AVERY Toda esa semana, Logan andaba como fantasma. Salía de la casa antes de que yo despertara y regresaba tan tarde que apenas lo veía cruzar al cuarto. Ni un “hola”, ni un roce. Nada. Una noche, llegué del trabajo cansada y lo único que quería era tirarme junto a él, hundir la cara en su pecho y que me sobara el pelo hasta quedarme profunda. Tiré el bolso en la mesa, me quité los tacones y de pronto escuché un ruido arriba. ¿Estaba Logan en casa? Subí sin pensarlo mucho. Me paré frente a su puerta y dudé, pero le di suave con los nudillos. —Sí —dijo desde adentro. Abrí sin saber si iba a encontrarme con un ogro o con el Logan que conocía. Ahí estaba, sentado en la orilla de la cama, espalda hacia mí. La camiseta se le estiraba con cada respiración, y el cuello lo tenia contraido.

