Celoso

1299 Words
AVERY Por la noche me puse un vestidito rojo. No era nada del otro mundo, pero marcaba justo donde tenía que marcar. Lane era solo un amigo, sí... pero eso no me quitaba las ganas de verme linda para la cena. Agarré mis zapatos blancos y salí de mi cuarto bajando las escaleras. Logan, como siempre, estaba pegado al sillón viendo otro documental aburrido. No me sorprendía, pero igual me acerqué. Y sí, lo pensé: ¿Qué pensará de cómo me veo? —Ay, no —me dije bajo, regañándome por querer gustarle. Pero es que era inevitable. Me echó un vistazo rápido, ceño fruncido primero, pero luego me escaneó con los ojos. Estoy casi segura de que tragó saliva, pero se hizo el loco. Solté mis tenis al lado de la mesa y me dejé caer en el sillón, medio lejos de él, porque estar tan cerca de Logan... era arriesgado. Estaba esperando a que Lane viniera por mí cuando de la nada... —¡Aaaah! —grité y salté. Una arañota asquerosa acababa de salir de abajo del sillón. —¿Qué carajos te pasa, Avery? —saltó Logan, mirándome raro. Perdí el equilibrio y terminé agarrándome de su hombro mientras chillaba, señalando al bicho. —Mierda —murmuró Logan, subiéndose al sillón junto a mí. —¡Agárrala! Me vio levantando una ceja. —¿Yo? Agárrala tú. —¿Qué? —le dije, viendo la araña —. ¿Por qué tengo que agarrarla yo? Nadie se movía. El bicho tampoco. Pero en cuanto se movió un poquito... —¡Aaah! —gritamos los dos al mismo tiempo, y otra vez perdí el equilibrio, cayendo hacia él. Me atrapó justo a tiempo, su brazo rodeando mi cintura, el otro apoyado en el respaldo. Me sostuvo fuerte. —Mierda... —susurré. Sus dedos quemaban a través del vestido, y yo me acordé por qué estar cerca de Logan era peligroso. Por suerte, Jasper apareció. —¿Qué pasa? —dijo mientras cerraba la puerta. —¡Una araña! Jasper, por fa, ¿puedes sacarla? —le dije poniendo carita. Negó con la cabeza pero sonriendo. Agarró un vaso de la cocina, la atrapó y se la llevó. —¿En serio, hermano? —le dijo a Logan, que solo se encogió de hombros y se hundió más en el sillón. —¿Y tu a dónde vas? —preguntó Jasper al volver. —¿Te acuerdas de Lucas Lane? El del cole. —¿Ese que te seguía como un perrito faldero? —respondió. Yo puse los ojos en blanco. —Bueno, vamos a cenar esta noche. —Di una vueltita y sentí cómo el vestido se abría justo lo suficiente. —Qué divertido —dijo, dándome un beso en la cabeza. Pero mi sonrisa se borró cuando vi la cara de Logan. Miró para otro lado, pero le vi la mandíbula apretada. ¿Estaba… celoso? No. Logan no se pone celoso por mí. Jamás. Sacudí la idea de mi cabeza justo cuando sonó el timbre. —Debe ser él —dije, saludando a Jasper y yendo a la puerta. Ya hacía mucho que no tenía una cita en condiciones. Debería escribirle a Renata y armar algo con ella también. —¿Avery? —gritó Jasper desde la cocina justo cuando agarraba el picaporte. —¿Qué? —Esta noche duermo donde Tessa. Solté un suspiro. Esa zorra… —¿Avery? —repitió. —¡Todo bien, hasta mañana! Salí volando, con la sensación de que alguien me clavaba la mirada en la espalda. Abracé a Lane cuando llegué a su coche. —Estás divina —me dijo, dándole la vuelta al auto y subiendo al asiento del conductor. * Estaba a punto de explotar. Literal. Me eché para atrás en la silla, acariciándome la panza con una sonrisa satisfecha. —Uf, no puedo más —solté con un suspiro entre dientes. Lane