El sol de mediodía se filtraba a través de las ventanillas blindadas del vehículo principal, proyectando franjas de luz sobre los rostros serenos de sus ocupantes. La ciudad se desplegaba más allá del vidrio, viva, ajena al dispositivo de seguridad que se deslizaba por sus calles con precisión impecable. Herón revisaba su teléfono móvil. Nuevamente, una larga lista de llamadas perdidas de Sarah inundaba la pantalla. Mensajes sin responder, alertas de voz, notificaciones desplazadas sin ser abiertas. Desde su confinamiento posterior al atentado, su enfoque había estado dirigido exclusivamente a la seguridad de Hafsa. Luego vinieron los protocolos, las reuniones con Hera, los informes detallados, la preparación para el mes del Ramadán. Sarah había quedado al margen, no por desinterés, sino

