DESCONFIANDO HASTA DE LA SOMBRA

1379 Words
*VALERIA* Él se detuvo, su expresión cambió, y pude ver un destello de interés en sus ojos. La tensión entre nosotros se intensificó, y en ese instante, el mundo a nuestro alrededor pareció desvanecerse. La risa de los hombres en la distancia se convirtió en un murmullo lejano, y el aire se volvió espeso con la promesa de lo desconocido. —¿De veras crees que te haría daño? —preguntó, acercándose un poco más, casi desafiándome. —No sé de qué eres capaz de hacer, pero te aseguro que no estoy aquí para jugar. —a pesar de mis palabras, la curiosidad comenzó a ganar terreno en mi mente. ¿Qué quería realmente de mí? ¿Por qué había aparecido en este momento? —A veces, Valeria, los juegos son lo único que nos queda. —su mirada se volvió intensa, como si buscara algo en lo más profundo de mí. Como si su mirada tuviera rayos X. Sentí una mezcla de rabia y fascinación. En un instante, recordé lo que había dejado atrás: el dolor, la aventura, y la promesa de un mundo que siempre había estado al alcance de mi mano. Pero, ¿era realmente un mundo al que deseaba regresar? —Ya me agradeció y es hora de irme, por favor, suélteme y hágase a un lado, ya no hay nada que decir. —dije, aunque mi voz sonó un poco más débil de lo que pretendía. —Quizás no, pero el destino tiene maneras extrañas de unir caminos. No te parece —con un movimiento rápido, soltó su agarre, pero no se alejó. Nos quedamos allí, mirándonos, atrapados en un instante que parecía eterno, donde los ecos del pasado y las promesas del futuro chocaban en un torbellino de emociones. El murmullo de voces se acercaba, y en ese momento supe que la decisión estaba en mis manos. ¿Qué quiere de mí este hombre? ¿Imposible que sepa quién soy? La noche estaba llena de posibilidades, y el desafío estaba lanzado. —Señor, debemos irnos. —uno de los hombres se acercó, me miró con una coqueta sonrisa que me incomodó. —Está bien. Bueno, fue un gusto verte, volveré otro día. —No te molestes, no tienes que venir, déjame tranquila, me la paso ocupada para atender personas sin relevancia. —Volveré. Valeria. —diciendo eso, se subió al auto y se marchó con su gente. Sabía que era un tipo malo, ¿por qué me pasan estas cosas? La vida me había despojado de mi mente inocente, pero también me había otorgado la fuerza para enfrentar lo que vendría. Con un nuevo propósito en mente, me di la vuelta y me dirigí a casa, decidida a descubrir el verdadero significado de ser la hija de mi padre. Después de ese día todo estuvo normal tanto de parte de mis tíos como de ese loco de Riccardo. En qué momento me involucré con él. Su mirada me dice que es un tipo peligroso. Después de salir de la universidad me fui directo a casa. Mi abuela está cada vez desmejorada, tengo que estar más pendiente de ella. Estaba a unos pasos de llegar a casa cuando vi una camioneta blanca estacionada frente a nuestra puerta. Mis latidos se aceleraron de inmediato. Sabía que no era de mi tío; nunca usaba una camioneta blanca. La preocupación por mi abuela y la incertidumbre por los visitantes inesperados me invadieron. Con cautela, me acerqué a la camioneta, tratando de mantener la calma. Justo entonces, la puerta de la camioneta se abrió y vi a Riccardo bajarse con agilidad. Lo reconocí al instante, aunque su aspecto había cambiado mucho. Su imagen desalineada y herida había quedado grabada en mi memoria. Ahora, me miraba con una mezcla de determinación y agradecimiento. —Valeria, ¿verdad? —dijo, dando un paso hacia mí. Retrocedí por instinto, es que este hombre no se cansa. Asentí lentamente, sin quitarle la vista de encima. No sabía qué pensar ni qué esperar de él. Mi imagen inocente se hizo presente, es mejor que piense que soy una blanca palomita. Primero quiero ver sus intenciones. —Quería agradecerte