soltó una risa suave. —¿Y todavía te queda espacio para el postre? —preguntó. Le lancé una mirada y rodé los ojos. —Obvio. Siempre hay espacio si se trata de algo rico. ¿O qué, tienes algo en mente? —Pensaba en ir a mi departamento —me interrumpió. Se quedó en silencio, esperando que yo reaccionara. Yo parpadeé, como si no hubiera escuchado bien. —¿Ah? —Para el postre —aclaró enseguida, levantando las manos —. No lo dije con doble intención, en serio. —Tranquilo —dije con una risita. No es que me incomodara... solo no me lo esperaba. —¿Qué tal una copa primero? Me vendría bien. Asintió, relajándose, justo cuando la mesera volvió por los platos. —Vi unos traguitos en la carta. ¿Te animas a uno? Para cerrar la noche con broche de oro. Me lamí los labios, pensándolo. Un mojito sonaba bien. —Va. Vale. Y así, la tensión rara se esfumó en cuanto llegaron las bebidas. —Ufff... qué buena decisión —murmuré, vaciando el vaso de un trago. Lane me observaba con una expresión suave. —Qué bueno que viniste, Avery. —Sí, estuvo divertido —respondí, recargándome contra el respaldo, sintiendo el calorcito del alcohol empezar a recorrerme. —¿Y tú solo trabajas los fin? Asintió y dejó su trago en la mesa. —Sí. Me encanta tener tiempo libre para... ya sabes, vivir. —Eso tiene sentido. —¿Y tú trabajas mucho? —Demasiado. Pero solo hasta que entienda qué rayos quiero hacer con mi vida —me reí, pero lo decía en serio. El camino de regreso fue silencioso, pero no incómodo. Buena comida, buena compañía. Noche perfecta. Cuando llegamos frente a la casa, solté: —Nos vemos en el trabajo. —Avery... Me detuve, con la mano en la manija, y lo miré. —¿Qué pasa? Dudó. Se mordió la mejilla y bajó la mirada. Luego negó con la cabeza. —Nada. Olvídalo. Le sonreí una última vez antes de bajarme. El aire fresco me pegó de frente y me abracé a mí misma mientras apuraba el paso. Entré a la casa tratando de no hacer ruido, rezando porque Logan ya estuviera dormido. —¡Hasta que por fin! —escuché, y casi me da un infarto. Solo una luz estaba encendida, y ahí estaba él, en el sofá. Saltó apenas me vio. —Eh... hola —dije, confundida de por qué rayos me esperaba como si yo fuera una adolescente llegando tarde. —¿La pasaste bien? —preguntó, avanzando un paso. —Sí, bastante. ¿Por? —Mi tono sarcástico no le gustó nada. Antes de que pudiera escapar a las escaleras, me sujetó del brazo. —Logan —dije, mirándolo seria—. ¿Qué te pasa? Soltó una risa irónica, pasándose las manos por la cara. —¿De verdad no te das cuenta? Fruncí el ceño. —¿Qué carajos estás diciendo? —Él está loco por ti. Se le nota en la cara. Hasta un ciego lo vería. De todo lo que esperaba oír esa noche... eso no estaba en la lista. —¿Qué? No digas estupideces. Lane no está así conmigo —repliqué, cruzándome de brazos. Logan bufó y levantó las manos, exasperado. —¡¿Por qué me estás gritando, carajo?! —le solté, ya con ganas de mandarlo al carajo. Pero entonces me lanzó esa mirada. Esa que me deja sin aire. Y mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro: mejillas ardiendo, el corazón rebotándome en el pecho. Quería estar enojada. En serio quería. Pero lo que sentía... era otra cosa. —Él es el problema —dijo, acercándose, con el dedo apuntando detrás de él—. Él. Porque yo…— Me miró los labios con deseo perverso.
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