca no salió respuesta alguna.
¿Continuaba con vida?
La insistencia de aquel desconocido no surtía efecto —pues, aunque la manera en que preguntaba le daba cierta confianza—, temía que la dulzura que emanaba de él fuese la carnada para atraparla, para dañarla.
—Jing, no la toques —advirtió Odiel cuando este se acercó a ella—. Está demasiado impresionada y asustada. Es normal su reacción.
—¿Qué hacemos entonces? Parece que está convulsionando.
—La voy a poner a dormir —dicho esto, el mestizo apuntó con su anillo en dirección a la chica y un rayo proveniente del diamante blanco de la prenda la impactó, acto seguido, ella se desparramó en el suelo inconsciente.
***
—Señor, lo siento tanto. —Un hombre de estatura menuda y delgado se postró frente a él.
—¿Lo sientes? ¡Acabas de perder el Zafiro rojo, imbécil! ¿Qué le diré a mi madre ahora?
—Fue un accidente. Fuimos atacados por Saprias que sirven al rey de esta región.
—¿Sabes qué pasaría si alguien más se entera? Si esas Saprias le dan la información a ese rey, tendremos a todo un ejército en nuestra contra.
—No se preocupe, señor. Ellas no saben acerca del Zafiro rojo. Su ataque fue por otra razón.
—Eso no quita que lo hayas perdido...
—¡Lo encontraré! Es una promesa; no solo el Zafiro, también las joyas de poder.
—Eso espero o tu cabeza será puesta como trofeo en las plazas de nuestro mundo. Ahora, sal de mi vista. —El joven de cabellera negra y mirada verde ordenó con desprecio.
***
Amín abrió los ojos lentamente, el escozor la hizo frotarlo varias veces mientras se incorporaba. Miró a su alrededor atolondrada y confundida.
—¿Dónde estoy? —balbuceó para sí.
—A salvo. —Se espantó al escuchar aquella voz que se le hizo familiar al instante. Giró su cabeza para encarar a la persona que le habló, pero se quedó embelesada al encontrarse con esa hermosa mirada miel. Nunca había visto a un hombre tan atractivo, exótico, con porte de autoridad y, al mismo tiempo, con apariencia dulce, humilde y elegante. Era un ser fuera de lo común y con una belleza de otro mundo. Las palabras no le salían y sus mejillas se sonrojaron al entender que no disimuló su impresión.
—¿Acaso estoy en el cielo...? —balbuceó, ida sin dejar de mirarlo como tonta. Es que le era difícil apartar la mirada. Sus ojos achinados llenos de pestañas negras resaltaban el claro de ellos, sus labios se mostraban alineados y hermosos; su cabello n***o, lacio y brilloso le caía por los lados del rostro hasta llegar a su abdomen que, pese a que aquel kimono blanco atrapado por un pantalón n***o apretado a sus piernas lo cubría, era notorio lo aplanado que estaba, y como junto a sus hombros anchos y brazos fornidos le daban una figura intimidante y espectacular. Aquel hombre era hermoso por donde quiera que lo miraba.
—Vaya, la chica se prendió de ti. —Ella casi salta en su lugar al escuchar la voz sarcástica del otro extraño hombre de quien no había notado su presencia. Sus mejillas se sonrojaron al entender sus palabras y no pudo evitar cubrirse el rostro con las dos manos. ¡Estaba tan avergonzada!
—Ya la hiciste sonrojar, Odiel. No le hagas caso, chiquilla, a mi compañero le gusta hacer bromas de mal gusto.
Jing se acercó a ella y se sentó en el borde de la cama.
—No es broma, la chica casi te come con la mirada. —Odiel dejó escapar una carcajada al ver a Jing sonrojado.
—Deja de decir tonterías, la estás asustando.
—¿Q-Quiénes son ustedes? —Ella no pudo evitar el tartamudeo al encontrarse con la mirada intensa de Jing.
—Somos extranjeros. Venimos desde muy lejos, pues estamos buscando un tesoro.
—¿Un tesoro? ¿En esta región? —Sus ojos verdes se abrieron con sorpresa.
—Sí, en esta región. —Jing se puso de pies y cruzó sus brazos sobre su pecho—. ¿Cuál es tu nombre y por qué esos tipos te atacaron?
—Mi nombre es Amín... Sobre esos vándalos, no los conozco, ellos me atacaron sin ninguna razón.
Jing y Odiel se miraron con recelo.
—Tengo entendido que existen diferentes tipos de habitantes en Fra, ¿a cuál grupo perteneces? —interrogó Odiel, entrecerrando los ojos.