por lo que hiciste por mí. Me salvaste la vida y es algo que no puedo olvidar —dijo con sinceridad. Mis ojos se fijaron en los suyos, tratando de descifrar sus intenciones. Aunque sentía una tensión palpable en el aire, también notaba una genuina gratitud en su voz. —No tienes que agradecerme cada vez que me veas, creo que me agradeció mucho la misma noche y la del otro día —respondí—. Hice lo que cualquiera hubiera hecho. Riccardo sonrió levemente, pero sus ojos mostraban una picardía latente. —Aun así, estoy en deuda contigo. Quiero asegurarme de que tú y tu abuela estén bien. Me gustaría conocer a tu abuelita. ¿No hay problema con eso? Mi corazón se apretó al escuchar mencionar a mi abuela. Estaba empeorando y necesitaba ayuda desesperadamente. Pero no puedo fiarme de él, si algo he aprendido es a no confiar ni en mi sombra. —¿Por qué estás aquí, Riccardo? —pregunté, intentando mantener la compostura. —Vine porque quiero ayudarte. Sé que estás enfrentando dificultades y quiero ofrecerte mi apoyo. No busco nada a cambio, solo quiero compensar lo que hiciste por mí. Juro que no haré cosas indebidas. A menos… —¿A menos qué? —Que tú quieras hacerlas, tampoco voy a negarme. —En tus sueños. —No desconfíes, ya en serio, quiero ver en qué estado está tu abuela. — Recordé que mi orgullo no va a sanar a mi abuela. —Confiaré en ti, no le digas cosas innecesarias a mi abuela, ella es una persona recta en sus creencias. —Te lo prometo. —Entremos, no le digas que te salve ni nada de eso, déjame a mí hablar. —Haré lo que dices. —al menos es razonable, espero no cometer algún error. Entramos. Miro a todos lados, no mire desprecio en su rostro ni asco, más le vale. Mi abuela lo miró al instante y luego me miró como si me preguntara por él. Sonreí y le ofrecí sentarse. Aclaré mi garganta antes de hablar. Él sonreía genuinamente que si no lo conociera cualquiera lo compraría. —Abuela, tienes visita. —¿Quién es él? —Un compañero de la universidad, quería conocerte. —mi abuela lo miró por buen rato, y Riccardo se mantuvo en silencio, tal como lo prometió. —¿Tienes nombre, jovencito? —Mi nombre es Riccardo, señora, qué gusto de conocerla. Su nieta y yo nos llevamos bien. Tenemos una relación muy cercana. —Deja de decir tonterías. Abuela, voy a despedir a mi compañero, descansa. —Espera. Dame tu mano, jovencito. —Abuela, no te esfuerces, mejor descansa. Riccardo sonrió de manera cálida, sus ojos brillando con una confianza que, en ese momento, me pareció desmesurada. Tomó la mano de mi abuela con seguridad, y en ese instante, una corazonada inquietante me invadió. Supe que las cosas no serían satisfactorias en lo más mínimo. Era un sentimiento que crecía en mi pecho, un presagio que no podía ignorar. —Valeria, cariño, ¿podrías traerme el crucifijo que está en la otra habitación? —pidió mi abuela, su voz suave y firme, resonando en el aire como un eco de tiempos pasados. Su mirada, sin embargo, se aferraba a Riccardo con una intensidad que me hizo dudar. En un conflicto interior, sopesé la idea de dejarlos solos. Una parte de mí, la más protectora, temía que esa situación pudiera complicarse de formas que no podía imaginar. Sin embargo, no tenía otra opción. Tras un ligero suspiro, me armé de valor y corrí hacia la habitación contigua, con el corazón acelerado y una inquietud creciente por perder alguna palabra importante que ese hombre pudiera pronunciar a mi abuela. La incertidumbre me llenaba, y sabía que cada segundo contaba en esa conversación que parecía tan delicada. —Eres un buen muchacho —escuché decir a mi abuela—, y en ese instante, mis alertas se activaron con fuerza. ¿Qué demonios le había dicho? —Gracias, señora —respondió Riccardo, su tono tan despreocupado que me hizo sentir un escalofrío.
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