Herón miró la hora nuevamente. Sarah debía estar saliendo del cine en cualquier momento. No se había movido de su lugar, paciente y sin cambiar su postura. Mantenía la espalda recta y los brazos apoyados en la mesa con tranquilidad, mientras sus dedos tamborileaban lentamente sobre la superficie de madera. Los murmullos a su alrededor continuaban. No era ninguna novedad. A donde fuera, solía llamar la atención sin quererlo. Su estatura, su porte disciplinado y la frialdad serena de su mirada lo convertían en el centro de observación en cualquier sitio. Un grupo de mujeres en una mesa cercana lo observaba de reojo, intercambiando comentarios entre ellas, con sonrisas coquetas y miradas prolongadas. Otros lo miraban con simple curiosidad o con cierto respeto instintivo. Un mesero se acercó