—Habla como si no fuera de este mundo. —Ella lo miró con suspicacia.
—No has respondido mi pregunta, niña.
—¿Para qué quiere saber eso?
—Estás muy a la defensiva, entiendo que tienes tus razones para sentirte desconfiada después de ser atacada de esa forma, pero nosotros no te haríamos daño; más bien deberías agradecer el hecho de que salvamos tu vida.
—Odiel —Jing intervino—, deja que aclare sus ideas. Ha despertado en un lugar desconocido, que dos extraños la cuestionen es demasiado. Mejor démosle de comer.
—Como digas. Sin embargo, me mantendré alerta, esa niña es más de lo que pretende ser.
Jing lo miró extrañado y luego a la chica, más no emitió palabras.
Amín observaba a Odiel con temor, por alguna extraña razón la manera en que él la escudriñaba era intimidante. Ese hombre emanaba más autoridad que el otro, había algo en él que llamaba al respeto y la obediencia.
Ella se permitió observarlo de reojo, un poco. Pese al temor que le provocaba, su rostro era relajado y hasta un poco risueño. Su piel mestiza le recordaba al caramelo dorado que vendían en su aldea; por otra parte, le parecía llamativo el contraste que su cabello n***o y rizado hacía con sus ojos cafés y su piel trigueña. Odiel era más fornido que Jing y vestía al mismo estilo, no obstante, el mestizo era más bajo de estatura.
***
—¡Por favor! No nos hagan más daño. —Una mujer con ropas rotas y su pequeño niño en brazos, rogaba de rodillas sobre el polvoriento suelo—. Ya tomaron nuestras pertenencias y han asesinado a nuestros esposos, padres y hermanos. Váyanse y déjennos sufrir nuestra desgracia y criar a nuestros hijos en paz, por favor.
Las carcajadas llenaron el lugar.
—Ustedes y sus hijos serán nuestros esclavos y quemaremos esta insignificante aldea. Si alguna se opone o no es lo suficientemente fuerte para resistirlo, nuestro filo cortará su garganta. ¡¿Entendido?! —Los sollozos de los niños, algunas ancianas y las mujeres más sensibles estaban sacando de quicio a aquellos abusadores.
—¡Ya deja de llorar, anciana! —Uno de ellos pateó a una señora que lloraba desconsolada a su único hijo, quien fue víctima de la espada de esos rufianes.
—¡No le hagan daño! Solo es una madre que llora a su hijo. ¡Déjenla en paz!
Una jovencita se puso de pies indignada ante aquel abuso.
—¿Te atreves a enfrentarnos, chiquilla? ¡Córtenle la garganta para que sirva de ejemplo a las demás! Que sepan cual será la consecuencia de desobedecernos.
—¡No, por favor! —Las demás mujeres rogaban con desesperación e impotencia.
La chica tragó pesado al sentir las fuertes manos de aquellos hombres sobre ella; no obstante, mantendría su posición y no se presentaría débil ante ellos. Ya le habían quitado todo, incluso su dignidad, por lo menos no moriría haciendo la voluntad de esos delincuentes. El filo del puñal rozó su garganta, dolor y ardor presionaban su cuello invadido por su propia sangre, sin embargo, aquella arma fría y cortante no profundizó su ataque.
Gritos, sollozos, ruido de espadas que chocaban entre sí, maldiciones y sonidos bruscos de cuerpos en batalla provocaron que sus ojos se abrieran para encontrarse con sus verdugos sobre el suelo. Cortó un pedazo de tela de su vestido y lo amarró a su cuello; hecho esto, aprovechó el caos para dirigir a las mujeres y niños a un lugar seguro, lejos de aquella reñida batalla.
—¿Quiénes son ellos y por qué vienen en nuestra defensa? —Una mujer preguntó desorbitada, a su vez, la chica miró a los dos extraños que se movían con tanta agilidad.
—Ni idea, pero ellos salvaron nuestras vidas. Tengo la esperanza de que estén de nuestro lado y no seamos el botín —dijo la chica, con amargura en la mirada. En una mañana, su vida había dado un giro donde ya no le quedaba nada y ella dejó de ser aquella jovencita alegre y soñadora que su padre y hermano cuidaban con tanto amor y fervor. Ya nada podía intimidarla y, desde ese momento, nacía una nueva luchadora a quien no le importaba dejar su vida en esa terrible batalla a la que se estaba enfrentando Kan: la guerra por el poder y la sobrevivencia.