Los ojos de Fer son hondos, profundos e inhóspitos ahora mismo, como si intentaran mostrar algo que no veo. Es como si me mirara en un pozo vacío sin que se observe el fondo. Creo que la desesperación que se marca en mi voz ha repercutido en él y todavía trata de encontrar la manera de sacrame de este bucle de emociones diversas y desbocadas. No sabe qué decir para hacerme sentir bien. Le conozco y sé que se debate entre protestar y aplaudir por mi decisión. Una absoluta paradoja. Entonces camina hasta mi, se pone en cuclillas frente a mis piernas y sobando mis muslos, afirma: —No es tan fácil —intenta hacerme entender suavemente. Sin presionar. —Mientras sea, me sirve —yo por mi parte intento no ceder porque sus mares azules me hacen naufragar cuando me miran así. —¡Lara...! —busca m

